Mario Fernando Prado fue imprevisible, irreverente y genial. Lo recuerdo con una sonrisa, la misma que me regaló durante cuatro décadas de amistad

 - El piano está de luto
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La semana pasada lo visité. A pesar de su notorio deterioro, jamás pensé que iba a ser la última vez que lo iba a ver. Me senté a su lado en el sofá y me tomó la mano. Y no me la soltó hasta que me fui.

En un momento dado quiso pararse. Federico, mi otro hermano, y yo lo ayudamos. Nos dijo que quería ir al piano. Se sentó en la butaca y comenzó a acariciar su viejo Steinway..

Con visible esfuerzo tocó dos canciones. Tal vez fue la última vez que lo hizo. La última nota de ese largo romance que sostuvo con el piano.

Una de las canciones que interpretó era la que yo siempre le pedí: “Cant, help Falling in love”, “No puedo evitar enamorarme”, que fue la canción con la que Elvis Presley cerró el último concierto que dio, el 21 de junio de 1977. Apenas 51 días antes de su fallecimiento, ocurrido el 16 de agosto de ese año.

Mario Fernando Prado era de ese tipo de gestos. Por eso Susana, mi esposa y yo no pudimos evitar “enamorarnos” de él, como muchos de lo que lo conocieron. Enamorarse de él resultaba muy fácil. 

Era un tipo realmente encantador: el más ingenioso y divertido que conocí en mi vida, pero además cariñoso, detallista, querendón, lúcido. Y por si fuera poco, un pianista excepcional, que gozaba interpretando las canciones que le pedían los amigos.

Cada una de las mil reuniones que organizó en su “media agua” de la carretera al mar fue única e inolvidable. Primero porque María Cecilia, su compañera de la vida, es la mejor anfitriona que he conocido. 

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Siempre decora su casa con toda clase de objetos alusivos al motivo de la reunión. Y es una chef digna del Cordon Bleu. Juro que con Susana acudimos a no menos de cien eventos en su casa y nunca repitió menú.

El esmero, el cariño y el refinado gusto de María C sumados a las historias inagotables y al piano de MF volvían sublimes esas reuniones. 

Una anécdota que refleja a Prado en toda su plenitud se repetía hacia las cuatro de la tarde en esos almuerzos. Mario Fernando que no había movido un dedo y se había dedicado a hablar paja toda la tarde se acercaba a “Caelia”, como llamó toda la vida a su esposa y le decía, sin el menor rubor: “en qué otra cosa te puedo colaborar mi amor”. 

Nuestra relación personal fue de las más especiales que he tenido. Desde que nos conocimos hace casi 40 años hicimos click.

Recuerdo haberlo visto por primera vez en la oficina del Grupo 80, en el barrio Versalles. En ese entonces él era el presidente de ese grupo de líderes jóvenes que marcó época en Cali y del cual salieron varios de los más importantes dirigentes que el Valle ha producido en los últimos 50 años.

MF me encargó la edición de la publicación que realizaba el grupo y que básicamente se dedicaba a divulgar las obras que hacían y las causas que emprendían. Manejé esa publicación unos cuatro años, al lado del inolvidable Álvaro José Cobo, que era miembro del grupo y fungía como asesor editorial.

Así arrancó una relación que nos llevó a ser amigos, socios y aliados en muchas causas. Juntos, en el año 2004, creamos el espacio radial Oye Cali, que aún está al aire. Yo estuve en el programa hasta el 2008, cuando, muy a mi pesar debí marginarme porque mis ocupaciones como director de información de El País me impedían dedicarle a OYE Cali el tiempo que merecía.

Fueron cuatro años inolvidables, llenos de anécdotas, de buena energía y de éxito. En buena parte la sociedad funcionó porque le entregamos el manejo de las cuentas a María C que hizo un trabajo que no hubiera realizado Arthur Andersen.

Nos entendimos a la perfección, MF decía que no necesitábamos hablar, pues con la mirada bastaba para entendernos.

De ese paso por Oye Cali tengo mil anécdotas, pero hay una que recuerdo en especial y que me encanta contar. Ocurre que en Mayo del 2007 se celebraron los veinte años de uno de los mayores logros del deporte colombiano: el triunfo de Lucho Herrera en la Vuelta a España.

Gracias al editor de deportes de El País, que si mal no recuerdo en ese momento era Alfonso Ospina, pude conseguir el teléfono de Lucho. Y una mañana lo llamamos.

Yo, que he sido fanático del ciclismo, le pregunté al “jardinerito” todo lo que se me ocurrió: sobre la victoria en la mítica etapa de Lagos de Covadonga, del sufrimiento, de los rivales… Y Mario Fernando callado.

Llegó el momento de despedir al gran ciclista y en ese momento Mario Fernando levantó la mano. “Quiero hacer una pregunta”. ¿Con qué irá a salir?, me pregunté Y sin temblarle la voz le soltó a semejante gloria del deporte esta pregunta: “Lucho es verdad que montar tanto en bicicleta da disfunción eréctil”.

Casi me muero. Pero para mi sorpresa Lucho no se enojó. Al contrario, le cayó en gracia la osada pregunta e incluso le siguió el juego y dijo: “a mi me han averiguado todo, pero esa pregunta sí que no me la habían hecho” dijo. Y añadió: “Para su información tengo cuatro hijos”. Carcajada general. Ese día aprendía que Mario Fernando era más peligroso callado que cuando hablaba.

Así era Mario Fernando Prado, imprevisible, sorprendente, irreverente, genial. 

Así quiero recordarlo hasta que el Creador nos vuelva a juntar en la otra dimensión. El mejor homenaje que puedo hacerle a este hermano que la vida me dio es recordarlo con una sonrisa en el rostro, como la que el me arrancó cada día de las cuatro décadas que duró nuestra amistad. 

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Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.