Un misterioso comprador se quedó con la finca en Guatapé que Pablo Escobar bautizó con el nombre de su hija Manuela

Después de ataque de enemigos, abandono y narco tours ilegales, el Estado cerró el capítulo de una de las propiedades más simbólicas del capo sin revelar comprador

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enero 13, 2026
Un misterioso comprador se quedó con la finca en Guatapé que Pablo Escobar bautizó con el nombre de su hija Manuela

El dinero subía y bajaba en la pantalla como si fuera un juego, aunque no lo era. Números que se perseguían unos a otros en una puja virtual. Las ofertas fueron lanzadas desde lugares desconocidos, y por gente que quizá nunca había puesto un pie en Guatapé pero que ahora competía por quedarse con un pedazo incómodo de la historia colombiana. Así, sin martillo ni salón elegante, terminó vendiéndose la finca La Manuela, una de las propiedades más queridas de Pablo Escobar. La Manuela terminó vendiéndose por 7.700 millones de pesos. No se supo quién la compró. Solo quedó el resultado final, frío y contundente, como si bastara un número para cerrar una historia que llevaba más de cuatro décadas abierta.

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La Manuela no es cualquier finca. Está ahí, en una de las mejores orillas del embalse del Peñol-Guatapé, donde el agua parece un espejo permanente y el verde se vuelve paisaje postal. Fue construida en los años ochenta, cuando el dinero le sobraba a Escobar y el tiempo no parecía tener consecuencias. Pablo Escobar la mandó a levantar como un refugio y como un gesto íntimo, si es que algo así cabía en su vida. La bautizó con el nombre de su hija menor, Manuela Escobar, nacida en Panamá 1984, la consentida, la que aún no sabía que cargaría para siempre con un apellido convertido en condena.

La finca creció rápido, con la lógica del exceso. Piscinas, canchas, muelle, helipuerto, amplios salones abiertos hacia la represa, árboles traídos de lejos para adornar un paisaje que ya era privilegiado. No era la hacienda más ostentosa de Escobar, pero sí una de las más queridas. Un lugar pensado para quedarse, para mirar el agua, para fingir que la guerra no estaba tocando la puerta. Paradójicamente, Pablo Escobar nunca llegó a disfrutarla. Cuando la construcción estaba cerca de terminar, la violencia alcanzó también ese rincón.

En febrero de 1993, explosivos destruyeron gran parte de la estructura. Fue un ataque atribuido a sus enemigos, una advertencia más en una guerra que ya no dejaba espacios neutrales. Desde entonces, La Manuela quedó marcada por la ruina. Techos caídos, muros abiertos, concreto vencido por el abandono. Con el tiempo, la destrucción se volvió parte de su identidad, casi un atractivo más para quienes llegaban en lancha, miraban desde lejos y pedían que les contaran la historia.

Tras la muerte de Escobar, la finca entró en ese limbo largo y confuso que suelen habitar los bienes incautados. Primero pasó a manos de la Dirección Nacional de Estupefacientes y, años después, quedó bajo la administración de la Sociedad de Activos Especiales. En el papel, era del Estado. En la práctica, durante casi tres décadas, no lo fue del todo. Quien realmente vivió allí fue William Duque, un antiguo mayordomo de la familia Escobar que convirtió la ruina en sustento.

Duque se quedó cuando todos se fueron. Vio salir a la esposa de Escobar y a sus hijos rumbo al exilio, cerró puertas, improvisó cercas, adaptó las caballerizas como vivienda y comenzó a contar la historia. Convirtió La Manuela en parada obligada de los llamados narco tours, recorridos en los que cobraba por narrar el pasado, señalar escombros, alimentar mitos. Durante años, turistas nacionales y extranjeros pagaron por escuchar relatos de caletas ocultas, túneles secretos y tesoros enterrados. El lugar producía dinero, pero no para la Nación.

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En 2022, el Estado recuperó el control efectivo del predio y Duque fue desalojado junto con su familia. Se cerró así un capítulo extraño, en el que una propiedad pública fue explotada de forma privada durante años sin que entrara un peso a las arcas oficiales. Poco después, la SAE anunció que La Manuela sería subastada. No como símbolo, sino como activo.

Mientras tanto, la niña que dio origen a la finca seguía su propio camino, marcado por el silencio. Manuela Escobar creció huyendo, cambió de país y de identidad. En Argentina se convirtió en Juana Manuela Marroquín Santos, intentó una vida normal, estudió, cantó, desapareció de los registros públicos. Cuando en 1999 se reveló su verdadera identidad, volvió el encierro. Dejó el colegio, dejó la calle, volvió al aislamiento. Su nombre reapareció fugazmente en 2022, en una demanda contra la Dian por impuestos de propiedades que, según ella, habían sido tomadas por el Estado. Después, otra vez el silencio. Hoy, según versiones periodísticas, viviría en Palermo, Buenos Aires, lejos de todo, paralizada por un dolor que no necesita explicación.

La venta de La Manuela no resolvió los mitos que la rodean. Todavía hay quienes hablan de dinero enterrado bajo la piscina, de joyas ocultas, de túneles que nunca aparecieron. Nada de eso fue probado. Lo único comprobable es la ruina, el terreno de más de siete mil metros cuadrados frente a la represa, la estructura golpeada por el tiempo y la violencia. También es comprobable el cierre de un ciclo, pero lo cierto es que hoy, después de más de 30 años en manos del Estado, la finca cambió de dueño en una subasta silenciosa y millonaria.

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