Las noticias no fueron amplias con relación a los hechos que se presentaron en días pasados en El Retorno, Guaviare. No suministran realmente una versión medianamente aproximada a lo que pudo ocurrir. Por lo publicado, en la zona rural de ese municipio fueron hallados cerca de 30 cuerpos sin vida, muertos por cuenta de armas de fuego o explosivos, que pertenecían al parecer a una de las disidencias que se enfrentaron.
O a ambas, no hay precisión. El hecho fue presentado como un enfrentamiento entre los grupos armados que encabezan Calarcá y Mordisco, dos antiguos miembros de las extintas FARC, que, tras el Acuerdo Final de Paz de 2016, decidieron continuar con la lucha armada. Primero bajo una sola bandera, pero luego, separados y enfrentados por sus propias razones. Lo conocido da idea de una emboscada exitosa, aunque no puede precisarse exactamente lo ocurrido.
Son muchos los muertos, como grande el silencio que siguió a los mismos. Allí ocurrió algo terrible, sí, pero a su vez muy extraño, algo que no puede explicarse con la sencilla frase de dados de baja en un enfrentamiento. Quizás alguna vez se sepa qué pasó. Sea como sea se trata de un suceso que deja un sabor amargo en la boca, así no conozcamos a ninguna de las víctimas. ¿Por qué razón se están matando colombianos entre sí, y de esa manera tan salvaje?
Se trata de grupos que se califican a sí mismos de revolucionarios, empeñados en la lucha por el poder político, a fin de generar una institucionalidad y una sociedad superiores en materia económica, social, política y cultural. En palabras más sencillas, diríamos que consideran la suya una lucha altruista por la superación de todas las injusticias existentes. Me temo que el bonito discurso no se corresponde en nada con el grado de barbarie que emplean.
¿Cómo es que invocando la memoria de Manuel Marulanda, Jacobo Arenas o Alfonso Cano pueden cometerse horrores de tal naturaleza?
En cambio, sí da cuenta del grado de envilecimiento al que han llegado. La degradación ideológica y moral que demuestran no se puede poner en duda. ¿Cómo es que invocando la memoria de Manuel Marulanda, Jacobo Arenas o Alfonso Cano pueden cometerse horrores de tal naturaleza? Se habla de disputas por el control del territorio, así como por los enormes recursos que las actividades ilegales de esas regiones producen.
Probablemente sea esta la verdadera explicación. Miles de millones de pesos en juego que se supone deben ponerse al servicio de la causa insurreccional. Una especie de jaculatoria, una idea obsesiva capaz por sí misma de generar la fantasía de que se obra bien, de que la causa justifica esas y muchas más atrocidades diarias. Frases de cajón con las que se oculta una enajenación mental absoluta e inútil.
Hace unos días, el propio Iván Mordisco proponía en carta abierta a los demás, que se unieran en uno solo para hacer frente a la agresión imperialista orquestada por Trump. Increíble propósito. Grupos como esos aspirando a representar la dignidad de un país y su pueblo. Una cosa es lo que se sueña y se dice y otra muy distinta lo que se hace. La locura extrema les impide ver la diferencia, se tragan orondos sus propias invenciones.
No sorprende por eso que Antonio García, máximo jefe de otro de esos grupos, saliera a aplaudir la propuesta de Mordisco sobre la unidad antiimperialista. El ELN se ufana de ser algo distinto a esas disidencias, que califica de paramilitares encompinchados con el Ejército Nacional. Un caso de ceguera ideológica igual de acentuado. Basta con ver el paisaje de terror en que esa organización ha convertido al Catatumbo.
Tras haber obrado igual con Arauca años atrás. En el Catatumbo iniciaron el año pasado una embestida criminal de proporciones devastadoras para las comunidades campesinas. Las estadísticas dan cuenta de que el número de víctimas en esa tragedia pasa de largo las cien mil. Desplazados, asesinados, amenazados, secuestrados, atrapados todos en medio de una guerra absurda entre las que se consideran heroicas organizaciones revolucionarias.
Parece que ahora les correspondió la contraofensiva a las disidencias del 33, que se enmarcan dentro del grupo de Calarcá. Mucha gente se pregunta cómo esta agrupación, que el año pasado se vio reducida al mínimo por cuenta de las acciones de los elenos, ahora aparece nuevamente engrandecida, golpeando a sus rivales con contundencia y obligándolos a abandonar zonas que consideraban bajo completo control.
Se supone que este frente está próximo a instalarse en una Zona de Ubicación Temporal de la paz total. Allá el comisionado con sus fantasías. La realidad es un remolino de grupos envalentonados matándose entre sí en nombre de la revolución. Incapaces de asimilar que con la firma del Acuerdo de Paz de 2016 y la dejación de armas por parte de las FARC, la lucha armada en Colombia cayó en el basurero de la historia. Lo que se ve, sobradamente lo demuestra.
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