La última reunión de los diferentes líderes religiosos para salvar la Amazonía, los árboles y el cauce de los ríos fue en San José del Guaviare. En un mismo salón se sentaron pastores evangélicos, sacerdotes católicos, religiosas misioneras, líderes indígenas, académicos y funcionarios locales. No discutieron la manera en que le rezan a sus dioses, dogmas ni liturgias se sentaron a hablar de hectáreas perdidas y fuegos que avanzan sin control en las selvas. Hablaron de la Amazonía como si fuera un cuerpo vivo que respira con dificultad. Y lo hicieron desde un lugar que conocen bien: la fe.
Sus voces tenían una certeza compartida: la deforestación no es una estadística, es una herida abierta en el territorio donde viven y acompañan comunidades desde hace décadas. De ese reconocimiento nació, en la práctica, una alianza que hoy se expresa a través de la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques Tropicales en Colombia, un espacio impulsado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente que logró sentar en la misma mesa a credos que durante años caminaron en paralelo, pero separadas por grandes distancias.
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La iniciativa no surgió por inspiración mística, sino por urgencia. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático fue claro: sin bosques tropicales no hay posibilidad de frenar el calentamiento global. En Colombia, esa advertencia encontró eco en territorios como Guaviare, donde la selva ha retrocedido durante años bajo el peso de la ganadería extensiva, el narcotráfico, la ocupación ilegal de tierras y una pobreza persistente que empuja a la gente a tumbar monte para sobrevivir. Allí, donde el Estado llega tarde o no llega, las iglesias llevan décadas presentes.

Hoy existen decenas de capítulos locales de esta iniciativa en el país. No funcionan como oficinas ni como ONG tradicionales. Operan desde parroquias, templos evangélicos, casas comunitarias, resguardos indígenas. Su trabajo es lento, cotidiano, a veces invisible. Consiste en formar, conversar, explicar una y otra vez por qué el bosque no es un obstáculo sino una condición de vida. Los líderes religiosos reciben formación científica sobre deforestación y cambio climático, y traducen ese conocimiento a un lenguaje que sus comunidades entienden y respetan.
La hermana Hilda Camargo conoce bien ese proceso. Lleva más de diez años recorriendo veredas y comunidades indígenas del Guaviare como parte de las Misioneras de la Madre Laura. Durante mucho tiempo su trabajo pastoral estuvo centrado en acompañar a las personas en sus dificultades más inmediatas: la violencia, la pobreza, el desarraigo. La vinculación a la iniciativa interreligiosa le mostró que esas heridas están conectadas con la destrucción del territorio. Defender la selva, entendió, también es defender la vida de quienes la habitan.
En sus encuentros comunitarios, la hermana Camargo habla de la tierra como un don que no pertenece a nadie en particular. No lo hace desde el discurso técnico, sino desde una espiritualidad que conecta con la experiencia cotidiana de la gente. Participa en jornadas de reforestación, en actividades de limpieza de fuentes de agua, en procesos de formación ambiental con niños y adultos. Para ella, el gesto concreto importa tanto como la palabra: sembrar un árbol es una forma de catequesis.
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Algo similar ocurrió en la Misión Panamericana de Colombia, donde el pastor Janier Islen Cardona comenzó a incluir el tema ambiental en sus predicaciones. Al principio no fue sencillo. Hablar de deforestación en un culto evangélico no era habitual. Sin embargo, el mensaje encontró resonancia cuando se vinculó con la vida diaria de la congregación. Explicar que la fe también implica una responsabilidad ética frente a la creación transformó la manera en que muchos fieles miran el entorno que los rodea.
En esa tarea, las iglesias evangélicas juegan un papel particular. Su presencia en miles de veredas y barrios del país les permite llegar a lugares donde no hay instituciones públicas ni programas estatales. Gabriel Pérez Peña, desde la Confederación Evangélica de Colombia, insiste en que ese alcance territorial conlleva una responsabilidad. Los pastores conocen a las familias, saben quiénes tumban bosque por necesidad y quiénes lo hacen por ambición. Ese conocimiento, articulado con procesos de formación ambiental, se convierte en una herramienta poderosa para frenar la devastación.
La Iglesia católica, por su parte, ha vivido una transformación similar. En la diócesis de San José del Guaviare, el sacerdote Gregorio Chacón Villamizar reconoce que durante años la dimensión ambiental estuvo ausente de la pastoral. La participación en encuentros formativos de la iniciativa interreligiosa, junto con la influencia de la encíclica Laudato Si’, cambió esa mirada. Las homilías dominicales comenzaron a incluir reflexiones sobre el cuidado del agua, la protección de la biodiversidad, el respeto por la tierra.

Ese cambio no se quedó en el discurso. En las parroquias aparecieron prácticas nuevas: retiros sin desechables, campañas para proteger nacimientos de agua, conversaciones con campesinos sobre la importancia de no talar hasta la orilla de las quebradas. Son gestos pequeños, pero acumulativos. La gente empieza a modificar hábitos cuando siente que su fe le exige coherencia entre lo que cree y lo que hace.
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Los religiosos no idealizan su trabajo. Saben que la velocidad de la deforestación supera con creces la capacidad de respuesta de las comunidades. Reconocen que existen fuerzas mucho más grandes en juego: terratenientes que desmontan grandes extensiones de selva, economías ilegales que avanzan con violencia, fumigaciones que dañan la tierra, una pobreza estructural que obliga a cocinar con leña y a abrir nuevos claros en el bosque. Por eso insisten en que la protección ambiental no puede separarse de la justicia social.
La iniciativa interreligiosa no actúa sola. Está acompañada y guiada por entidades como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, dirigido desde 2019 por la danesa Inger La Cour Andersen; organizaciones científicas, redes eclesiales como la REPAM y consejos de iglesias que aportan formación, materiales pedagógicos y espacios de articulación. Esa alianza permite que el mensaje tenga sustento técnico y legitimidad social, sin perder su raíz comunitaria.
Lo que ha ocurrido en el Guaviare y en otros territorios amazónicos del país es, en esencia, una alianza inesperada. Voces que antes caminaban separadas ahora comparten diagnósticos, estrategias y preocupaciones. No buscan protagonismo ni titulares. Trabajan desde la convicción de que proteger la Amazonía es una tarea espiritual y práctica al mismo tiempo.
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