La reforma pensional diseñó un fondo de ahorro, pero un nuevo decreto empuja el uso inmediato de los recursos. Un cambio de reglas que golpea el futuro fiscal

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El debate no es menor ni técnico en sentido aislado. Lo que está en juego no es solo dónde se consignan unos recursos, sino si el gobierno está respetando —o rodeando— la arquitectura de la propia reforma pensional que impulsó. Porque la regla estaba clara.

Con la Ley 100 de 1993, el sistema operaba bajo una lógica flexible: cuando un afiliado se trasladaba de un fondo privado a Colpensiones, el Estado reconocía ese ahorro mediante bonos pensionales o cálculos actuariales. No era necesario mover toda la plata de inmediato. Era un reconocimiento, no una transferencia plena. El mensaje era simple: el respaldo existe, pero no necesariamente en caja hoy.

La reforma cambió esa lógica. Con la Ley 2381 de 2024 se creó el Fondo de Ahorro del Pilar Contributivo, administrado por el Banco de la República. Y ahí está la clave que hoy se intenta desdibujar. El diseño es claro: el sistema incorpora un mecanismo de ahorro que busca consolidar recursos, invertirlos y utilizarlos cuando efectivamente se causen las pensiones. No está concebido como caja inmediata. Es una reserva de largo plazo. Ese no es un detalle técnico. Es la columna vertebral del modelo.

Pero el decreto cambia el orden de los factores. En lugar de que esos recursos —cerca de 25 billones de pesos— se consoliden como ahorro dentro del esquema diseñado, se plantea su traslado directo a Colpensiones. Rápido. Con rendimientos incluidos. Disponible. Ahí aparece la finta. Porque no se está reformando la ley. Se la está rodeando. Se toma un diseño que privilegia el ahorro y se ejecuta como si la prioridad fuera la liquidez. Es un atajo normativo que altera la lógica sin modificar formalmente la estructura.

El choque es evidente:

  • La ley sugiere: ahorre primero.
  • El decreto empuja: use ahora.

Y ese cambio no es neutro. Desde el punto de vista económico, implica romper el equilibrio intertemporal. Se utilizan recursos destinados al futuro para aliviar el presente. Se sacrifica ahorro por flujo. Se cambia sostenibilidad por liquidez. Desde el punto de vista financiero, el impacto es aún más delicado. Una proporción significativa de esos recursos está invertida en deuda pública. Es decir, ya cumplen una función dentro del financiamiento del Estado. Forzar su traslado implica reacomodar portafolios, tensionar el mercado y reducir la capacidad de generación de rendimientos.

No solo se mueve dinero. Se altera el sistema.

El argumento oficial habla de evitar un descalce en Colpensiones. Pero ese descalce no es una anomalía inesperada: hace parte de un sistema en transición. Anticipar recursos no corrige el problema estructural, responde a una necesidad de caja en el presente. Y ahí es donde la discusión deja de ser técnica. Porque hablar de 25 billones de pesos disponibles —o anticipables— en un contexto político y fiscal exigente no es inocente. Es margen. Es oxígeno. Es capacidad de maniobra en un momento donde la regla fiscal dejó de ser un límite rígido para convertirse en una referencia flexible.

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El tiempo, además, no es menor. Se plantea un traslado acelerado para una suma que, por su naturaleza, debería responder a dinámicas de largo plazo. No es una implementación gradual. Es una decisión inmediata. Y las decisiones inmediatas, en materia pensional, casi siempre se pagan después.

Hay un antecedente que conviene mirar sin caricaturas. En Argentina, el Estado absorbió los ahorros pensionales con el argumento de ordenar el sistema. En la práctica, esos recursos terminaron financiando gasto público y deuda, diluyendo su función de ahorro de largo plazo. Colombia no está en ese escenario. No hay eliminación del sistema privado ni una estatización total. Pero el principio en riesgo es el mismo: cuando el ahorro pensional empieza a usarse para resolver presiones de caja, deja de ser reserva y se convierte en instrumento fiscal.

Y ese tránsito, incluso cuando comienza como ajuste operativo, rara vez se detiene donde empezó. La historia fiscal es clara: cuando el ahorro público se convierte en gasto de corto plazo, el costo no desaparece. Se traslada. Llega después en forma de deuda, impuestos o recortes. En pensiones, ese “después” tiene nombre propio: generaciones futuras.

Por eso el diseño original fue claro. No por capricho, sino por necesidad: separar el ahorro del gasto, blindar los recursos del ciclo político y evitar que decisiones de corto plazo comprometan derechos de largo plazo. Alterar ese principio no es un ajuste operativo. Es un cambio de reglas. Y hacerlo vía decreto, en tensión con el espíritu del sistema, no es solo una discusión jurídica. Es una señal. Una señal de que, cuando la caja aprieta, incluso el ahorro pensional puede terminar al servicio del presente.

Y ese es, precisamente, el riesgo que la reforma decía querer evitar.

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Por Ad*