Puerto Tejada es un territorio rico en historia donde, a pesar de las diversas violencias y el conflicto entre pandillas, convergen múltiples prácticas culturales que nos mantienen con esperanza. Desde que tengo memoria he tenido relación con el arte, principalmente con la música, la literatura y una fuerte afinidad hacia el cuidado de las plantas. Mi madre es docente, artista y gestora cultural; mi padre, un hombre que dedicó gran parte de su vida laboral al sector salud, pero que jamás abandonó su pasión por los instrumentos, el sembrado y los libros. Ambos me enseñaron el valor del arte para resistir ante la violencia, transmitir mensajes positivos y entender el contacto con la tierra como una forma de autocuidado.

Vivíamos en una casa amplia con un patio enorme lleno de plantas. Ese espacio era motivo de encuentro, intercambio, música y diálogo intergeneracional. De allí nació Dejando Huellas, una agrupación en la que interpretamos música tradicional de violines caucanos y con la que conectamos nuestra herencia afronortecaucana con personas de nuestro municipio, de otras regiones de Colombia e incluso a escala internacional.
De la mano de la música y las letras viví experiencias formativas invaluables. En 2017 viajé a México con el programa de Diplomacia Cultural de la Cancillería junto a Dejando Huellas Kids, el semillero de formación que surgió de la agrupación. Más adelante tuve la oportunidad de participar en varias ediciones del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez y de cursar el diplomado en Turismo Rural Sostenible con la Fundación Panaca.

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Ese legado familiar fue el motor para fundar el colectivo Jóvenes Sembradores, un proyecto donde unimos el cuidado ambiental y la literatura. Este camino también me motivó a estudiar Psicología, una carrera que me ha permitido enlazar estos saberes y experiencias para abrir nuevas posibilidades en el trabajo comunitario.
Con el tiempo comprendí que sin importar el área del conocimiento en la que me encuentre, siempre hallo un puente con el arte y el cuidado. Aprendí que es posible sembrar esperanza en la vida de niños, niñas y jóvenes, y que la poesía, la educación y la naturaleza conectan a las personas sin distingo de edad. En nuestros encuentros intergeneracionales comprobamos que cualquiera puede escribir un verso, sensibilizarse con su entorno y asumir un papel activo en su propio bienestar, descubriendo que aquello que se siembra con afecto y constancia siempre florece.

Por eso quiero invitarte a sembrar vida, empatía, esperanza y, por supuesto, una planta. En tiempos donde a veces el afán no da tregua y las buenas acciones parecen escasear, cada quien puede decidir, desde gestos cotidianos, sembrar algo valioso en la vida de los demás.
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