En la Medellín de finales del siglo XIX, cuando las calles eran polvo, los sueños de progreso se mezclaban con humaredas de locomotoras y la luz eléctrica apenas empezaba a asomar en algunas esquinas, hubo un hombre que decidió capturar lo que otros solo veían pasar. Ese hombre fue Luis Melitón Rodríguez Márquez, un fotógrafo paisa, nacido en 1875 en el corazón de una familia de artistas y artesanos que, sin saberlo, ponía las primeras piedras de lo que sería la historia visual de Antioquia.

La vida lo puso desde muy joven ante los materiales del arte. Su padre, Melitón Rodríguez Roldán, era tallador de mármol y trabajaba lápidas y esculturas en Medellín, un oficio que hizo de la paciencia y la precisión parte de la vida cotidiana. En ese entorno, Melitón y sus hermanos crecieron entre herramientas, piedras y conversaciones sobre la forma y la textura.

Pero fue la llegada de la fotografía, esa novedad técnica importada de Europa, aún joven en la escena latinoamericana, la que terminó de encender su vocación. A los 10 años tomó lecciones de dibujo y pintura con el pintor Francisco Antonio Cano, una amistad que marcó su sensibilidad estética. Con su hermano Horacio Marino Rodríguez y un socio de apellido Jaramillo, Melitón empezó a trabajar desde 1892 en un taller familiar llamado Rodríguez y Jaramillo, que combinaba fotografía y pintura, y que años más tarde, a partir de 1899, pasó a conocerse como Melitón Rodríguez e Hijos.
Melitón Rodríguez: el lente que retrató a Medellín
No fue un simple comerciante de retratos. Desde ese pequeño estudio, Rodríguez se dedicó a fijar con su cámara la vida cotidiana de todos los estratos sociales: desde familias de comerciantes y hacendados hasta artesanos, arrieros, emboladores y niños con sus juguetes. Su lente, firme y curioso, no discriminaba la dignidad de sus modelos.
|Le puede interesar Un manuscrito del Sabio Caldas que guardaba una familia bogotana fue vendido en $36 millones. ¿Por qué pagaron tanto?
Su trabajo era riguroso: llevaba un diario donde anotaba sus experimentos, las fórmulas químicas que probaba y sus hallazgos sobre iluminación y composición. Fue un fotógrafo-artista en el sentido más pleno de la palabra, siempre buscando nuevos procedimientos y perfeccionando su oficio. Incluso construyó sus propios instrumentos, como una ampliadora de gran formato única en su género.

La fama de Rodríguez traspasó fronteras. A finales del siglo XIX, su fotografía “Los zapateros” obtuvo un premio en Nueva York en 1895, un reconocimiento extraordinario para un fotógrafo latinoamericano de aquella época. Participó en múltiples exposiciones artísticas y ganó concursos que lo situaron como uno de los nombres más respetados de la fotografía regional.
Más allá de retratos individuales, Rodríguez se atrevió a caminar por los pueblos de Antioquia, capturando escenas panorámicas y actividades que hoy son documentos esenciales de la historia social y urbana de la región. Esas imágenes, familias reunidas, carnavales locales, construcciones emblemáticas, plazas y paisajes sencillos, conforman un repertorio visual que ayuda a entender cómo era la gente, sus costumbres y su entorno hace más de un siglo.
El legado del fotógrafo paisa que se niega a desaparecer
Rodríguez se retiró en 1938, después de más de cuatro décadas al frente de su estudio, y murió en 1942 en Medellín. Pero el impacto de su obra no se desvaneció con él. Sus hijos continuaron con el estudio años después, y hasta 1995 sus descendientes mantuvieron vivo el archivo, que luego fue adquirido por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
Ese archivo, más de 220.000 negativos en vidrio y acetato, es hoy un tesoro patrimonial, declarado Registro Regional de Memoria del Mundo por la UNESCO, y constituye una de las colecciones más valiosas del país.
Las fotografías de Rodríguez no son solo bellas imágenes en blanco y negro; son ventanas a una Medellín que pasaba de ser una ciudad pequeña a una urbe en crecimiento, que respiraba cambios demográficos, culturales y tecnológicos. Su cámara fue testigo del tránsito del siglo XIX al XX, de las primeras fábricas, de calles que se pavimentaban y de rostros que jamás volverían a verse.
Hoy, cuando se recorren esas viejas placas, se siente que Medellín se mira a sí misma a través de los ojos de Rodríguez, y que ese ejercicio de memoria visual sigue enseñándonos quiénes fuimos. La mirada de Melitón Rodríguez no se quedaba en la superficie; indagaba, interpelaba, hacía preguntas silenciosas con luz y sombra. Y por eso, más de 80 años después de su muerte, sigue siendo mucho más que un fotógrafo: es el cronista de una ciudad que aprendió a verse a sí misma gracias a su lente.
Vea también:
Anuncios.
Anuncios.


