La confusa temporada en el Chocó donde petristas y uribistas cambian de bando por conveniencia

El síndrome del Chapul retrata la política chocoana: saltos oportunistas entre campañas, incoherencia ideológica y lealtades que se mueven al ritmo del dinero

Por: José E. Mosquera
enero 27, 2026
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La confusa temporada en el Chocó donde petristas y uribistas cambian de bando por conveniencia
Foto: Presidencia

El Chapul es un insecto difícil de atrapar por su extraordinaria capacidad para saltar de un lugar a otro. En el Chocó, los campesinos lo han utilizado ancestralmente como carnada para la pesca en ríos y quebradas. Con el paso del tiempo, esa destreza natural del Chapul fue imitada —no en el agua, sino en la política— por muchos actores locales, que aprendieron a saltar de una campaña electoral a otra según la coyuntura del mercado electoral. A este fenómeno lo denomino el síndrome del Chapul en la política chocoana.

Este síndrome se manifiesta con mayor fuerza en épocas electorales, cuando se observa a personas que migran sin pudor de un movimiento político a otro, o de una candidatura a otra, sin detenerse a examinar ideologías, programas o modelos de Estado. Lo único que pesa en la balanza es la conveniencia personal, el beneficio inmediato que pueda ofrecer el mercado electoral.

En redes sociales este comportamiento resulta particularmente evidente. Las coyunturas electorales activan una movilidad frenética de apoyos: decenas de personas respaldan candidatos a la Cámara y al Senado sin ninguna reflexión política de fondo. No importa el proyecto de país, ni la coherencia programática; lo determinante son las ofertas y demandas del negocio electoral.

Este fenómeno no surge en el vacío. Ríos de dinero provenientes de la corrupción y del saqueo histórico del fisco regional marcan las tendencias electorales, alimentando la compra de conciencias y la venta del voto. Pero lo que resulta especialmente llamativo en esta campaña es el comportamiento de un sector de la militancia del petrismo en el Chocó. Muchos de estos “nuevos petristas” fueron, en el pasado, activistas de los partidos tradicionales y se trasladaron al petrismo arrastrando consigo todos los vicios de la vieja política.

En el plano nacional, a través de redes sociales, adoptaron sin dificultad la cartilla discursiva del progresismo. A diario arremeten contra los partidos tradicionales de derecha —el Centro Democrático (uribismo), el liberalismo gavirista, Cambio Radical, el Partido Conservador y el Partido de la U—, señalándolos como responsables del hundimiento de las reformas del Gobierno y como defensores de intereses oligárquicos.

Sin embargo, en el plano regional, esa supuesta coherencia ideológica se desvanece. Algunos de estos iracundos linchadores digitales del petrismo chocoano hoy hacen campaña por candidatos liberales cordobistas a la Cámara; otros se subieron al tren del Partido de la U; otros más militan activamente en campañas de Cambio Radical o del conservatismo, fuerzas que históricamente han sido aliadas de la ultraderecha colombiana.

La incoherencia se profundiza cuando se observa que un sector significativo de esta militancia también apoya, para el Senado, candidaturas uribistas, liberales, conservadoras y de Cambio Radical. Es decir, respaldan a los mismos sectores políticos que combaten discursivamente en el escenario nacional.

A este cuadro se suman personajes que participaron activamente en episodios de corrupción regional como militantes del lozanismo, el cordobismo, el MIR o las toldas godas, pero que hoy se presentan como paladines de la moral pública, convenientemente amnésicos frente a sus propias travesuras de uñilargos.

Y si por el lado del petrismo llueve, por el del uribismo tampoco escampa. Algunos uribistas “purasangre”, que en el plano nacional atacan sin tregua al presidente Petro y a sus aliados, en el escenario regional hacen campaña por candidatos al Senado de la alianza del Partido Verde de Claudia López, Luis Eduardo Garzón, Ariel Ávila y Antonio Navarro, reconocidos líderes de izquierda soberanista y férreos críticos del uribismo y de sus vínculos con estructuras criminales.

Otros militantes que, a nivel nacional, se identifican con el petrismo y navegan entre el partido del senador Paulino Riasco y el sector político de Francia Márquez, en el plano regional se alinean con el cordobismo y respaldan la lista liberal a la Cámara. Algunos más apoyan candidatos liberales al Senado mientras, simultáneamente, trabajan en campañas a la Cámara de la Casa Sánchez, cercana a Dilian Francisca Toro, figura emblemática del uribismo vallecaucano.

En conclusión, lo que vive hoy el Chocó es una expresión clara del síndrome del Chapul: una política sin principios, sin proyecto y sin coherencia, donde las lealtades ideológicas se disuelven al ritmo del dinero y donde, una vez más, se confirma el viejo refrán popular: por la plata baila el perro.

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