La primera semana de marzo de 2026, los principales medios del país informaban sobre los enfrentamientos entre dos estructuras del paramilitarismo: el Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), conocido como Clan del Golfo, y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra (ACSN). Los combates ocurrieron en zona rural del municipio de Aracataca, Magdalena, en plena Sierra Nevada de Santa Marta, territorio habitado por comunidades indígenas y campesinas.
El saldo fue trágico: tres indígenas asesinados y varios heridos, víctimas del fuego cruzado en una disputa territorial que busca apropiarse, a sangre y fuego, de este lugar sagrado.
La Sierra Nevada de Santa Marta posee una belleza única en el mundo. En un espacio reducido confluyen todos los pisos térmicos del planeta. Durante los años más oscuros de la violencia política en la década de 1940, familias desplazadas encontraron refugio en estas montañas imponentes. Allí construyeron su futuro sembrando café, plátano y aguacate. Más tarde, la “bonanza marimbera” trajo cultivos ilícitos y violencia. Sin embargo, la riqueza de sus suelos y su geografía montañosa atrajeron a guerrillas y paramilitares, que hallaron en la Sierra un refugio estratégico para imponer su dominio, el cual persiste hasta hoy.
El retorno del "cáncer" paramilitar
La diversidad económica de la región ha despertado la codicia de estructuras criminales. Tras la desmovilización paramilitar de 2005 se creyó que la violencia había terminado, pero las raíces de ese “cáncer” permanecieron y hoy avanzan con fuerza. La desidia estatal ha permitido que este mal se incubara y se expandiera, afectando principalmente a las comunidades indígenas y campesinas.
El poder criminal es tan fuerte que, en febrero de 2026, el gobierno nacional se vio obligado a cerrar el Parque Tayrona, la mayor atracción turística de la región, debido a la inseguridad. Es una vergüenza y una irresponsabilidad que un lugar de incomparable belleza se convierta en territorio prohibido para propios y visitantes.
Una exigencia de contundencia
La Sierra Nevada de Santa Marta no puede seguir siendo presentada como un espacio de belleza y violencia al mismo tiempo. Es hora de exigir mayor contundencia en la acción de las fuerzas del orden para que, mediante la ley, se restablezca la tranquilidad. Solo así quienes amamos este lugar encantado podremos disfrutar de su riqueza natural y cultural sin miedo.
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