El asesino le disparó al empresario arrocero Gabriel Aponte pero la bala iba contra Olimpo Oliver, quien es la cabeza del grupo OPG, amenazado por las Farc y Eln

 - Este es el empresario del oro que se salvó de ser asesinado en el Bodytech de la 85 porque el sicario se equivocó

El hombre llegó minutos antes de las siete de la mañana, con un traje color café de dos piezas y corbata azul. Se quedó de pie en el andén de la calle 81 con carrera séptima, unos metros más arriba del gimnasio Bodytech de La Cabrera, como si esperara un taxi o una cita de trabajo. Pasó desapercibido. En esa cuadra de Bogotá, entre oficinas y edificios residenciales de clase alta, un hombre de traje no llama la atención de nadie. Minutos antes había entrado al baño de una peluquería cercana a cambiarse de ropa, siguiendo instrucciones que había recibido por teléfono. Llevaba un arma escondida bajo el saco de paño, esperando una señal.

La señal llegó cuando dos hombres salieron del gimnasio. Uno vestía ropa deportiva y caminaba con la tranquilidad de quien acaba de terminar una rutina; el otro, un poco más atento a lo que ocurría alrededor, lo acompañaba a corta distancia. El hombre de traje café se les acercó, sacó el arma y disparó varias veces contra los dos. Ambos cayeron heridos de muerte. El atacante corrió hacia una motocicleta que lo esperaba a pocos metros y que se perdió entre el tráfico de la mañana.

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Horas después, el hombre del traje se enteraría de que había fallado. Había asesinado a Gustavo Andrés Aponte Fonnegra, un empresario arrocero dueño de la marca Arroz Sonora, y contra su escolta, Luis Gabriel Gutiérrez Garzón, un expolicía que llevaba años dedicado a la seguridad privada. Los dos murieron esa misma mañana del 11 de febrero de 2026, camino a un centro médico. El verdadero objetivo, un empresario del oro llamado Olimpo Antonio Oliver Peñaranda, seguía vivo. Ni siquiera se había cruzado esa mañana con el sicario en la puerta del gimnasio; solo compartía con Aponte, sin saberlo ninguno de los dos, la misma rutina, el mismo horario y una contextura física parecida.

Durante meses, el crimen se leyó como un ataque dirigido contra Aponte Fonnegra. Su familia insistía en que no tenía enemigos ni había recibido amenazas, y los investigadores no encontraban ningún hilo que explicara por qué alguien querría matarlo. La Fiscalía revisó más de ciento veinticinco cámaras de seguridad de la zona para reconstruir cada paso del sicario, desde que llegó al sector hasta que huyó en la moto. Ese trabajo llevó a identificar el vehículo de apoyo del grupo, y a recuperar las pertenencias que uno de los implicados dejó adentro: entre ellas, un teléfono celular que terminaría por desenredar el caso completo.

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En ese teléfono, los investigadores encontraron un grupo de WhatsApp llamado Los Gladiadores, creado el 6 de febrero, cinco días antes del crimen. Ahí, al menos seis personas, cada una identificada con un alias distinto, coordinaban desde días atrás el seguimiento de un hombre que manejaba una camioneta negra y frecuentaba el gimnasio de La Cabrera. Había fotografías del vehículo, videos del hombre llegando a restaurantes del norte de Bogotá y hasta el registro de un viaje suyo a Medellín, vigilado paso a paso por integrantes de la red. El grupo ya había intentado el atentado antes, sin éxito, el 4 y el 9 de febrero.

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El hombre al que seguían era Olimpo Antonio Oliver, empresario dedicado desde hace más de una década al sector minero energético, con inversiones en oro, cobre y gas, y vinculado a sociedades como OP Gold Capital y OP Aurum Capital, agrupadas bajo el Grupo OPG. Desde 2018, esa organización impulsó en el sur de Bolívar un proceso de formalización de mineros artesanales e ilegales a través de un título minero, un trabajo que convirtió decenas de operaciones informales en empresas legales y dejó, según cifras de la propia compañía, a más de mil personas trabajando dentro de la ley.

 - Este es el empresario del oro que se salvó de ser asesinado en el Bodytech de la 85 porque el sicario se equivocó
Gustavo Aponte salía del Bodytech de la Calle 84 con carrera Séptima junto a su escolta cuando un sicario le disparó por la espalda.

Dos años más tarde, Oliver Peñaranda acudió a las autoridades para pedir acciones más fuertes contra las estructuras que controlaban la minería ilegal en la región, un paso que, según una de las hipótesis que maneja la investigación, lo convirtió en blanco de amenazas de grupos armados como las disidencias de las Farc y el Eln, que durante años se habían lucrado del oro que salía de esas minas sin ningún control estatal. La Fiscalía no descarta tampoco otra motivación, más simple: el cobro de una deuda. Ninguna de las dos hipótesis excluye a la otra y ambas siguen abiertas mientras avanza el proceso.

Lo que sí quedó establecido es cómo se produjo el error. Oliver Peñaranda y Aponte Fonnegra tenían una contextura similar y frecuentaban el mismo gimnasio en las mismas horas de la mañana. El día del crimen, cámaras de un edificio ubicado en la calle 85 con séptima registraron el vehículo de Oliver Peñaranda llegando a Bodytech, el mismo automóvil que la red llevaba semanas vigilando. Esa coincidencia, sumada al parecido físico entre los dos hombres, bastó para que el sicario disparara contra la persona equivocada.

La investigación avanzó despacio durante meses, hasta que en agosto la Fiscalía logró identificar y capturar en Villavicencio a Leonel Enrique Llanos Paternina, alias Tony, señalado de haber hecho seguimientos al objetivo original y de haber manejado la motocicleta en la que escapó el sicario después del ataque. Un juez de control de garantías legalizó la captura y le imputó cargos de homicidio agravado y porte ilegal de armas de fuego, cargos que Llanos Paternina no aceptó. Días después quedó recluido en una cárcel mientras continúa el proceso en su contra.

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El hombre que disparó contra Aponte Fonnegra y su escolta sigue sin ser capturado. Tampoco se ha establecido con certeza quién ordenó el atentado. La Fiscalía sí confirmó que al menos uno de los implicados en la logística del crimen fue asesinado meses después, el 30 de mayo, en circunstancias que los investigadores interpretan como un intento de la organización criminal por borrar huellas y eliminar a quienes podían hablar.

Aponte Fonnegra era triatleta, integraba el consejo directivo de una fundación dedicada a niños de bajos recursos que lleva su apellido, y había construido su nombre en el sector agropecuario colombiano al frente de la arrocera familiar. Nunca llegó a enterarse de que alguien lo seguía, ni de que el hombre que caminaba unos metros detrás de él esa mañana de febrero llevaba un arma bajo un traje color café. Murió sin saber que la bala que lo mató estaba dirigida a otro hombre, uno al que probablemente nunca conoció, y al que solo lo unía, esa mañana, una rutina de gimnasio que terminó costándole la vida.

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Por Las Dos Orillas

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