Una llamada a primera hora del día basta para activar el mecanismo. Al otro lado de la línea, alguien se presenta como operador de WhatsApp y advierte sobre supuestos movimientos sospechosos en la cuenta del usuario. La escena es eficaz porque irrumpe cuando la persona aún no está completamente alerta y porque instala, desde el primer momento, una sensación de riesgo inminente. En cuestión de segundos, la víctima pasa de la sorpresa a la preocupación.
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Quien llama no improvisa. Utiliza términos técnicos, menciona dispositivos desconocidos y ubica accesos en lugares que el usuario no reconoce. Esa combinación desorienta y obliga a reaccionar rápido. En ese punto aparece la figura del supuesto ayudante, alguien que ofrece una solución inmediata para evitar un daño mayor. La indicación inicial parece lógica: bloquear la cuenta para impedir que terceros accedan a la información.
Sin embargo, en ese proceso es donde se produce el primer quiebre. Siguiendo instrucciones precisas, la víctima entrega códigos o realiza acciones que, en realidad, permiten a los delincuentes tomar el control de su cuenta de WhatsApp. Cuando lo advierte, ya es tarde. El acceso ha sido transferido y la línea de comunicación queda en manos de terceros.
A partir de ahí, la operación se expande. Con la cuenta intervenida, los delincuentes comienzan a contactar a familiares y conocidos, mientras en paralelo continúan la llamada con la víctima. El siguiente paso es escalar hacia la información financiera. Con el argumento de proteger el dinero, preguntan por entidades bancarias, productos activos y saldos disponibles. La estrategia se refuerza con la aparición de un segundo interlocutor que dice pertenecer al banco, lo que da una apariencia de coordinación institucional.
La presión aumenta de forma progresiva. El teléfono no deja de sonar y el sentido de urgencia se intensifica. Bajo ese escenario, la víctima es guiada para realizar movimientos con su propio dinero, con la promesa de resguardarlo. Se le indica hacer transferencias o avances hacia otras cuentas, supuestamente seguras, que en realidad están controladas por los estafadores.
El resultado suele ser contundente. Cuando la persona logra comunicarse con su entidad financiera, descubre que las operaciones fueron registradas como voluntarias y que no existe un proceso oficial en curso. Los recursos ya no están y las posibilidades de recuperación son mínimas.
Las autoridades han advertido que este tipo de fraude combina ingeniería social y control digital para vulnerar a los usuarios. La capacidad de los delincuentes para persuadir y construir escenarios creíbles es clave en el éxito de la estafa. Por eso, la principal recomendación sigue siendo desconfiar de llamadas inesperadas, no compartir códigos de verificación y evitar entregar información sensible bajo presión. La prevención, en este caso, es la única barrera efectiva frente a un método que continúa evolucionando y dejando pérdidas millonarias.
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