En menos de dos meses, Estados Unidos capturó a Maduro y mató a Jamenei dos cabezas de Estado removidas por la fuerza. Dos intervenciones sin consulta al Congreso

Me impresiona que se celebre la muerte violenta de un gobernante. El que sea. Incluso la de un fundamentalista como Alì Jamenei, quien en lo que va de 2026 reprimió manifestaciones contra su régimen causando miles de muertos.

Con la muerte de la cúpula iraní no es para nada seguro que la paz haya llegado al Medio Oriente, como proclama Trump. Al contrario: la incertidumbre es inmensa. A diferencia de la “extracción” reciente de Maduro en Venezuela, aquí ya hay soldados norteamericanos muertos y el riesgo de escalada es real.

Jamenei, el tirano que gobernó Irán desde 1989, fue el líder supremo de una teocracia que subordinó la libertad individual a la ortodoxia religiosa chiita. Durante décadas reprimió la disidencia, fortaleció un aparato de seguridad implacable y proyectó su influencia regional mediante milicias y presencia en conflictos como los de Irak, Líbano y Yemen. Amén del patrocinio al terrorismo internacional.

Para comprender la naturaleza de ese poder vale la pena recordar un episodio que definió su ADN político: la fatwa contra un escritor nacido en la India, de origen musulmán.

En febrero de 1989, Ruhollah Jomeini, fundador de la República Islámica, emitió una sentencia religiosa —una fatwa— que condenaba a muerte a Salman Rushdie por su novela Los Versos Satánicos. Un Estado teocrático declaraba legítimo matar a un novelista por escribir ficción.

Cuando Jomeini murió meses después, su sucesor, Ali Jamenei, confirmó la fatwa. La leguleyada: solo quien la había emitido podía anularla. Durante años, la recompensa por la cabeza de Rushdie se mantuvo activa. Dos traductores fueron atacados; uno de ellos asesinado. Editores fueron baleados.

En 2022, más de tres décadas después, Rushdie fue brutalmente acuchillado durante una conferencia en Nueva York. Sobrevivió, pero perdió la visión de un ojo y sufrió graves heridas. La sentencia proclamada en 1989 mostró así su larga sombra.

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La fatwa simbolizó el choque entre la libertad de expresión y una concepción del poder que se considera autorizado a eliminar al disidente. El régimen de Jamenei no solo persiguió escritores: reprimió y asesinó sin contemplaciones a miles de opositores dentro y fuera del país.

Lo que viene después de la decapitación del poder iraní es incierto. El país no cuenta con una oposición consolidada capaz de asumir el poder de inmediato. El vacío puede ser ocupado por facciones aún más duras dentro de la Guardia Revolucionaria. El riesgo de luchas internas, purgas y de fragmentación es real.

La incubación del fundamentalismo tiene raíces. Irán ya conoce el precio de las intervenciones extranjeras. En 1953, el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mossadegh —orquestado por Estados Unidos y el Reino Unido tras la nacionalización del petróleo— fortaleció al sha Mohammad Reza Pahlavi y, a la vez, sembró un resentimiento profundo contra Occidente. Décadas después, la Revolución Islámica liderada por Ruhollah Jomeini lo capitalizó.

Las intervenciones que buscan estabilidad mediante bombardeos pueden producir más radicalización. Sin un plan claro para la transición, la caída de una figura central como la de Jameini puede generar endurecimiento, no apertura. Y desde luego, existe el riesgo de represalias y del terrorismo a través de aliados regionales y fanáticos que no son escasos.

El poder que teme la palabra termina justificando la violencia

La lección del caso Rushdie sigue vigente: el poder que teme la palabra termina justificando la violencia. Y la violencia, una vez legitimada, rara vez se contiene dentro de los límites previstos por quienes la activan.

Y en cuanto al peligro de la intervención, este trino de la excongresista republicana Marjorie Greene (@FmrRepMTG), refiriéndose a los primeros tres soldados norteamericanos muertos, lo resume:

Dios mío, estos pobres militares y sus pobres familias. Lo siento por ellos y rezo por ellos.

Esto fue absolutamente innecesario y es inaceptable.

Trump, Vance, Tulsi y todos nosotros hicimos campaña pidiendo no más guerras extranjeras ni cambios de régimen.

Ahora, los soldados estadounidenses están muertos.

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