Cuando Carolina Drews Jaramillo vio la devastación que el terremoto del pasado 10 de agosto dejó en la Hacienda Castilla, entendió que el desafío no era solamente reparar una construcción antigua.
Su tarea —lo supo desde el primer instante— es poner en la recuperación el mismo ADN con que su abuelo levantó el lugar hace seis décadas. Lo entendió en cuanto la tierra dejó de moverse y pudo ver el rastro de su temblor en la hacienda familiar.
Al parecer, la misión le corresponde exclusivamente a su linaje: volver a levantar lo que parece perdido, conservar lo que otros han construido y evitar que el golpe de la naturaleza borre siglos de memoria.
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Hacienda Castilla, en pie desde antes de la fundación de Pereira
Allí, funcionaban espacios de alojamiento, una muestra arqueológica y una galería de arte dedicada a exhibir y promover artistas locales, regionales, nacionales e internacionales.
La propiedad fue declarada Bien de Interés Cultural de Conservación Integral por su valor histórico, estético y simbólico. Entre sus atractivos estaban las piezas arqueológicas de culturas precolombinas y los objetos que la familia había reunido para preservar el pasado.
La hacienda tiene una historia de varios siglos. Sus antecedentes se remontan a los primeros asentamientos de la región y a los territorios que precedieron a la fundación de Pereira. En sus terrenos se cruzan episodios de la colonización, la vida rural y las transformaciones que dieron forma a la ciudad.
Por eso, su importancia no depende únicamente de la arquitectura: Castilla conserva huellas de distintas épocas en un mismo lugar.
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Hacienda Castilla, una de las 35 mil edificaciones afectadas en Pereira por el sismo
El terremoto dejó una huella que fue mucho más allá de la Hacienda Castilla.
En Pereira, el balance de la Alcaldía, divulgado 14 días después del sismo, registraba más de 35.000 viviendas afectadas, alrededor de 120.000 personas damnificadas, daños en 25 edificaciones públicas, 34 instalaciones de salud y dos de infraestructura cultural.
Para entonces, se habían demolido 12 edificaciones en riesgo de colapso y retirado más de 70.000 toneladas de escombros. El impacto también alcanzó el patrimonio nacional: el Ministerio de las Culturas identificó inicialmente 40 bienes inmuebles de interés cultural afectados en siete departamentos, entre ellos Risaralda.
En ese escenario de pérdidas materiales y patrimoniales, la recuperación de la Hacienda Castilla se convirtió en otro de los desafíos de reconstrucción de la región.
La cubierta de teja de barro sufrió afectaciones en más de la mitad de su extensión y algunas paredes resultaron dañadas. El golpe alcanzó también parte de su colección: una figura arqueológica de la cultura de San Agustín, un jaguar con cola de serpiente de unos 1.200 años de antigüedad, quedó partida en dos.

Tristeza. La hacienda está quebrada. La imagen de esa pieza rota resume la dimensión de la emergencia. Un objeto que había atravesado siglos terminó afectado en cuestión de segundos. No se trataba solamente de reparar techos y muros, sino de proteger un patrimonio que no puede reemplazarse con una construcción nueva ni recuperarse por completo con una obra convencional.
La primera urgencia fue conseguir las tejas de barro necesarias para reparar la cubierta. Sin esa intervención, la casona y los bienes que guarda habrían quedado expuestos a nuevos deterioros.
Sin embargo, después de los primeros movimientos la reconstrucción exige recursos, materiales apropiados y cuidado técnico, especialmente en una edificación cuyo valor depende también de conservar su arquitectura original.
La familia y quienes trabajan por mantener vivo el lugar empezaron a buscar apoyo para que Castilla pudiera superar la emergencia. El llamado no se limita a salvar una propiedad privada: busca mantener en pie un espacio que permite contar la historia de Pereira y que durante años ha recibido a visitantes, investigadores y personas interesadas en el pasado de la región.
Los Jaramillo, el corazón y la cabeza de la Hacienda Castilla
La historia de la nueva reconstrucción parece un deja vú. En 1968, Alfonso Jaramillo Bernal compró la hacienda junto con cerca de 30 hectáreas de terreno.
La propiedad, entonces estaba en avanzado estado de deterioro. Antes de convertirse en referente patrimonial, necesitaba una intervención profunda para recuperar su estructura y conservar sus características arquitectónicas.
Jaramillo decidió restaurarla y contrató a un arquitecto español que residía en Pereira para desarrollar el proyecto respetando el estilo de la construcción. No era una tarea menor: el propósito no consistía en borrar las huellas del tiempo ni convertir la casona en un edificio cualquiera, sino en devolverle vida sin despojarla de aquello que la hacía y la sigue haciendo única, a pesar del paso del tiempo y los movimientos telúricos.
Tras la muerte de Alfonso, en 2006, su hija Amparo Jaramillo de Drews heredó la propiedad y continuó el trabajo de conservación. Bajo su liderazgo, la hacienda se consolidó como alojamiento y espacio de valor histórico. También impulsó la recuperación de su memoria documental, con investigaciones sobre escrituras y planos antiguos que permitieron reconstruir episodios de su pasado.
La familia buscó que Castilla siguiera abierta al público y que su historia pudiera compartirse mediante la cultura, la investigación y el arte. Generosidad y altruismo.
Ahora, décadas después de aquella primera recuperación, la tarea vuelve a recaer en la siguiente generación de la familia. Carolina Drews Jaramillo, la nieta del patriarca, enfrenta el desafío de contribuir a que la hacienda recupere las condiciones que le permitían recibir visitantes y desarrollar sus actividades culturales.

La situación es distinta de la que encontró Alfonso Jaramillo en 1968, pero el objetivo de fondo se parece: impedir que el deterioro termine por vencer una construcción cuyo valor supera sus paredes.
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