El lunes al mediodía, el municipio de Zapopan, en el área metropolitana de Guadalajara, amaneció con una presencia inusual de soldados, patrullas y vehículos oficiales. En el cementerio Recinto de la Paz, al oeste de la ciudad, todo estaba dispuesto para un sepelio que durante años pareció improbable: el de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como El Mencho, abatido el pasado 22 de febrero en un operativo militar en Tapalpa, al sur de Jalisco.
El cuerpo llegó en una carroza blanca poco después de las doce. En su interior, un ataúd dorado destacaba incluso antes de descender. El traslado hasta el panteón recorrió varias avenidas principales bajo custodia de fuerzas federales, estatales y municipales. La distancia entre la funeraria donde se realizó el velorio y el cementerio era de poco más de veinte kilómetros, pero el trayecto se convirtió en un operativo controlado, con motocicletas de la policía vial abriendo paso y unidades militares asegurando cruces y accesos.
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En la entrada del camposanto, una banda de música regional esperaba la llegada del cortejo. Cuando la carroza se detuvo, comenzaron a sonar las primeras notas de El muchacho alegre. La escena combinaba la formalidad de un entierro privado con la exposición inevitable de un personaje que durante años fue considerado uno de los hombres más buscados por México y Estados Unidos. El ataúd fue descendido y conducido hacia la capilla del cementerio mientras la música continuaba.
Desde el sábado, cuando los familiares reclamaron el cuerpo en instalaciones de la Medicina Legal en Ciudad de México, el despliegue de seguridad había ido en aumento. El domingo por la noche, el féretro fue llevado a una funeraria en Guadalajara bajo escolta de camionetas civiles y militares. Durante el velorio, la vigilancia fue constante. Soldados y agentes de la Guardia Nacional controlaron entradas y salidas, revisaron vehículos y mantuvieron un perímetro fijo en los alrededores.
Al interior de la funeraria comenzaron a acumularse decenas de arreglos florales. Predominaron las rosas blancas dispuestas en coronas de distintos tamaños. Entre ellas destacó una cinta con las siglas CJNG, en referencia al Cártel Jalisco Nueva Generación, la organización criminal que Oseguera encabezó durante más de una década. Otro arreglo, compuesto por rosas rojas en forma de gallo, aludía al apodo con el que también era conocido: el señor de los gallos. La mayoría de las ofrendas no llevaba identificación visible.
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El lunes se necesitaron varias grúas para trasladar las coronas hasta el cementerio. Debido a su tamaño, no podían ingresar por los accesos habituales y tuvieron que ser acomodadas en plataformas especiales. El cortejo avanzó acompañado por esos vehículos cargados de flores que se alinearon detrás de la carroza principal.
En el Recinto de la Paz, hombres del Ejército mexicano y de la Guardia Nacional ocuparon posiciones en la entrada principal y en distintos puntos del perímetro. La policía estatal y municipal reforzó la vigilancia en las calles cercanas. Aunque el acceso al cementerio no fue cerrado por completo, la presencia de uniformados marcó cada movimiento. Durante varias horas, el lugar permaneció bajo resguardo.
La inhumación se realizó en una capilla privada dentro del camposanto. La música regional volvió a escucharse mientras el ataúd dorado era conducido hacia el sitio donde quedaría sepultado. Los asistentes, en su mayoría familiares y personas cercanas, ingresaron sin ceremonias públicas ni discursos. No hubo intervenciones oficiales ni confirmaciones formales de autoridades sobre la identidad de los restos, aunque el despliegue de seguridad y la logística apuntaban a la relevancia del personaje.
La tensión que rodeó el sepelio no se explicaba solo por la figura del fallecido. El operativo en el que murió en Tapalpa, a unos 130 kilómetros de Guadalajara, había desencadenado una ola de violencia en distintas zonas de Jalisco y otros estados. Bloqueos, incendios de vehículos y enfrentamientos entre fuerzas federales y presuntos integrantes del cártel dejaron decenas de muertos, entre ellos miembros de la Guardia Nacional y del propio grupo criminal. El gobernador de Jalisco activó protocolos de emergencia durante varios días para contener la respuesta armada.
En ese contexto, el entierro se convirtió en un asunto de seguridad pública. Las autoridades buscaron evitar concentraciones masivas o incidentes que alteraran el orden. A diferencia del domingo, cuando se realizaron revisiones más estrictas en la funeraria, el lunes el ingreso al cementerio fue menos riguroso, aunque siempre bajo supervisión. El dispositivo federal comenzó a retirarse de manera gradual después de las tres de la tarde, una vez concluida la inhumación.
Para entonces, la mayoría de los asistentes ya se había marchado. El cementerio cerró sus puertas en su horario habitual y el tránsito en las avenidas cercanas volvió a la normalidad. Algunos arreglos florales seguían llegando incluso después del entierro. El ataúd dorado, la música regional y las coronas con referencias explícitas al CJNG marcaron la despedida de uno de los nombres más influyentes del narcotráfico reciente en México, un hombre que mandaba hasta en Colombia, porque según dicen, El Mencho era el verdadero jefe del ala narcotraficante del Clan del Golfo.
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