Colombia acaba de batir un récord mundial, pero no de progreso. Hoy tenemos el impuesto al patrimonio más alto del planeta: hasta 5%. Más alto que países ricos, estables y desarrollados. Y aquí va la verdad incómoda, sin anestesia.
Esto se vende como “justicia social”, pero es contabilidad básica disfrazada de ideología. Como diría Milton Friedman: no existen almuerzos gratis. Cuando el Estado te cobra por tener, no por ganar, lo que está haciendo es castigar el ahorro, la inversión y la propiedad. Eso no es equidad; eso es asfixia económica.
El gobierno dice: “tranquilos, solo pagan los ricos”. Falso a medias. El impuesto no mira si tienes liquidez, mira si tienes patrimonio. Una casa valorizada, un negocio familiar, un lote heredado. No importa si el negocio no dio utilidades o si estás endeudado. Pagas igual. ¿Resultado? Gente vendiendo activos, endeudándose o cerrando empresas solo para cumplirle al fisco.
Ahora, la paradoja: los ultra ricos no se quedan a pagar. Cambian residencia fiscal, sacan el capital, se van. Legalmente. El que no puede moverse es el colombiano de a pie, el empresario local, el adulto mayor con una casa valorizada. A esos sí los dejan atrapados. Esto no reduce la desigualdad; la reorganiza contra el que no tiene salida.
¿Y a quién más golpea? Al empleo. Cuando castigas el patrimonio, la inversión se frena. Sin inversión no hay expansión; sin expansión no hay contratación. Menos empresas nuevas, menos puestos de trabajo, salarios estancados. El impuesto no lo paga el “rico abstracto”; lo paga el joven que no consigue empleo.
¿Por qué hacen esto? Porque la caja está vacía. Déficit alto, gasto disparado, promesas que no cuadraron. En lugar de recortar, ordenar y perseguir la corrupción primero, suben impuestos por decreto. Eso genera incertidumbre, sube el dólar, encarece el crédito y termina subiendo los precios. El productor paga más, el comerciante sube precios, el arriendo sube y el consumidor paga la cuenta.
La conclusión es simple y brutal: Colombia decidió ser el país que más castiga el patrimonio en el mundo. Los capitales se van, el empleo se enfría, los precios suben y la clase media queda en la mitad del fuego. No es justicia social. Es mala economía. Y la mala economía siempre termina cobrándole al mismo: al colombiano común.
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