No se trata de una narrativa prefabricada ni de un discurso repetido a lo largo del tiempo. Sin embargo, muchas personas coincidimos en que existe una deuda histórica con el sector rural de nuestro país. La llegada de Gustavo Petro a la presidencia despertó la esperanza de que, tras años de luchas por las reivindicaciones sociales —especialmente por el campesinado—, los problemas estructurales del campo encontrarían solución.
Tras cuatro años del primer gobierno progresista, la realidad sigue siendo la misma. A pesar de los esfuerzos del gobierno Petro por impulsar reformas orientadas al desarrollo rural y superar la pobreza multidimensional, los resultados no han transformado la vida cotidiana de los campesinos. La tan esperada reforma agraria permanece en el discurso y en documentos acumulados durante décadas, sin materializarse en acciones concretas. Los campesinos seguimos sumidos en el olvido y en la explotación que por generaciones nos ha castigado. Las promesas aterrizan en nuestras espaldas, nos cargan de ilusiones y terminan en incertidumbre. El tiempo, sin embargo, nos ha forjado en la resistencia: con herramientas primitivas continuamos arando no solo nuestro futuro, sino el de millones de colombianos que dependen de nuestras cosechas.
La violencia sigue siendo un flagelo que amenaza y asesina al sector rural. No existe tranquilidad ni de día ni de noche frente a un fenómeno que se expande sin control, ante la incapacidad de un Estado que observa cómo nos desplazan y nos matan sin reacción efectiva. Los campesinos seguimos aferrados a Dios y a la esperanza de que algún día todo será mejor, aunque el presente nos muestre lo contrario. Los azadones y machetes no descansan; nuestras manos permanecen ásperas, marcadas por el tiempo y el trabajo al que hemos dedicado vidas enteras.
Hoy la difícil situación en materia de seguridad, acceso a créditos y condiciones climáticas nos arrincona. Reaccionamos con fuerzas limitadas, mientras el viento parece soplar en contra y las velas del barco del destino se niegan a recogerse. La tormenta nos acompaña, y en el rumbo trazado está el resto de la sociedad que depende de nuestra suerte para alimentarse.
De poco sirve que en los papeles seamos una población de especial derecho y protección, cuando la realidad contradice esas garantías. Seguimos excluidos de los espacios donde se toman decisiones; solo nos recuerdan en tiempos de elecciones, cada cuatro años, para luego sumergirnos nuevamente en el estanque del olvido. A pesar de ello, nos aferramos a existir como una especie capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas, donde incluso se niega la posibilidad de nuestra propia existencia.
Un mundo que alimentar, unos cuerpos que jamás se cansan porque los impulsa una fuerza superior a la violencia y al desconocimiento de la sociedad. Algún día, esa sociedad se detendrá a reflexionar y reconocerá lo esencial que son los campesinos para mantener nutrida a la nación. Así se percibe a Colombia desde la mirada de un escritor campesino: un país que sobrevive gracias a quienes, en medio del abandono y la explotación, siguen sembrando esperanza en cada surco.
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