A tres décadas de la gala de 1995, repasamos Forrest Gump, Sueño de fuga y Pulp Fiction, tres clásicos que redefinieron la libertad y el cine

 - El fenómeno cinematográfico de 1995 donde tres historias opuestas terminaron marcando a toda una generación
Texto escrito por: Francisco Javier Florez Oliveros

En 1995 confluyeron en los premios de la Academia varias películas estrenadas el año anterior que, más de tres décadas después, siguen pareciendo extraordinarias. Entre ellas estaban Forrest Gump; The Shawshank Redemption —Sueño de fuga—; y Pulp Fiction —Tiempos violentos—. Tres historias completamente distintas que terminaron hablándonos de cosas sorprendentemente cercanas: la bondad, la amistad, la esperanza, la libertad y hasta el derecho a romper las reglas.

La ceremonia de los Óscar se celebró el 27 de marzo de 1995.

Hubo un ganador.

Pero quizá hubo varios.

Una pluma y un hombre llamado Forrest

Una pluma desciende lentamente desde el cielo mientras suena la hermosa música compuesta por Alan Silvestri. El viento la lleva de un lado a otro hasta depositarla frente a los zapatos de un hombre sentado en una banca.

Forrest Gump.

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Forrest había crecido en Greenbow, Alabama. Durante su infancia utilizó aparatos ortopédicos en las piernas. Tenía dificultades para expresarse y no respondía a los parámetros de inteligencia que otros consideraban normales. Parecía que el mundo ya había decidido hasta dónde podría llegar.

Pero Forrest hizo algo mucho más sencillo:

vivió.

Y vivió extraordinariamente bien.

El niño que tenía dificultades para caminar terminó corriendo como pocos. Fue jugador de fútbol americano, soldado en Vietnam, recibió la Medalla de Honor, se convirtió en un extraordinario jugador de ping-pong, cumplió la promesa hecha a su amigo Bubba y levantó la Bubba Gump Shrimp Company. El teniente Dan invirtió parte de sus ganancias en aquella empresa que Forrest creyó dedicada a las frutas porque tenía como símbolo una manzana mordida.

Conoció presidentes. Atravesó corriendo Estados Unidos. Estuvo, casi accidentalmente, en medio de algunos de los grandes acontecimientos de la historia estadounidense.

Pero nada de eso explica verdaderamente su grandeza.

Forrest nunca quiso ser grande.

Fue leal cuando podía marcharse. Cumplió su palabra cuando nadie podía obligarlo. Compartió cuando podía quedarse con todo. Regresó bajo el fuego enemigo para buscar a sus compañeros. Honró la memoria de Bubba. Acompañó al teniente Dan cuando este había perdido incluso las ganas de acompañarse a sí mismo.

Y amó.

Amó a su madre, a Bubba, al teniente Dan y, durante prácticamente toda su vida, a Jenny.

Después llegó Forrest Gump Jr.

Hay un instante particularmente humano cuando Forrest descubre que tiene un hijo. Su primera preocupación no tiene que ver con el dinero ni con el tiempo perdido sin conocerlo. Quiere saber si el niño es inteligente.

Forrest sabe cuánto puede doler crecer cuando los demás han decidido que uno es diferente.

Y entonces aquel hombre que había corrido por medio país finalmente encuentra una razón para quedarse. El amor que durante tantos años había perseguido en Jenny termina encontrándolo también en su hijo.

He utilizado muchas veces a Forrest en mis clases y conferencias porque sigo encontrando en él una lección extraordinariamente sencilla:

sí en el mundo hubiera más personas como Forrest Gump, este mundo sería mejor.

Brooks was here

Pero en aquella premiación había otra historia.

The Shawshank Redemption —Sueño de fuga— encerró a sus personajes entre enormes paredes para hablarnos, paradójicamente, de libertad.

Andy Dufresne fue condenado por un crimen que no cometió. Pasó cerca de veinte años en Shawshank y allí construyó algo que probablemente nunca figuró en su sentencia:

una familia.

Estaba Tommy Williams, aquel joven al que Andy ayudó a estudiar y que terminó descubriendo una verdad capaz de demostrar su inocencia. Estaba Ellis Boyd “Red” Redding, interpretado magistralmente por Morgan Freeman, el hombre que sabía conseguir casi cualquier cosa.

Y estaba Brooks Hatlen.

Brooks llevaba décadas en prisión. Era el bibliotecario. Repartía libros, conocía los corredores, conocía a los hombres y sabía cuál era su lugar en aquel pequeño universo.

Cuando le anuncian que recuperará la libertad hace algo aparentemente absurdo: pone un cuchillo en el cuello de Heywood y amenaza con matarlo.

No quiere asesinarlo.

Quiere quedarse.

Porque afuera estaba la libertad.

Pero adentro estaba su familia.

Brooks finalmente abandona Shawshank. Consigue una habitación y un empleo embolsando compras en un supermercado. Pero el mundo exterior ha cambiado. Los automóviles le parecen demasiado rápidos. Nadie sabe quién es. Nadie espera sus libros. Nadie necesita al viejo Brooks.

Antes de abandonar la prisión había liberado a Jake, el cuervo que cuidaba. Ya afuera, Brooks alimenta a las palomas en el parque esperando que algún día Jake aparezca para saludarlo.

Jake nunca vuelve.

Y allí aparece una de las paradojas más dolorosas de Sueño de fuga: el cuervo pudo aprender a ser libre; Brooks no.

Una noche saca su navaja y talla sobre una viga:

“BROOKS WAS HERE.”

“BROOKS ESTUVO AQUÍ.”

Después se suicida.

