Texto escrito por: Gonzalo Diaz Cañadas
Hace casi un siglo, cuando el Chocó apenas comenzaba a figurar en el imaginario nacional como Intendencia recién creada, un escritor cartagenero que nunca pisó sus riberas decidió convertirlo en materia literaria. En 1927, Pedro Sonderéguer publicó en Buenos Aires la novela Quibdó, bajo el sello de Editorial Maucci Hermanos. El libro —257 páginas de prosa ambiciosa y visionaria— se convirtió en un inesperado best seller, no solo por su calidad narrativa, sino por la audacia de retratar, desde la distancia, una ciudad que emergía en la selva como promesa de modernidad.
En Quibdó, Sonderéguer no escribió una novela costumbrista ni un simple ejercicio de exotismo tropical. Su obra fue, ante todo, un acto de fe en el porvenir del Chocó, una apuesta literaria por insertar a la región en el discurso del progreso, la civilización y la nación. No es casual que una de sus frases más citadas resuma ese ideario con contundencia profética:
“Colombia no podrá considerarse un país civilizado mientras el Chocó no haya acelerado el ritmo de su avance hasta igualar el ritmo del progreso general del mundo.”
Un autor adoptado por el Chocó
El impacto de la novela fue inmediato. En menos de seis meses alcanzó su tercera edición, y la crítica contemporánea la saludó como una obra brillante en su género. Pero quizá el reconocimiento más significativo provino del propio Chocó. En su artículo “El Chocó y Pedro Sonderéguer”, el profesor Matías Bustamante Meza se preguntaba retóricamente: ¿Qué chocoano medianamente culto ignora el nombre de Pedro Sonderéguer? Y respondía con orgullo que ninguno.
Bustamante Meza destacaba el profundo conocimiento que el autor demostraba sobre la región, su entusiasmo casi militante y el amor elocuente con que asumió los asuntos chocoanos. Para él, Quibdó no era una novela cualquiera, sino una obra “honda y de pensamiento”, escrita con un estilo claro y diáfano, heredero de los grandes prosadores del Siglo de Oro, y animada por un realismo sobrio que nunca caía en la exageración.
Realismo sin presencia física
Uno de los aspectos más sorprendentes de la novela es su verosimilitud. Sonderéguer describió con notable precisión la geografía, el clima, el progreso urbano y hasta la psicología social de Quibdó, pese a no haber estado nunca allí. La diferencia entre su retrato literario y la realidad contemporánea de entonces era mínima. Sus personajes, lejos de ser caricaturas, estaban hechos de “carne y hueso”, movidos por pasiones profundamente humanas.
Un ejemplo magistral de esta capacidad descriptiva se encuentra en su pintura del aguacero chocoano, una de las páginas más memorables de la novela, donde la selva, el viento y la lluvia se convierten en protagonistas de una escena casi épica, cargada de fuerza sensorial y dramatismo natural. Estas “pinceladas soberbias” confirman la clarividencia narrativa del autor y su dominio del ambiente tropical como espacio simbólico.
La novela como instrumento de propaganda ilustrada
La obra no pasó inadvertida para las élites políticas e intelectuales del país. El expresidente Laureano Gómez, en un extenso artículo publicado en el periódico ABC de Quibdó en 1928, calificó la novela como una “apología de la ciudad y la comarca; un canto de ilusión y de fe”. Gómez entendió que solo bajo la forma novelesca podía Sonderéguer lograr que el público latinoamericano —especialmente el porteño— se interesara por una región desconocida, ajena a la geografía y a la estadística.
Para el exmandatario, Quibdó era también una novela de tesis, donde el autor mezclaba con habilidad la ficción, la filosofía, la ética y la reflexión sobre las fuerzas que mueven a las sociedades humanas. El esfuerzo de reconstrucción del ambiente, realizado a partir de documentación indirecta, lejos de restarle valor, engrandecía el mérito de la obra.
Quibdó como utopía moderna
El ensayo “Quibdó cosmopolita”, de Fernando Mora Meléndez, aporta una lectura clave: la novela puede entenderse como una metáfora del anhelo de fundar una ciudad cosmopolita a orillas del Atrato. Sonderéguer recreó, con ayuda de fuentes como su amigo Reinaldo Valencia, un mundo de élites inmigrantes, barrios bucólicos, ferrocarriles, automóviles y palacios, que funcionaba más como anticipación que como descripción literal.
En ese sentido, Quibdó es una novela futurista en clave realista, un sueño modernizador que dialoga con los proyectos urbanísticos, las obras arquitectónicas y las invenciones técnicas que empezaban a gestarse en el Chocó de comienzos del siglo XX. No era un delirio: ya existían el telégrafo, los planes de canales interoceánicos y una economía minera de alcance internacional.
Un intelectual comprometido con el Chocó
Pedro Sonderéguer fue mucho más que un novelista. Nacido en Cartagena, viajero incansable por América y Europa, se radicó definitivamente en Buenos Aires, donde integró la redacción del diario La Nación. Desde allí siguió con atención los acontecimientos del Chocó y mantuvo correspondencia con dirigentes como Jorge Valencia Lozano, Emiliano Rey y Delfino Díaz Ruiz.
Defensor incansable de la región, promovió proyectos como la vía Panamericana, el canal interoceánico por el Atrato, la carretera Quibdó–Bolívar y la colonización planificada del territorio. Su convicción era clara: el Chocó no era solo una tierra rica en minerales, sino un enclave estratégico, comercial y político llamado a transformar a Colombia.
Ese compromiso le valió un homenaje oficial de la Intendencia del Chocó, que le envió una placa de oro con una inscripción elocuente: “El Chocó a Pedro Sonderéguer, el más desinteresado de sus defensores y propagandistas y el que ha vislumbrado mejor su futuro grandioso.”
Una novela que sigue interpelando
Investigadoras como Maryluz Vallejo han demostrado cómo Sonderéguer convirtió al Chocó en obsesión intelectual, hasta el punto de recurrir a la ficción para acelerar un proyecto de nación que sentía bloqueado por la indiferencia del poder central. Quibdó fue, en ese sentido, un himno, una proclama y una advertencia.
Hoy, cuando la novela se aproxima al siglo de existencia, sigue siendo un documento cultural de enorme valor. No solo por lo que dice del Chocó de ayer, sino por lo que revela del Chocó soñado, del país que pudo ser y de las deudas históricas que aún persisten. Leer Quibdó es asomarse a una utopía escrita desde la distancia, pero animada por una fe profunda en el destino de una región que, todavía hoy, espera que Colombia la mire con la seriedad que merece.
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