La manera, las cuantías, la oportunidad, la dedicación, el espíritu con que los colombianos hemos reaccionado para abrazar a nuestros compatriotas que están sufriendo por cuenta del sismo, es absolutamente conmovedor. Muestra de qué calidad de fibras estamos hechos. Ahora, en medio del dolor y la angustia, también debemos mostrar que tenemos la visión, la inteligencia y las capacidades para que todo lo que tantos están aportando, se use de manera inteligente, para que cambie vidas.
Para lograrlo necesitamos que, lo que se haga, no sea una isla o una colcha de pequeños retazos bien intencionados, sino una montaña de piezas que encajen en el rompecabezas de las planeaciones que ya existen para el largo plazo, en cada una de las poblaciones afectadas.
Como colombiano y como ser humano, igual que todos nosotros, seguiré absolutamente solidario con quienes se afectaron y quienes siguen sufriendo las consecuencias del terremoto el pasado lunes 10 de agosto. Pero ojalá los responsables de guiarnos sobre dónde poner cada ladrillo, lo hagan en la certeza de que con eso se seguirá construyendo la gran obra del futuro y no solo un pequeño dique para contener el dolor y la inmediatez.
En primer lugar, están los recursos ordinarios de la Nación, Departamentos y municipios. A esos se sumarán las apropiaciones que se decreten con la emergencia económica. Sumemos $1.5 billones ya donados por nuestro empresariado, US$1,300 millones de dólares de la cooperación internacional, más de $15 mil millones provenientes de eventos solidarios y sabemos que así llegaremos a los $30 billones que ha estimado el Gobierno Nacional.
Naturalmente, lo primero es auxiliar a quienes están sufriendo física y emocionalmente. Pero lo relevante será lograr que la reconstrucción se haga alineada con una visión regional amplia y ambiciosa, sin ir a caer en la trampa del complejo de Eva o Adán creyendo que ese esfuerzo es una burbuja y que no debe responder sino a lo que se oye al interior.
No. Contamos y debemos creer en los instrumentos más que detallados y suficientes que ya existen, para que este trabajo se incluya en las visiones de desarrollo amplias y ambiciosas. Ahí están los Planes Departamentales de Acueductos, los Decenales de Salud Pública, los Viales Departamentales, el Plan de Expansión y Conectividad en varias versiones y, por sobre todo, los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) y el Catastro Multipropósito.
Si eso no fuera suficiente, para las zonas rurales existen los 16 Planes Nacionales Sectoriales y para los municipios más afectados por la violencia y la pobreza, los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET).
Con absoluta certeza la casi totalidad de las necesidades de las víctimas del sismo se refieren a un tema que, de uno de esos modos ya tiene una planeación en la que encajaría. Es entonces cuestión asegurar que los responsables tengan toda la información, que quienes deban asignar los recursos solo lo puedan hacer priorizando respuestas que ponderen muy alto en ser consistentes con esas planeaciones y que, los afectados exijan lo mismo.
Las comunidades, como siempre nos han dado ejemplo. En casi todos los territorios en que existió planeación PDET, están demandando que no se desvía el foco y que los ojos se focalicen en las iniciativas que esas mismas comunidades priorizaron.
Hacerlo así, no solo hará que este trabajo colectivo de Colombia para los colombianos que están sufriendo sea relevante, sino que vendría acompañado de los controles legales, populares y comunitarios que ya son legalmente obligatorios para la ejecución de cada una de esas rutas. Eso, iría muy bien para acompasar las voces que desde todas partes acompañan al Gobierno en su ideal de total trasparencia.
Ya tenemos la rueda. Hay quien la ponga girar. Sabemos cómo mantenerla en movimiento. Todos queremos empujar para ello. ¡No la inventemos más!
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