El joyero gringo que pagó una fortuna por la corona de los Andes, joya de Popayán que hoy se expone en un gran museo

La joya fue elaborada por artesanos caucanos en el siglo XVI y terminó donada en 2013 al Museo Metropolitano de New York por un coleccionista anónimo

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enero 22, 2026
El joyero gringo que pagó una fortuna por la corona de los Andes, joya de Popayán que hoy se expone en un gran museo

Concebida como una de las joyas más majestuosas de Colombia, la Corona de los Andes —hecha con dos kilos y medio de oro y más de 450 esmeraldas— tardó cerca de seis años en ser creada. Aquella obra de la orfebrería colonial pasó por distintos mayordomos de la Cofradía que la resguardaron hasta que, en 1936, Manuel José Olano decidió venderla a un importante estadounidense que pagó más de 100 mil dólares de la época por hacerse con la pieza.

El joyero gringo que pagó una fortuna por la corona de los Andes, una  joya de Popayán que hoy se expone en un gran museo

Aquella impresionante corona, que un día le perteneció a Popayán, conquistó a Warren J. Pipper, un estadounidense que se hizo reconocido por las joyas que fabricaba. Gracias a su buen trabajo, logró abrir agencias de compra de diamantes en Ámsterdam, Amberes, Londres y París. Fue ese gusto por las grandes piezas de joyería lo que lo llevó a Colombia, a conocer la corona y a invertir una fortuna por ella.

Hoy, esta obra está expuesta en las salas del MET, el Museo Metropolitano de Nueva York. La corona de la Virgen de la Inmaculada Concepción hace parte de los más de dos millones de objetos que custodia el icónico museo. La primera vez que se exhibió fue hace más de diez años, cuando Thomas P. Campbell, entonces director del MET, la presentó ante 370 asistentes, sin que hubiera un solo invitado colombiano.

La millonaria compra hecha por Warren J. Pipper terminó convirtiéndose incluso en un centro de mesa, quizás el más caro de la historia. Durante años estuvo guardada en una bóveda. El Gobierno colombiano ha mostrado interés en recuperar la preciada joya, pero todo indica que esos intentos se quedarán en eso, pues no hay señales claras de su regreso a Popayán.

El camino de Warren para adquirir la preciada joya colombiana

El hombre, nacido en el hogar de un destacado cirujano, abrió su propia fábrica de joyas cuando aún se encontraba en la universidad. La mayor parte de sus piezas eran diseñadas en oro y platino, lo que le permitió convertirse en un importante asesor personal de coleccionistas de joyas. Entre ellos se encontraban figuras como la señora Potter Palmer, conocida como la “reina de la sociedad de Chicago”, y Edith Rockefeller McCormick.

Pipper ya era un referente del mundo de la joyería a nivel internacional cuando, en Colombia, la familia Olano Hurtado buscaba vender la corona al mejor postor. Pese a la oposición de figuras religiosas de la época, como monseñor Crespo, Manuel Olano siguió adelante con la búsqueda de un comprador.

Warren, que ya conocía la joya, viajó desde Chicago hasta Popayán, pero la crisis de Wall Street de 1929 lo obligó a aplazar la compra. Finalmente, la Corona de los Andes salió del país en el buque Santa Lucía, de la naviera Green Lane, que partió desde Buenaventura. En 1936, Warren pagó 125.000 dólares por la pieza. Se dice que parte de ese dinero se utilizó para terminar el Palacio Arzobispal, pero en ese momento la corona dejó de pertenecerle a Colombia.

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El estadounidense le ganó la puja al zar Nicolás II de Rusia, quien también estaba interesado en adquirir la joya. A la corona de Popayán se le vio en un evento de Chevrolet en 1937, en la Feria Internacional de Nueva York de 1939, en el Museo Real de Ontario en 1959 y en la Feria Mundial de Nueva York de 1964, antes de quedar nuevamente guardada en una bóveda.

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Aunque existen rumores de que la corona pasó por distintos lugares —incluida la Casa Ascher de Ámsterdam— e incluso de que hizo parte de los objetos personales de los duques de Windsor, lo cierto es que, en 2013, fue donada por una coleccionista privada al MET. Allí inició un proceso de restauración que permitió su exhibición oficial en noviembre de 2015.

La enfermedad que llevó a la construcción de la Corona de los Andes

A finales del siglo XVI, Popayán ya se había consolidado como una ciudad de la Colonia. Fue entonces cuando las noticias de la temida viruela llegaron hasta la llamada “Ciudad Blanca”. Para el obispo de turno, la única salida para el pueblo era encomendarse a la Virgen. Las oraciones colectivas y las cientos de manos aferradas a camándulas dieron paso a lo que se consideró un milagro y, en 1593, inició la recolección con la que se daría vida a la Corona de los Andes.

Inicialmente, la corona era apenas una diadema alta y gruesa. Con el tiempo se le agregaron flores de oro repujado, en las que reposan las esmeraldas. Para hacerla aún más majestuosa, se incrustó la piedra verde que llevaba Atahualpa: una esmeralda de 45 quilates. Finalmente, el 8 de diciembre de 1599, día de la Virgen, Popayán salió a las calles. Un caballo blanco, cubierto con un cojín de terciopelo rojo, recorrió el centro histórico llevando la corona, que para entonces contaba con 196 esmeraldas.

Así comenzó el proceso de custodia de la joya, que estuvo a cargo de Gonzalo de Fonseca, Manuel Ventura Hurtado del Águila y Arboleda y Lorenzo de Mosquera. Durante ese periodo se realizó una nueva recolección para hacerla aún más imponente. Tras la muerte de Manuel, lo sucedió Nicolás Hurtado. Para 1860, la custodia pasó a la familia Olano y Olave y, poco después, a Tomás Olano y Hurtado, la misma familia que años más tarde inició el proceso de venta de la corona.

Durante más de 300 años, esta obra permaneció en Popayán. Hoy es una de las reliquias que conserva Estados Unidos: una joya impresionante, avaluada en más de dos millones de dólares, que guarda una enorme cantidad de historias y refleja hasta dónde pueden llegar el poder y la avaricia.

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