¿Es el lenguaje un espejo de nuestra clase social? Desde las "cacturas" de los generales hasta el léxico de las redes, así se fragmenta nuestra forma de hablar

 - Así es como el lenguaje se deteriora entre redes sociales, eufemismos empresariales y la ausencia de lectura

De generales de la República y de antiguos locutores radiales, se escuchan todavía las “cacturas”, para referirse a las acciones de apresar a una o a varias personas, o el grandilocuente “accequible”, que es una fusión distorsionada de asequible y accesible.  

Los motivos para estas y otras alteraciones de pronunciación son diversos. En Puerto Rico, por ejemplo, es muy común que el sonido de la letra erre se reemplace por el de la ele: “¿Pol qué me milas cuando lecolo el palque?”. Por supuesto, esos usos no determinan las virtudes ni los defectos concluyentes de nadie, porque el valor de un ser humano proviene de factores muy distintos.

Muchos hablantes tienden a simplificar o a intercambiar ciertos sonidos ante algún esfuerzo articulatorio, y así funciona la pragmática, la intención comunicativa, lo que se quiere decir, y no tanto cómo se dice. Esas alteraciones se dan, sobre todo (no solamente), desde los primeros años de vida, cuando se aprende a hablar con los modelos de los padres o tutores, del entorno, de la época y de los errores de los medios de información, ámbito que muchos asumen como ausente de faltas.

Centrándonos en el español, nuestra lengua, es un poco temerario afirmar que hay uno mejor que otro. En cada país, provincia, ciudad o sector urbano, se acude al mismo idioma, pero las variantes permiten notar el origen o la influencia que ha recibido un hablante. Ese es el motivo más frecuente por el cual, quizás de manera inconsciente, perfilamos a una persona, porque el lenguaje es el reflejo de quiénes y qué somos. Además, ese recurso comunicativo siempre es dinámico y cambiante, debido a que así son la sociedad y el mundo.

Por tanto, nada debe extrañar que a Gabriel, Víctor y Édgar los llamen a veces “Grabiel”, “Vítor” y “Ésgar”, a quienes deberían aceptar, y no “acectar”, con la pronunciación original de sus nombres. Todo ello se aclara cuando se sabe que hay una variedad de la lengua que se llama sociolecto, la utilizada por un grupo social específico, y que depende del oficio o profesión, del nivel de instrucción formal, de la edad, el género, el sexo y la condición socioeconómica.

También incide el dialecto, esa manera propia de hablar en una región geográfica. Entonces, surgen “mamá” y “amá”; “papá” y “apá”. Además, en unas zonas funcionan los “tasis” y en otras los “taxis”; en unas hay “dotores” y en otras “doctores” (aunque solo sean nominales). En muchísimas regiones, ruegan que “haiga” paz, expresión que parece más honesta frente al que “haya” paz, y sospechan que cada esfuerzo por alcanzarla es solo “tiatro”, pero para otros es “teatro”.

Junto a estos cambios, aparecen ahora términos y expresiones trilladísimos, que revelan, por supuesto, el dialecto y el sociolecto, pero, más que nada, la pobreza de léxico: “tema”, “referenciar”, “experiencia”, “regalar”, “marica”, “se puso la 10”, “la sacó del estadio”, “la rompió” (nunca dicen si una ventana, una mesa, una porcelana, una silla, etc.).

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Por otra parte, en el mundo empresarial imponen una inmensa cantidad de eufemismos (palabras y expresiones maquilladas), que los nuevos empleados van asumiendo sin considerar el significado ni la pronunciación, y más pegajosos que el cadillo (ese velcro natural). Creyendo ellos que están hablando con elegancia y precisión, en realidad se acercan más al ridículo y al esnobismo.

En estos tiempos y desde otro enfoque, las redes sociales son las que hunden con más fuerza y profundidad las muescas del lenguaje. La ausencia mental con que olvidan los espacios físicos, la indiferencia ante los aportes de la educación, la falta de socialización presencial y el desacato ante padres, tutores o maestros tienden a estandarizar (pauperizándolo) el lenguaje. La interdependencia esencial entre el lenguaje y el pensamiento, por una obviedad, ratifica que el deterioro de uno implica el desastre del otro, y en ambos el daño es incuestionable.

En alguna medida, las formas del lenguaje y el refinamiento propio de ideas sí determinan el “étsito” o el “éxito” de los ciudadanos.

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