El voto de domingo 8 de marzo se convierte en una toma de posición sobre el país que queremos construir

 - Cuando votar deja de ser un trámite

Hay momentos en la vida política de un país en los que el voto deja de ser un simple procedimiento electoral y se convierte en una toma de posición histórica. No se trata únicamente de elegir nombres, sino de optar por una dirección de país, por un horizonte de sentido y por el tipo de sociedad que consideramos posible.

Colombia ha estado marcada por largas tradiciones de concentración del poder, clientelismo, captura institucional y reproducción estructural de la desigualdad. Durante décadas, amplios sectores sociales quedaron al margen de las decisiones fundamentales, mientras se consolidaban formas de dominación política que naturalizaron la exclusión como destino. Esa historia no puede olvidarse cuando acudimos a las urnas.

La política real nunca es pura ni perfecta. Es un campo de disputa, aprendizaje y contradicción. Las fuerzas que han gobernado históricamente el país no han desaparecido; por el contrario, conservan poder territorial, mediático y económico. Por eso el dilema actual no es entre una opción ideal y otra imperfecta, sino entre permitir que un proceso de transformación siga madurando o regresar a esquemas políticos que durante décadas reprodujeron las mismas desigualdades que hoy cuestionamos.

Votar, en este contexto, no es un acto de entusiasmo ingenuo. Es un acto de responsabilidad histórica. No voto por lealtad ciega ni por romanticismo político. Voto porque los procesos de cambio requieren tiempo, crítica independiente y la solidaridad del voto libre para consolidarse democráticamente. Voto porque creo que Colombia necesita avanzar hacia una ética pública más exigente y hacia instituciones menos capturadas por intereses particulares,

No voto por lealtad ciega ni por romanticismo político

Por esa razón, en las elecciones del próximo domingo votaré con un sentido fraterno de país: sin miedos, sin odios y respetando las diferencias. Lo haré con la esperanza de que el país se abra a nuevas sensibilidades colectivas y de que el Congreso acompañe reformas estructurales en lugar de bloquear sistemáticamente cualquier intento de redistribución y ampliación de derechos.

Asimismo, estaré listo para votar en la primera vuelta presidencial. Más allá del cálculo político inmediato, intentaré elegir pensando en representantes que comprendan el valor de los bienes comunes y la necesidad de una transformación moral de la vida pública. Sin esa transformación ética, cualquier reforma institucional termina siendo frágil.

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No desconozco las dudas ni las incomodidades que este proceso genera en medio de un ambiente electoral cargado de agresiones, personalismos y manipulaciones emocionales. Pero la historia de los pueblos no se construye desde la neutralidad ni desde el desencanto paralizante. Se construye tomando posición, incluso en medio de las tensiones.

Mi voto es, entonces, una apuesta por el país que todavía estamos construyendo y por las generaciones que vendrán. Una decisión de seguir abriendo caminos, aunque sean imperfectos.

No voto porque todo sea perfecto; voto porque renunciar al voto sería aceptar que nada puede cambiar.

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