Texto escrito por: Nerio Luis Mejía
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Colombia, desde sus orígenes como República, ha experimentado las más salvajes confrontaciones violentas, de la mano de presidentes que se han dejado fotografiar en calzoncillos, otros que prometieron acabar con el ELN en tan solo tres meses y otros más osados que se pasean entre cadáveres. Todo ello forma parte de un nivel extremo de populismo que se suma a nuestro trágico historial de violencia, siendo la contienda bipartidista de 1948 una de las más documentadas y recordadas.
Los orígenes de estos enfrentamientos han sido múltiples: desde el reclamo por la participación política hasta la justa lucha por la tierra. Tristemente, todos han tenido el mismo final trágico: un eterno baño de sangre que ha lastimado sin compasión a todos los colombianos. Sin importar creencias, ideologías políticas ni adscripciones religiosas, cada uno ha experimentado en carne propia este infortunado episodio de nuestra historia con un profundo dolor.
Cada cuatro años llega alguien prometiendo el fin de la violencia; unos con métodos más orthodoxos que otros. Ante el fallido diálogo social, varios sectores han apostado por la opción de la fuerza, lo que de entrada produce las primeras víctimas mortales en medio de los ataques indiscriminados de las partes en conflicto: desde carros bomba y los tan de moda drones cargados con explosivos, hasta los cuestionados bombardeos ejecutados por las fuerzas militares. Al final, todas las vías producen exactamente lo mismo: muerte.
Las causas de este eterno conflicto armado van mutando con el tiempo: del reclamo histórico por la tierra, la salud, la educación y la vivienda, a las comunidades campesinas que defienden los cultivos de coca argumentando la falta de oportunidades, quizás desconociendo o ignorando las devastadoras consecuencias que el narcotráfico genera en esta espiral de violencia.
El gobierno de Abelardo de la Espriella, quien prometió mano dura contra los grupos armados, ya ha hecho sentir su postura, al igual que las estructuras ilegales, que han presentado una feroz resistencia ante las embestidas de las fuerzas del orden. Hace algunas semanas circulaban en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales imágenes y videos donde el actual presidente de Colombia se paseaba en medio de una docena de cadáveres embolsados, producto de un bombardeo militar. Lo que parecía una caminata casual entre cuerpos sin vida ha generado un hondo debate sobre el papel del mandatario al inspeccionar en persona los resultados de una operación militar.
Ante ese panorama, es válido preguntarle al señor presidente: ¿qué estarán pensando aquellos ciudadanos creyentes que votaron por usted cuando, al invocar un salmo sobre el tránsito por el valle de la muerte, lo imaginen en sus oraciones realizando un paseo entre cadáveres embolsados, caídos tras los bombardeos autorizados en cumplimiento del orden constitucional que juró defender?
Habrá quienes justifiquen y celebren su presencia entre los cuerpos, y otros que la cuestionen severamente; pero el clamor de la mayoría de los colombianos es que termine este vergonzoso y doloroso conflicto sin más caídos. Un deseo que parece imposible ante la negativa de los grupos armados a rendirse sin condiciones, lo que inevitablemente llevará a que estas escenas se repitan de manera consuetudinaria. Sin embargo, lo que sí puede hacer usted, señor presidente, es moderar su actitud frente a la muerte y dejar de contemplarla con naturalidad, aun cuando pretenda ser coherente con su política de mano dura.
Los interrogantes persisten: ¿cómo durmió usted esa noche?, ¿los efluvios de sus finos perfumes lograron disipar el olor a muerte que debía percibirse en ese lugar?
De igual manera, es necesario preguntarle a los grupos armados: ¿qué sienten en sus momentos de tranquilidad —si es que los tienen— cuando las bombas y los disparos de sus fusiles le arrebatan la vida a jóvenes soldados y policías?
Es hora de bajarle los decibeles al populismo y detener el baño de sangre. Que el paseo entre cadáveres sea un asunto del pasado, al igual que las colectas para comprar bolsas en las que embalar cuerpos caídos, práctica que deja ver la barbarie de quienes la promueven. Nuestro país merece mejores atardeceres y despertar en un nuevo amanecer, distante del odio mezquino que alimenta las bombas y los disparos que día a día nos arrebatan los sueños e ilusiones.
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