A una década de la controversia de 2016, resurge el debate sobre educación sexual y género en Colombia. Análisis sobre ideología, fe y calidad educativa

 - Las polémicas convicciones de la ministra Viviane Morales ponen contra las cuerdas a la educación pública
Texto escrito por: Álvaro Sanz de Santamaría

Hay fantasmas que se niegan a desaparecer.

En Colombia existe uno particularmente persistente: el fantasma de la llamada “ideología de género”. Cada cierto tiempo reaparece para alimentar temores, movilizar sectores religiosos, polarizar a la sociedad y convertir la educación sexual, la igualdad y los derechos de las minorías sexuales en amenazas imaginarias contra la familia.

Diez años después de la gran controversia de 2016, ese fantasma parece regresar al Ministerio de Educación.

Esta vez tiene un nuevo escenario: la discusión sobre la educación sexual integral y las advertencias de la ministra Viviane Morales frente a una supuesta “ideologización” de las aulas.

Pero vale la pena preguntarnos algo fundamental:

¿Existe realmente una “ideología de género” que se esté enseñando en los colegios colombianos?

La respuesta, desde la academia y desde el análisis de las políticas públicas de género, es que estamos ante una expresión política y cultural, no ante una teoría científica o un área del conocimiento reconocida como tal.

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El concepto fue impulsado desde sectores religiosos y conservadores, especialmente a partir de las discusiones internacionales sobre los derechos de las mujeres, la igualdad, los derechos sexuales y reproductivos y la diversidad sexual. Con el tiempo, se convirtió en una poderosa etiqueta política capaz de reunir bajo una misma expresión asuntos tan diferentes como educación sexual, aborto, matrimonio igualitario, derechos de las personas LGBTIQ+, igualdad entre hombres y mujeres y nuevas concepciones de familia.

El problema es que, cuando todo esto se presenta como una conspiración denominada “ideología de género”, se deja de discutir sobre políticas públicas concretas y se empieza a gobernar desde el miedo.

El fantasma que ya conocimos

Colombia ya vivió este episodio.

En 2016, el debate alrededor de la denominada “ideología de género” alcanzó una intensidad extraordinaria. El caso de Sergio Urrego, joven que murió por suicidio después de sufrir discriminación y acoso escolar relacionados con su orientación sexual, llevó a la Corte Constitucional a exigir transformaciones en los manuales de convivencia para garantizar ambientes educativos libres de discriminación.

En ese contexto surgieron iniciativas para orientar a los colegios en la prevención de la discriminación.

Fue entonces cuando comenzó una gigantesca batalla política.

Documentos, imágenes y contenidos que circulaban por las redes sociales fueron presentados como supuestas “cartillas” del Ministerio de Educación destinadas a homosexualizar a los niños. Algunas de las imágenes que circularon no correspondían a materiales oficiales del Ministerio, pero el daño político ya estaba hecho. Correspondían al cómic belga titulado In bed with David & Jonathan. Su autor es el artista e ilustrador belga Tom Bouden y fue publicado originalmente en Bélgica por la editorial Uitgeverij Houtekiet (en su idioma original, el neerlandés) y posteriormente traducido al inglés por Bruno Gmünder Verlag.

El cómic, de temática humorística y abiertamente LGBT/erótica, no tenía ninguna relación original con Colombia. Sin embargo, en agosto de 2016, sectores políticos de oposición y grupos conservadores en Colombia utilizaron imágenes escaneadas y editadas de este libro.

La discusión dejó de ser sobre cómo proteger a los estudiantes de la discriminación y pasó a convertirse en una batalla sobre la familia, la sexualidad y la religión.

El entonces procurador Alejandro Ordóñez se convirtió en uno de los principales opositores a las políticas del Ministerio de Educación. Al mismo tiempo, sectores católicos y evangélicos movilizaron a miles de ciudadanos en diferentes ciudades del país.

La consigna “Con mis hijos no te metas” sintetizó el temor que se estaba construyendo.

Pero el verdadero salto político ocurrió cuando el debate escolar terminó conectado con el proceso de paz.

