El Catatumbo, esa región del nororiente colombiano, ha sido históricamente golpeada por el conflicto armado y, sin embargo, hoy recibe muy poca atención. Este rincón de Colombia ha sido epicentro de episodios oscuros de violencia, pero su gente insiste en levantarse de las desgracias sufridas, enfrentando un silencio estatal que los condena al olvido.
Hablar del Catatumbo no es únicamente evocar selvas de coca y grupos criminales que se destrozan a balazos en una feroz disputa por el control territorial y las economías ilícitas. El Catatumbo también es historia, pueblos ancestrales y una mezcla racial de quienes llegaron de distintas partes del país en busca de un sueño esquivo, despertando cada día entre clamores y bombazos.
De todos los conflictos que han tenido lugar en esta región, ninguno había sido tan sanguinario como el iniciado el 16 de enero de 2025: la confrontación entre el ELN y las disidencias de las FARC. Esta guerra ha dejado una estela de terror sin horizonte de final. Los intentos del gobierno nacional por desescalar la violencia mediante diálogos de paz han fracasado, al igual que los múltiples esfuerzos de organizaciones humanitarias. La Defensoría del Pueblo ha emitido alertas tempranas sobre el riesgo de desplazamientos masivos, mientras la ONU y la Cruz Roja Internacional han insistido en el respeto al Derecho Internacional Humanitario y en la protección de la población civil. Sin embargo, todo se evapora como los cuerpos alcanzados por las bombas lanzadas desde drones o los pesados artefactos que caen desde los cazas K-FIR de la Fuerza Aérea Colombiana.
El secuestro y asesinato de menores, las masacres y los homicidios selectivos se han vuelto prácticas cotidianas, mostrando la degradación del conflicto. Por un lado, el clamor de madres que suplican la devolución de sus hijos; por otro, los bombardeos de las fuerzas legítimas de la nación. Esta es la verdad silenciosa que se respira en el Catatumbo: un aire impregnado de humo, explosiones y metralla que destroza incluso las esperanzas de un pueblo que se resiste a ser una cifra más en las estadísticas de la violencia. Según informes de organizaciones internacionales e instituciones del Estado, la región concentra algunos de los más altos índices de desplazamiento forzado en el país.
El primer gobierno progresista se despide junto con la promesa de la “paz total”. En la región queda suspendido el miedo, atrapando a una población que no encuentra camino. Las esperanzas cuelgan de la incertidumbre sobre quién será el nuevo mandatario del país: si traerá una paz dialogada que quizá termine fracasada, como tantas veces en la historia, o una paz impuesta mediante las armas, que podría significar más desasosiego para una población acostumbrada a vivir entre clamores y explosiones, frente a un Estado indiferente que guarda silencio. Es muy importante tener en cuenta las consideraciones de La Fundación Ideas para la Paz (FIP) que advierte que, sin una estrategia integral que combine seguridad, inversión social y presencia institucional, el Catatumbo seguirá siendo rehén de la violencia.
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