El vehículo de emergencias está listo para salir. Entre los equipos habituales (botas, casco, linterna) hay un elemento que no figura en los protocolos estándar: un pequeño kit con santos óleos. No es un error ni una excepción: hace parte del equipo personal de Giovanny Galvis Ramírez, sacerdote y bombero activo en Bello, Antioquia.
Desde 2014 integra el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de ese municipio, pero su historia no comenzó allí. Su formación inicial fue completamente religiosa y se remonta a más de 20 años de ejercicio sacerdotal, una trayectoria que ha desarrollado principalmente en Medellín y su área metropolitana.
Hoy, su jornada no se divide en dos partes iguales, sino en bloques que se superponen según la urgencia. Puede iniciar el día en la parroquia San Fernando Rey, en el barrio Alfonso López, y terminarlo atendiendo una emergencia estructural o coordinando operaciones desde la estación de bomberos.
Entre sotana y uniforme
La logística de su rutina está calculada. A primera hora celebra misa y, en días específicos, se traslada al colegio La Compañía de María, donde cumple funciones como capellán. Antes de las 9:00 de la mañana ya ha cumplido compromisos religiosos y está en tránsito hacia otra responsabilidad completamente distinta.
El cambio de rol ocurre en menos de media hora. Deja la sotana, se pone el uniforme y asume funciones en Bomberos Bello. Allí no solo atiende emergencias: también cumple tareas administrativas y de coordinación. Su jornada puede extenderse hasta la tarde, dependiendo de las alertas que se presenten.
La decisión de convertirse en bombero no surgió como un plan paralelo, sino como una extensión de su entorno. Mientras era párroco en la iglesia El Rosario de Bello, entró en contacto con el comandante Nelson Zuluaica. A partir de ese momento, comenzó un proceso de formación que incluyó entrenamiento en Colombia y en Estados Unidos.
Ese proceso implicó ajustes complejos. Las prácticas coincidían con fines de semana, los días de mayor actividad religiosa, lo que lo obligó a reorganizar su agenda para cumplir con ambos compromisos. Aun así, completó la formación y formalizó su ingreso como bombero activo.
“Capi, no quiero ser honorífico. Yo quiero salir, quiero atender emergencias”, fue la frase con la que pidió asumir funciones operativas dentro del cuerpo.

Atento a las emergencias físicas… y espirituales
En terreno, su doble condición adquiere un significado particular. No solo participa en rescates o control de incendios. También ha intervenido en momentos donde la atención ya no es solo médica o técnica, sino espiritual. En esos casos, utiliza los elementos que lleva en su kit personal.
“Uno siempre lleva el kit básico para realizar esos rituales cuando le toca el momento de la atención, teniendo en cuenta que muchas veces en los bomberos se presenta la situación de atender una persona al borde de la muerte. Yo lo mantengo en el carro”.
Uno de los episodios que evidenció esa dualidad ocurrió durante la emergencia del 24 de junio en el barrio Granizal, cuando lluvias intensas causaron un deslizamiento que dejó 27 víctimas mortales y destruyó múltiples viviendas en los sectores de Altos de Oriente y El Pinal. Durante varios días, tuvo que concentrarse en las labores como bombero, delegando sus responsabilidades parroquiales. La prioridad fue la atención de la emergencia, sin abandonar del todo su rol religioso.
Su presencia en ambos espacios ha sido reconocida por autoridades locales y por el mismo cuerpo de bomberos. Además de participar en operaciones, ocupa funciones internas que requieren coordinación y gestión.
Por eso, la estructura de su día no responde a la improvisación. “El éxito de todo es la disciplina”, afirma. Esa disciplina es la que le permite pasar de un altar a una emergencia sin margen de error, cumpliendo horarios, desplazamientos y responsabilidades en contextos completamente distintos.
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