Brooks nos deja una pregunta que trasciende los muros de cualquier prisión: ¿dónde está realmente nuestra familia?

Tal vez no siempre donde los demás creen que debería estar.

Quizá nuestra familia está donde alguien conoce nuestro nombre. Donde nuestra presencia tiene significado. Donde tenemos un oficio, una conversación pendiente, un lugar. Donde alguien nota nuestra ausencia.

Brooks era un preso en Shawshank.

Pero también era allí donde pertenecía.

Andy y Red

Andy eligió otro camino.

Durante años fue horadando silenciosamente una pared. Piedra a piedra. Noche tras noche. Con inteligencia, paciencia y una extraordinaria picardía construyó, literalmente, su salida.

Hasta que una noche escapó.

Pero no se olvidó de Red.

Le dejó un camino: un árbol, un muro de piedra, una caja enterrada, una carta y una promesa.

Zihuatanejo.

Cuando Red finalmente recupera la libertad, ocupa la misma habitación donde había vivido Brooks.

Pero toma una decisión diferente.

Brooks encontró allí el final del camino.

Red decidió seguir andando.

Siguió las pistas de su amigo, cruzó la frontera y llegó al Pacífico mexicano.

Y allí estaba Andy.

Después de casi veinte años de barrotes, guardias y puertas cerradas, ya no había muros.

Había un océano.

Y dos amigos abrazándose.

Quizá Sueño de fuga sea una de las grandes odas cinematográficas a la amistad porque Andy y Red nos enseñaron que un verdadero amigo no necesariamente resuelve nuestra vida: algunas veces simplemente nos deja preparado el camino para que podamos volver a encontrarla.

Brooks nos habló de pertenecer.

Andy, de conservar la esperanza.

Red, de atreverse a seguirla.

Tiempos violentos: romper las reglas

Y entonces apareció Quentin Tarantino.

Pulp Fiction —Tiempos violentos— decidió que las reglas podían romperse.

Tarantino alteró la cronología, fragmentó la narración, mezcló humor y violencia, convirtió conversaciones aparentemente insignificantes en escenas memorables y obligó al espectador a abandonar la comodidad de una historia contada de principio a fin.

Vincent Vega, Jules Winnfield, Mia Wallace y aquella colección de personajes improbables entraron en el cine como si alguien hubiera abierto una puerta que hasta entonces parecía prohibida.

Y nos dejaron otra enseñanza:

no todas las reglas son intocables.

Algunas existen porque funcionan. Otras sobreviven simplemente porque nadie se ha atrevido todavía a romperlas.

Tarantino no necesitó ganar aquella noche el Óscar a Mejor Película para transformar el cine. De hecho, Tiempos violentos sí obtuvo una estatuilla: Quentin Tarantino y Roger Avary ganaron el Óscar al Mejor Guion Original.

La disrupción también puede ser una forma de crear.

And the Oscar goes to…

La Academia finalmente abrió el sobre.

Forrest Gump obtuvo seis estatuillas, entre ellas Mejor Película, Mejor Director para Robert Zemeckis, Mejor Actor para Tom Hanks y Mejor Guion Adaptado para Eric Roth.

Hanks ganó en una categoría formidable. Competía con Morgan Freeman por Sueño de fuga, John Travolta por Tiempos violentos, Paul Newman por Nobody's Fool y Nigel Hawthorne por The Madness of King George.

Pero han pasado treinta y un años.

Quizá ahora podamos volver a abrir aquel sobre.

Porque Tiempos violentos también ganó: nos enseñó que algunas reglas merecen ser cuestionadas y que crear puede significar atreverse a desordenar lo establecido.

Sueño de fuga, aunque aquella noche se fue sin una estatuilla, también terminó ganando: nos recordó que una prisión puede tener muchas formas, que necesitamos pertenecer y que la amistad puede mantener viva la esperanza incluso durante décadas.

Brooks obtuvo la libertad y no consiguió encontrar su lugar en ella.

Andy construyó la suya piedra a piedra.

Red tuvo que aprender a ejercerla.

Y Forrest hizo algo diferente:

fue simplemente Forrest.

Forrest corrió.

Andy excavó.

Red siguió el camino.

Brooks quiso dejar constancia de que alguna vez había pertenecido a algún lugar.

Y Tarantino rompió las reglas.

Todos, de maneras diferentes, estaban buscando la libertad.

Quizá por eso seguimos hablando de ellos.

Al comienzo de Forrest Gump, una pluma cae lentamente del cielo hasta llegar a los pies de Forrest.

Al final vuelve a levantarse.

Entre esos dos viajes cabe una vida entera.

Tal vez nosotros tampoco podamos decidir siempre hacia dónde soplará el viento. La vida nos llevará algunas veces hacia lugares que nunca imaginamos. Nos regalará amigos y nos quitará otros. Nos encerrará detrás de ciertos muros y nos obligará a derribar algunos. Habrá reglas que tendremos que respetar y otras que tendremos el valor de romper.

Pero siempre podremos elegir qué clase de persona ser mientras recorremos el camino.

Forrest eligió la bondad.

Andy y Red, la amistad y la esperanza.

Brooks nos enseñó la necesidad de pertenecer.

Tarantino eligió la disrupción.

Y aquella pluma vuelve a elevarse mientras la música de Alan Silvestri comienza otra vez a sonar.

Treinta y un años después podemos formular nuevamente la pregunta:

And the Oscar goes to…?

Tal vez la verdadera estatuilla nunca estuvo sobre una repisa.

Tal vez pertenece a esas historias que, cuando las luces del cine se apagan, siguen viviendo dentro de nosotros.

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