Mi historia de liderazgo está profundamente conectada con los territorios que han marcado mi vida. Nací en Buenaventura, Valle del Cauca, y cuando tenía nueve años tuve que abandonar mi lugar de origen junto con mi familia a causa de la violencia del conflicto armado. Llegamos a Villa Rica, Cauca, donde comenzamos un nuevo camino, enfrentándonos al desafío de reconstruir nuestros sueños y encontrar oportunidades.

Con el tiempo, Villa Rica se convirtió en un territorio fundamental para mi crecimiento personal, académico y comunitario. Fue en los espacios escolares donde comenzaron mis primeras experiencias de liderazgo, a través de la participación estudiantil, las actividades deportivas y el compromiso con las personas que me rodeaban.
Esas vivencias me permitieron comprender que liderar no significa simplemente ocupar un cargo o tener reconocimiento. Significa identificar las necesidades del entorno, escuchar a la gente y asumir la responsabilidad de aportar a la construcción de soluciones.
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Esa convicción ha acompañado mi formación en Estudios Políticos y Resolución de Conflictos en la Universidad del Valle y mi paso por procesos comunitarios como la Mesa de Niños, Niñas y Adolescentes, la Plataforma Municipal de Juventud, el Consejo Municipal de Juventud, escenarios de elección popular y la Corporación Conciencia Étnica. En estos espacios he fortalecido una certeza: las juventudes no necesitan esperar a tener todas las respuestas para comenzar a transformar su realidad; necesitan oportunidades reales para proponer, aprender, organizarse y llevar sus ideas a la práctica.
Una experiencia que representa esta manera de entender el trabajo comunitario es el proyecto Agua Segura y Sostenible para Nuestra Escuela, formulado en el marco del programa Cauca Vida y orientado a la Institución Educativa Politécnico La Milagrosa, en Puerto Tejada, Cauca.
La iniciativa partió de una necesidad básica para cualquier comunidad escolar: el acceso al agua potable y la urgencia de promover alternativas sostenibles para su aprovechamiento. Frente a esta carencia, el proyecto propuso la captación y filtración de aguas lluvias como una salida concreta que vincula el cuidado ambiental con el bienestar de la institución. Más allá de los tanques y las tuberías, esta propuesta encarna una forma de ejercer el liderazgo: observar una dificultad cotidiana, convertirla en una idea organizada y buscar alternativas que sirvan a todos.

El proceso involucró directamente a la comunidad educativa mediante espacios de diálogo y aprendizaje. Vincular a estudiantes, docentes y personal de servicios generales permitió entender que el cuidado del agua no recae en una sola persona, sino que es un compromiso compartido que requiere conocimientos técnicos, organización y continuidad.

Esta experiencia demuestra que el liderazgo juvenil no siempre empieza en un estrado político ni en una gran marcha; muchas veces nace de una pregunta sencilla: ¿qué podemos hacer para mejorar las condiciones de nuestra comunidad? En este caso, la respuesta unió la sostenibilidad, la educación y la acción comunitaria.
El proyecto también invita a reflexionar sobre las barreras que enfrentan los jóvenes del norte del Cauca para aterrizar sus iniciativas. Con frecuencia identificamos los problemas del entorno, pero nos faltan formación técnica, respaldo institucional, financiación y canales efectivos de participación. Fortalecer el liderazgo juvenil exige más que discursos sobre el papel de la juventud: implica garantizar condiciones materiales para que las propuestas se formulen, se financien y se sostengan en el tiempo.
Desde mi recorrido, he comprobado que la academia y el trabajo de base se complementan. Las herramientas teóricas sobre políticas públicas y formulación de proyectos ayudan a estructurar soluciones; el contacto diario con las comunidades enseña a priorizar lo urgente y a diseñar respuestas acordes con la realidad.
En el caso del agua, una solución no termina al instalar un sistema; exige acompañamiento técnico, verificación rigurosa de la potabilidad del agua recolectada y, sobre todo, empoderar a la comunidad que se encargará de su mantenimiento diario. Por eso, el liderazgo es también corresponsabilidad: la juventud propone y empuja el cambio, pero el Estado y las organizaciones deben asegurar las condiciones para que no se quede a mitad de camino.
Haber salido de Buenaventura y rehacer mi vida en Villa Rica me enseñó que las circunstancias difíciles marcan el camino, pero no fijan nuestros límites. El liderazgo se fortalece cuando compartimos saberes y trabajamos colectivamente. Creo en una juventud que no se resigna a señalar lo que falta, sino que se organiza para resolverlo.
Transformar el territorio comienza cuando dejamos de esperar que otros solucionen nuestros problemas y asumimos que la salida también está en nuestras manos.
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