Texto escrito por: Nerio Luis Mejía
Los hijos son el regalo más preciado que nos da la vida. Para algunos, su llegada representa la continuidad de la sangre; para otros, menos optimistas, nacen ya con un camino trazado por el destino, un trayecto donde los padres somos apenas acompañantes en cada etapa.
Sin embargo, traerlos al mundo no garantiza que vayamos a gozar de su cuidado y protección en el invierno de nuestras vidas. Aunque muchos siembran en ellos sus esperanzas, sería razonable pensar que, al mellar y desgastarse nuestras fuerzas, su vigor aparezca para sostenernos en el tramo más crítico de nuestra existencia. Pero es ahí donde surge una pregunta demoledora: ¿qué pasa con los viejos que un día tuvieron que ver cómo sus hijos partían a engrosar las filas de los distintos grupos armados de nuestro país?
Movido por esa inquietud, me di a la tarea de indagar cuál ha sido la suerte de aquellos padres cuya sangre marchó hacia las filas de la guerrilla de las FARC —estructura que tomo como referencia por el volumen de sus integrantes antes del desarme en 2016, tras el llamado Acuerdo de La Habana o el célebremente proclamado «fin del conflicto».
Escuchar a quienes conocieron estas realidades —convertidas con frecuencia en anécdotas domésticas— deja testimonios desgarradores. Una fuente que por razones de seguridad prefirió omitir su nombre, me relató:
—Nací en una zona del departamento de La Guajira y conocí a una familia compuesta por los padres y sus cuatro hijos; seis almas en total. Vivían del jornal. A medida que los muchachos crecían, aportaban al sustento del hogar y la economía de la casa empezó a florecer. Pero aquel lugar era transitado con frecuencia por la otrora guerrilla, que mantenía una presencia casi permanente. Mediante el engaño y la persuasión, se fueron llevando, uno a uno, a los hijos de aquella pareja de viejos. Los ancianos, impotentes, veían cómo su sangre terminaba enfilada en la guerra. Ya se habían llevado a los tres varones. La pareja solo cuidaba a la menor, una niña aún. Hasta que llegó el día en que pasó otra cuadrilla de las FARC y también se la llevó.
Las esperanzas de aquella pareja se deshicieron en el aire al ver a sus hijos embarcarse en el destino más incierto, del que jamás escaparían. Cada vez que uno de ellos marchaba en esa espeluznante aventura, se presagiaba el desenlace más triste: la muerte.
En ese hogar nada volvió a ser igual. De aquel rancho alegre y bullicioso solo quedaron la soledad y el desconsuelo. Cierto día, los guerrilleros volvieron a pasar por el rancho. Entraron sin más y pidieron un vaso de agua. La mujer, sofocada por la impotencia de tener enfrente a los mismos hombres que le arrebataron para siempre a sus hijos, exclamó con el alma hecha pedazos:
—¡Ya se llevaron a nuestros cuatro hijos! ¿Qué más buscan? Aquí solo quedan los calzoncillos viejos de mi marido para que también se los lleven.
Esa frase, cargada de valentía, dolor e indignación, sintetiza el drama desgarrador de miles de padres y madres que hoy, sumidos en la ancianidad, deberían estar bajo el amparo de los suyos. En lugar de eso, sus hijos terminaron envueltos en la más absurda tragedia: muertos en combates contra sus adversarios o a manos de quienes llamaban compañeros.
Por eso, antes de tomar una decisión de esa naturaleza, la juventud no debería encandilarse con la ilusión de portar un arma, ni mucho menos con la falsa idea de transformar al país a punta de bombas y disparos. Deberían pensar primero en sus padres, en esos viejos que entregaron la vida para cuidarlos, verlos crecer y prepararlos para la sociedad. De esos viejos abandonados que ha dejado el conflicto colombiano nadie se atreve a hablar; quizás por miedo, o tal vez porque han quedado sepultados en el mismo olvido donde terminaron sus hijos.
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