De las aulas a La Habana

Los Acuerdos de La Habana incorporaron un enfoque de género destinado, entre otras cosas, a reconocer que el conflicto armado había afectado de manera diferenciada a mujeres y personas LGBTI.

Para confundir y engañar a los colombianos, los sectores opositores, en cabeza del procurador Alejandro Ordóñez, hicieron pasar el enfoque de género propuesto por el Gobierno como la supuesta “ideología de género”, enfureciendo a las iglesias y arrastrando a la Conferencia Episcopal y a megaiglesias como la Misión Carismática Internacional, el Centro Mundial de Avivamiento, la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, la Iglesia Cruzada Cristiana y Comunidades del Pacto, Casa Sobre la Roca, El Lugar de Su Presencia, entre otras, que fijaron una férrea oposición teológica y manifestaciones públicas ante el enfoque de género estatal.

La estrategia fue políticamente eficaz.

Investigaciones académicas posteriores han documentado cómo diferentes sectores políticos y religiosos utilizaron el concepto de “ideología de género” para convertir el enfoque de género del Acuerdo de Paz en una amenaza contra la familia tradicional y los valores religiosos.

Así, una discusión compleja sobre víctimas, derechos, igualdad y reparación terminó convertida en una batalla cultural.

Y llegó el plebiscito del 2 de octubre de 2016.

El No obtuvo el 50,21 % de los votos frente al 49,78 % del Sí.

La campaña había descubierto algo elemental pero poderoso de la psicología política: el miedo moviliza más rápidamente que la explicación racional.

Juan Carlos Vélez, gerente de la campaña del No, reconoció después del plebiscito que la estrategia buscaba provocar indignación y conseguir que la gente saliera a votar “verraca”. Investigaciones posteriores han documentado cómo la campaña recurrió a mensajes emocionales y a la asociación del enfoque de género con amenazas contra la familia tradicional.

El episodio dejó una lección que deberíamos recordar:

Cuando el miedo se convierte en estrategia política, la verdad suele convertirse en su primera víctima.

Diez años después, el fantasma regresa

Hoy, en 2026, Viviane Morales ocupa el Ministerio de Educación. Su trayectoria pública es extensa: fue fiscal general, senadora, representante a la Cámara y embajadora, entre otros cargos. Su hoja de vida oficial, sin embargo, muestra fundamentalmente una trayectoria jurídica, política y diplomática, no una carrera profesional especializada en educación.

Y aquí surge una pregunta legítima:

¿Qué necesita Colombia al frente de su Ministerio de Educación?

¿Un dirigente político que interprete la educación desde sus convicciones ideológicas y religiosas?

¿O un liderazgo profundamente conocedor de la pedagogía, el currículo, la psicología educativa, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la transformación del trabajo y los enormes desafíos que enfrentarán nuestros niños y jóvenes?

La pregunta no es personal. Es institucional.

El Ministerio de Educación no debería convertirse en el escenario de una cruzada cultural contra aquello que algunos sectores consideran moralmente inconveniente.

Su responsabilidad debería ser mucho más ambiciosa: preparar a las nuevas generaciones para comprender el mundo en el que realmente van a vivir.

Un mundo en el que desaparecerán algunas profesiones, cambiará radicalmente muchas ocupaciones, la inteligencia artificial transformará el mercado laboral y las competencias socioemocionales, digitales, científicas y humanas serán cada vez más importantes.

En ese contexto, convertir la educación sexual en una batalla ideológica resulta no solamente anacrónico: es distraernos de los verdaderos desafíos educativos del siglo XXI.

Educación sexual no significa adoctrinamiento

Hay una confusión que debemos desmontar.

Educar sexualmente no significa enseñar a los niños a tener relaciones sexuales.

Educar sexualmente significa enseñarles a conocer su cuerpo, reconocer límites, identificar situaciones de abuso, comprender el consentimiento, prevenir violencia sexual, combatir el acoso, respetar las diferencias, desarrollar relaciones saludables y tomar decisiones responsables.

