El viernes tomé el portarretratos con la foto de la primera comunión de mi señora, que se rompió en varias partes tras venirse al suelo con el cimbronazo que produjo el terremoto del pasado 10 de agosto, y lo llevé a la marquetería a la que acudo para estos menesteres desde hace años.
Cuando llegué al local, ubicado a tres cuadras de la galería de la Alameda, estaba cerrado. Golpeé en la puerta y salió el hijo de la dueña y me informó que no estaban trabajando porque con el sismo se les cayó una pared y hasta ahora estaban terminando de recoger los escombros.
Algo parecido me ocurrió al llevar una ropa a la lavandería. Cuando llegué al sitio lo encontré semidestruido y un letrero en la puerta anunciaba que estaba cerrada hasta nueva orden.
Hace unos días fui a uno de mis restaurantes preferidos, un asadero donde hacen los pollos asados más ricos que he probado y en el lugar que ocupaba el restaurante me encontré un montón de escombros arrumados.
A Ikea, el almacén sueco especializado en muebles y otros enseres para el hogar, tampoco he podido volver. El centro comercial donde queda ubicado resultó muy averiado por el movimiento telúrico.
El fin, el terremoto ocurrido hoy hace cuatro semanas, les cambió la vida a los caleños. Y no solo a los directamente afectados que se quedaron sin casa o, peor, que perdieron algún pariente.
No hay nadie en Cali que no haya resultado afectado de alguna forma. Física o psicológicamente. Desde aquel lunes trágico, miles de caleños no han podido volver a conciliar el sueño. Otros tantos viven con estrés y tienen la sensación permanente de que está temblando.
Todos conocemos a alguien que perdió un pariente o que se quedó sin casa. Yo he pasado por las dos experiencias. El productor de un programa de TV. en el que participo perdió una hermana y una sobrina.
Y una buena amiga de la familia que vivía en el norte de la ciudad, en un muy buen apartamento, no ha podido regresar a él desde el día del terremoto. Le ordenaron evacuar y apenas tuvo tiempo de meter tres prendas de vestir en una maleta y desde entonces vive arrimada en el apartamento de una amiga que la ha acogido con generosidad.
Este terremoto tuvo una consecuencia muy particular. La gran mayoría de afectados no son de estratos populares, como por desgracia suele ocurrir, sino de clase media, estratos tres, cuatro y cinco.
Lo cual tiene ventajas y desventajas. La gran ventaja es que la mayoría de los damnificados tiene redes de apoyo, amigos o parientes que los han acogido en sus hogares. Otra ventaja es que muchos de ellos están en edad productiva y tienen sus viviendas aseguradas, con lo cual la recuperación será menos dispendiosa.
La gran desventaja es que de seguro les va a tocar acometer esa recuperación solos porque el Estado ni sabe ni le interesa mucho ayudar a este segmento de la población.
Por ejemplo, las autoridades habilitaron una serie de albergues para que los afectados pernoctaran y a muchos de ellos no llegó nadie porque, como ya dije, tienen familias o amigos que los recibieron en sus casas.
La ayuda que necesitan esas personas es diferente. Algunos requieren créditos blandos y otros que les renegocien los créditos que ya tenían. Y muchos necesitarán subsidios no reembolsables porque simplemente no tienen cómo pagar un crédito.
Hay un dato preocupante que suministró la Alcaldía, tras realizar la caracterización de las víctimas: Alrededor de la mitad de las personas que perdieron su casa son mayores de 60 años. Personas que vivían con relativa comodidad, en su casa propia y cuyo ingreso más importante es su pensión, generalmente modesta.
Esas personas quedaron en el aire. Muchos ya habían pagado sus casas y no las tenían aseguradas, con lo cual hacerse a una nueva vivienda les va a resultar muy complicado pues la pensión a duras penas les alcanza para subsistir.
El Estado tiene que ver cómo puede ayudar a estas personas que creían que ya tenían arreglada su vida y de un momento a otro quedaron en el limbo.
Las consecuencias sicológicas del terremoto también son preocupantes. Así lo advierten los siquiatras Hernán Rincón y Cesar Arango, en su estudio “El hogar, caverna del yo: significado psicológico de la avería o pérdida de la vivienda después de un terremoto”.
“El hogar, dicen los especialistas, trasciende su dimensión física y constituye un espacio fundamental de seguridad, identidad, memoria y pertenencia. Desde una perspectiva evolutiva, puede entenderse como la prolongación simbólica de la caverna ancestral: un territorio protegido donde el ser humano disminuye la vigilancia, establece vínculos y desarrolla su vida íntima y social”
Y añaden: “Por ello, la destrucción de la vivienda durante un terremoto u otro desastre representa no solo una pérdida material, sino también la ruptura de un contexto psicológico profundamente asociado con la seguridad”
Lo cierto es que, cuatro semanas después, los caleños apenas comenzamos a superar el estado de shock en el que no sumió el terremoto. Y las heridas, físicas, materiales y psicológicas que nos causó el sismo, tardarán su buen tiempo en cerrar.
El mayor bálsamo para alivianar el golpe causado por el terremoto ha sido la solidaridad que han exhibido los caleños a lo largo de estos días. Sin duda, el terremoto sacó a flote lo mejor de nuestra gente. No todo podía ser malo.
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