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Después de los terremotos que han golpeado a Venezuela, Colombia, Indonesia y Japón, hay algo que resulta difícil de ignorar: la magnitud de un terremoto no siempre determina la magnitud de una tragedia.
Venezuela y Colombia lo demostraron recientemente. Venezuela enfrentó dos sismos de 7,2 y 7,5 y terminó con miles de muertos. Colombia, con un terremoto de 7,4, registró cientos de víctimas y miles de viviendas afectadas. Mientras tanto, Indonesia soportó un terremoto aún mayor, de 7,7, y Japón ha enfrentado movimientos de magnitudes similares en un país acostumbrado a convivir con ellos.
Japón entendió hace mucho que no puede evitar los terremotos, pero sí puede reducir sus consecuencias. Sus edificios incorporan sistemas de aislamiento y amortiguación, sus normas de construcción son estrictas y existe una cultura de prevención que empieza mucho antes de que ocurra una emergencia. No significa que Japón sea inmune: también tiene muertos, daños y evacuaciones. La diferencia es que el colapso masivo no es el resultado esperado de cada gran sismo.
Indonesia, por su parte, demuestra que la comparación tampoco es tan sencilla. Es uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo y aun así sufrió daños importantes con el terremoto reciente. Pero su experiencia también muestra que la preparación, la ubicación de las poblaciones y las características de las construcciones pueden cambiar radicalmente el número de víctimas.
En Colombia conocemos el riesgo. Tenemos normas sismorresistentes y organismos encargados de atender emergencias. El problema es que conocer el riesgo no significa necesariamente estar preparados para enfrentarlo. Hay viviendas antiguas, infraestructura vulnerable y comunidades donde la capacidad de respuesta sigue siendo limitada, como el Chocó, Buenaventura y Cali.
Por eso, después del último terremoto, la discusión no debería terminar cuando se retire el último escombro. Deberíamos preguntarles a las curadurías urbanas, las secretarias de planeación y demás autoridades ¿cuántos edificios están realmente bien construidos? Y exigirles proteger nuestra seguridad para no seguirnos preguntando cuántos más simplemente esperamos que nunca tengan que demostrarlo.
Porque un terremoto no se puede prevenir.
Una tragedia, en buena medida, sí.
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