También significa enseñar que una persona no debe ser discriminada por su orientación sexual o por su identidad.

Eso no es “ideología”. Eso es educación.

Y una educación sexual adecuada no pretende sustituir a la familia. Por el contrario, debería ayudar a las familias y a las instituciones educativas a conversar sobre asuntos que, de una u otra manera, forman parte de la vida de todos los seres humanos.

Pretender que los colegios no hablen de sexualidad no protege a los niños.

Los deja más vulnerables frente a la desinformación, la pornografía, el abuso, el acoso, la violencia y los contenidos que encuentran diariamente en internet.

Una ministra tiene derecho a tener creencias. El Estado tiene deberes

Viviane Morales tiene derecho a sus convicciones religiosas y personales.

También tiene derecho a defenderlas en el espacio público.

Lo que debemos discutir es otra cosa:

¿Hasta dónde pueden las convicciones personales de un funcionario público determinar las políticas educativas de todo un país?

Esta pregunta adquiere especial importancia cuando hablamos de derechos fundamentales.

La ministra ha mantenido históricamente posiciones contrarias a la adopción por parejas del mismo sexo y recientemente volvió a manifestar públicamente esa postura. La controversia resulta especialmente sensible porque una de sus hijas es lesbiana, circunstancia que ella misma ha reconocido públicamente.

Pero no considero necesario, ni correcto, convertir esa circunstancia familiar en un argumento contra la ministra.

La orientación sexual de una hija no invalida las convicciones de una madre.

Del mismo modo, las convicciones religiosas de una ministra no deberían determinar los derechos de los hijos de los demás.

El Estado debe garantizar derechos incluso cuando esos derechos contradicen las convicciones personales de quienes gobiernan.

Esa es precisamente la diferencia entre una sociedad democrática y una sociedad regida por una moral particular.

No necesitamos otro 2016

Colombia no necesita repetir la historia.

No necesitamos volver a convertir la educación sexual en un campo de batalla religioso.

No necesitamos volver a inventar enemigos.

No necesitamos presentar a las familias diversas como una amenaza.

No necesitamos decirles a los padres que sus hijos están siendo “adoctrinados” simplemente porque en el colegio aprenden que existen personas diferentes a ellos.

Necesitamos exactamente lo contrario:

Más educación, más pensamiento crítico, más ciencia, más psicología, más pedagogía y menos miedo.

Como psicólogo, humanista secular, escritor e investigador, considero que una sociedad democrática debe garantizar que sus políticas públicas se construyan sobre el conocimiento disponible, los derechos humanos y la evidencia, no sobre el temor que producen determinadas palabras.

La educación no puede ser utilizada para imponer una determinada concepción religiosa de la familia. Pero tampoco debería ser utilizada para imponer una concepción política contraria a la religión.

La escuela pública debe enseñar a convivir.

Debe enseñar a pensar.

Debe enseñar a respetar.

Y debe preparar a los seres humanos para vivir en una sociedad plural.

El verdadero fantasma

Tal vez el verdadero fantasma no sea la llamada “ideología de género”.

Tal vez el verdadero fantasma sea el miedo a que nuestros hijos aprendan a pensar por sí mismos.

Porque un niño que conoce sus derechos es más difícil de manipular.

Un adolescente que comprende el consentimiento puede reconocer un abuso.

Un joven que aprende a respetar la diversidad puede convivir con quien piensa, siente o ama de manera diferente.

Y una sociedad que aprende a discutir desde la razón y no desde el miedo es mucho más difícil de polarizar.

Por eso, diez años después de aquella tormenta política y pánico moral, deberíamos preguntarnos si realmente queremos volver a recorrer el mismo camino.

Yo creo que no.

Colombia necesita una educación libre de adoctrinamientos, pero también libre de miedos.

Una educación que no les diga a nuestros hijos qué deben pensar, sino que les enseñe cómo pensar.

Una educación que no discrimine.

Una educación que no excluya.

Una educación que prepare para el futuro y no para los fantasmas del pasado.

Ese debería ser el verdadero debate nacional.

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