Desde Guapi hasta Cali, Angie Vanessa Montaño demuestra que la distancia geográfica y el abandono estatal no pueden seguir frenando a la juventud afro

- Guapi: donde navegar se convierte en liderazgo juvenil para transformar el Pacífico colombiano

Desde las orillas de Guapi, donde el mar guarda la memoria de quiénes somos y las voces de la comunidad se entrelazan con la historia del territorio, nació mi liderazgo. Soy Angie Vanessa Montaño Vélez: mujer guapireña, lideresa juvenil y víctima del conflicto armado. Crecí en un territorio del Pacífico bañado de oro, canciones y cultura, donde el mar representa sustento e identidad. Crecí entre saberes ancestrales, tradiciones y espacios comunitarios como la uramba, donde nos encontramos para compartir, recordar y mantener vivos los lazos que nos unen.

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En Guapi participé en múltiples procesos juveniles junto a amigos y líderes que marcaron profundamente mi camino. Muchos de ellos continúan transformando nuestro territorio desde iniciativas culturales, sociales y comunitarias. Los extraño más de lo que suelo expresar; a veces basta mirar una fotografía para recordar lo vivido y conmoverme. Ellos no solo estuvieron en mis comienzos: son parte de mi familia y de lo que hoy soy como lideresa.

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Ese recorrido me llevó a ser consejera municipal, departamental y nacional de juventud, así como directora nacional de Paz y Reconciliación de la Red Mundial de Jóvenes Políticos en Colombia. Mi trayectoria también ha llegado a medios nacionales e internacionales y, en 2025, fue reconocida en los premios Podemos Ser: Mujeres Influyentes en la Política Colombiana, quedando incluida en un libro sobre mujeres en la política. Para mí, estos espacios representan la oportunidad de llevar más lejos las voces y realidades del litoral de donde vengo.

Actualmente vivo en el Distrito de Aguablanca, en Cali, donde convergen tantas familias e historias del Pacífico. Sin embargo, Guapi sigue siendo el lugar al que vuelvo con la memoria, el corazón y el compromiso. Por eso, cada vez que hablo de mi trayectoria o aparezco en un medio, procuro nombrar al municipio donde me formé. No quiero que a Guapi se le recuerde únicamente por las dificultades; quiero que se reconozcan su riqueza cultural, sus saberes ancestrales y el potencial inmenso de su juventud.

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Nombrar a Guapi es también exigirle a la institucionalidad que llegue con programas, presupuesto y oportunidades reales. La cercanía a los grandes centros urbanos no puede ser un privilegio, ni la distancia geográfica una condena para quienes habitan las regiones apartadas. Con frecuencia se excusa que los costos de transporte y las dificultades logísticas hacen muy oneroso llegar hasta nuestros ríos y costas, y las comunidades terminan marginadas de proyectos indispensables. Transformar el territorio exige alternativas para que el aislamiento físico no determine quién accede a la educación superior, a la formación técnica y a las decisiones públicas.

Desde los escenarios de representación política he constatado las barreras que enfrentan las juventudes afro: la falta de información, los escasos recursos y el débil acompañamiento institucional. En municipios golpeados por el conflicto, la inseguridad y las amenazas se suman a la falta de empleo y al nulo acceso a tecnologías. El racismo estructural y las desigualdades de género hacen estas cargas todavía más pesadas. Por eso, no basta con abrir mesas de participación formal: necesitamos garantías para que las propuestas de los jóvenes tengan incidencia vinculante y presupuesto propio en cada territorio.

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Mi historia sigue atada a las mareas de Guapi y a la gente con la que aprendí el poder de la uramba y lo colectivo. Trabajo para que las juventudes afrodescendientes puedan estudiar, participar, cuidar su salud mental y liderar sus comunidades sin miedo. El lugar donde nacemos no puede ser el techo de lo que podemos llegar a ser. Transformar el territorio significa lograr que las oportunidades lleguen, por fin, a donde históricamente han tardado en llegar.

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