ADICTOS AL AMOR
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Hay consumidores que afirman sin vacilar que una droga dura como el bazuco o la metanfetamina, es su esposa; hay otros que dicen de forma poética que su pareja es una droga que les genera adicción. En el fondo, ambas afirmaciones rozan la misma verdad incómoda: el amor en su etapa inicial es un proceso neuroquímico que guarda un parentesco asombroso con cualquier adicción. Y puede ser, que durante muchos años seamos adictos a ese subidón con efectos que de no haber un cultivo psicológico, pueden afectar nuestro círculo y a nosotros mismos con resultados dolorosamente nocivos.
DESDE MI EXPERIENCIA
Vengo de una relación de siete años de la que estoy saliendo. Es un ciclo lo suficientemente largo como para obligarme a mirar hacia atrás desde una atalaya psicológica, poética, e incluso mística de ecología del alma, y reconocer así, patrones propios y ajenos para identificar algunos matices de este concepto.
En el pasado, el de los 20 años, como a tantos nos ocurre, me ilusionaba con demasiada rapidez. Ese frenesí donde el otro se instala de golpe como el eje gravitacional de la existencia humana para luego evidenciarse su deformidad funcional, no es más que la prueba de que existió ahí un pico desbordado de dopamina.
Cuando esa clase de vínculo se rompe, el cuerpo y la psique no solo extrañan a esa persona; se sufre un auténtico y doloroso síndrome de abstinencia cuyos efectos psíquicos emocionales, mentales y físicos, llamamos duelo.
ECOLOGÍA DEL ALMA
Hacer una profunda ecología del alma con los años resulta un imperativo categórico de las relaciones. Diseccionar cada emoción, separarlas del sentimiento y ponerlas en básculas para ponderar cada una como lo hace un cirujano con un bisturí de alta precisión.
Así como la salud física exige limpiar el organismo de excesos y toxinas, desintoxicarnos de una bioquímica del amor dopaminérgico dependiente de la validación ajena, es preciso para ser, no plenamente felices (imposible según Yourcenar, Antonio Gala y otros sabios), pero sí funcionales, equilibrados y contentos.
La obsesión romántica está bien tenerla alguna vez, tal como está bien haber probado el alcohol y una que otra manzana de Eva por explorar, pero sin engancharnos. Rara vez el engancharse u obsesionarse resulta en un amor maduro, tal como el consumir drogas duras no se puede decir que no sea una adicción nociva. Por lo general la adicción a una persona, a una relación, es el síntoma inequívoco de un desbalance afectivo total. Y donde hay obsesión, invariablemente hay sufrimiento, lesión a la autonomía funcional y una progresiva dependencia a otras drogas u otras relaciones fallidas: vamos de subidón en subidón...y de bajón en bajón.
DEL EQUILIBRIO
Encontrar el equilibrio no surge de la suerte, sino de un diseño estructurado o elaborado de madurez consciente, que pasa por buscar la validación en múltiples fuentes; el cultivo de proyectos personales; el desarrollo de la identidad en la creación propia (ciencias, letras, artes); los amigos y el solaz de exprencias estéticas compartidas; la soledad habitada con paz y cultivo espiritual más interior que exterior.
Cuando repartimos el peso de nuestro bienestar en varios pilares sólidos; cuando cultivamos un valor y belleza propias (física, mental, emocional, espiritual), dejamos de ser el amante para convertirnos en el amado. Es así como dejamos de exigirle a una pareja que cargue con la responsabilidad insostenible de salvarnos, de completarnos o darnos sentido. Todo lo anterior resulta a los ojos de la experiencia abominable.
DEL DESEO Y LA SEDUCCIÓN
El amor, en su dimensión más lúcida, también implica desarrollar una inteligencia afilada capaz de seducir y sostener vínculos. Esto requiere una plasticidad neuronal que pueda “ponerse en los zapatos del deseo del otro” y “mantener el secreto de la Esfinge”: saber, en qué términos estrictamente prácticos se deben mostrar las cartas y cuándo guardarlas para sí. Es cultivar un jardín interior robusto que nos otorgue solaz, belleza, sentido, frutos y sombra; y una riqueza íntima tal, que impida cualquier intento de desbordamiento emocional hasta perderse en el otro, como un adicto que termina en la miseria de la calle por su adicción.
¿Qué no es la seducción?
El error más frecuente es creer que la seducción es únicamente una herramienta de conquista, una suerte de repertorio preliminar que se agota una vez consolidado el vínculo. No es solo seducir para atrapar; es seducir para sostener la relación en el tiempo. Y esa seducción profunda no depende de disfraces, artificios o manuales de ética y estética; se compone de gestión interna. Consiste en saber hacer silencios, en custodiar celosamente un espacio propio y en mantener un cultivo interior activo que no le pertenezca a nadie más.
Se trata de aprender a dosificar el caudal de nuestra presencia de acuerdo con las expectativas y el verdadero deseo del otro de conectar con nosotros. La maestría vincular radica en un delicado equilibrio: ni saturar al otro con una abrumadora sobredosis de disponibilidad, ni caer en la indiferencia que congela el afecto; ni otorgarle de golpe aquello que aún no está maduro para recibir o valorar. El deseo se alimenta de distancia lúcida y de medida; cuando se regala todo el inventario desde el primer día, se extingue el motor de la búsqueda.
DE LA ATENCIÓN COMO UNA EXPRESIÓN EXTERNA DEL ALMA
En la cosmovisión de Sant Mat, Surat significa atención. La atención es la expresión externa del alma; es el foco de nuestra energía vital. Si esa atención se derrocha por completo externamente y sin reservas en alguien que es un reflejo imperfecto de la belleza interior o en una relación, la Esfinge queda sin misterios. En ese instante de entrega aflora por lo general un ser plano, predecible y carente de profundidad, lo cual hace que se desvanezca por completo el encanto y el magnetismo a los ojos del otro.
El lugar natural de Surat -o de la atención-, es el mundo interior. Sin embargo, en este plano de existencia nos debemos a obligaciones laborales, académicas, familiares y sociales que hacen imposible mantenerla replegada en el fuero interno las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. El equilibrio no radica en la rigidez de una desconexión total, sino en saber administrarla con consciencia y en desarrollar una constancia diaria a través de la meditación que nos permita volver al centro, contener la energía y habitar nuestro propio refugio interior. Charles Reade y Emerson solían decir: “Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino”.
Es grato tener atención y dar atención, pero no sin contenido ni sin medida
INGENIERÍA DE LA EMPATÍA
El amor exige una delicada ingeniería empática: la capacidad lúcida para leer el sentimiento, la esperanza y el deseo o las necesidades emocionales, mentales y físicas ajenas, pero sin extraviar jamás el propio centro.
Al final, sanar y amar con madurez es recuperar el timón.
Es comprender que la intensidad desaforada no es sinónimo de profundidad y que, frente al vértigo de la adicción afectiva, la verdadera conquista siempre será la calma, la autonomía y el misterio bien guardado.
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