Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares
Todos los allí presentes, incluido el que esto escribe, sintieron algo muy parecido al terror y a la risa, por muy paradójico y extraño que parezca. Me explico. Éramos un grupo de niños de no más de seis años de edad, matriculados en segundo de primaria de la Escuela de Varones “Simón Bolívar” de Bijao, en el entonces corregimiento de El Bagre. A pesar de que ninguno de nosotros tenía ascendencia ni nada de nada con países como Suecia, Escocia, Normandía, Polonia o Noruega; la llegada imprevista de aquel profesor negro y retinto, y con una carcajada que se parecía mucho a la lluvia cuando cae sobre un techo de zinc, nos puso alerta. Con una letra elegante comenzó a escribir en el pizarrón verde algo que todavía conservo en mi memoria: “A mí deme un aguardiente, un aguardiente de caña, de las cañas de mis valles y el anís de mis montañas”.
“No me den trago extranjero que es caro y no sabe a bueno, porque yo quiero siempre lo de mi tierra primero. ¡Ay! Qué orgulloso me siento de haber nacido en mi pueblo”. Tiró la tiza con un acierto que cayó justo donde se guardaban las demás. Sin alzar la voz, nos dijo su nombre y nos puso al día con lo que acababa de escribir. Sé que muchos de ustedes, dijo mientras se movía por el salón con una elegancia muy propia de los de su raza, son hijos de sabaneros, de costeños, de chocoanos, santandereanos y no faltará el que es hijo de gringo con mujer nacida por estos lados. Eso no importa. Lo de hoy es que celebramos un año más de la Independencia de Antioquia, su y nuestro departamento y por eso les quiero contar algo. El salón hizo un largo silencio y él empezó con la historia de un tipo que se llamaba Juan del Corral y siguió la narración que hizo que hasta el más ajeno al tema le pusiera oídos: “Hace muchos, muchos años, antes de que existieran los carros, los teléfonos de pared y la televisión en blanco y negro, la provincia de Antioquia no era como la conocemos hoy”. “En ese tiempo, las personas no eran del todo libres y un rey que vivía muy lejos, en España, mandaba sobre todos los que moraban en tierras lejanas como las nuestras. Pero en medio de las montañas apareció un hombre muy valiente y de gran corazón. Su nombre era Juan Bautista del Corral y Alonso”. “Y aunque nació en un pueblo caliente llamado Mompox, llegó a Antioquia cuando era joven y se enamoró de sus paisajes y de su gente”.
“Entonces ocurrió que este hombre menudo, pálido y con los pulmones carcomidos por la enfermedad y con apenas treinta y cinco años de edad, le cargaron sobre sus hombros el peso de una provincia entera que lo miraba como quien espera una orden”. “Lo habían nombrado ‘Dictador’, una palabra que hoy suena a látigo y calabozo, pero que en aquel año de incertidumbres significaba algo más urgente: el tipo encargado de evitar que nos mataran a todos”.
“Los españoles venían desde Popayán con los cuchillos afilados entre los dientes, dispuestos a cobrar cada centavo de rebeldía con sangre, y fue entonces cuando Del Corral miró el papel que estaba sobre la mesa. Era ni más ni menos que el Acta de Independencia Absoluta de Antioquia”. “Firmar eso era, básicamente, escupirle los zapatos al Rey Fernando VII. Era decirle a un imperio que las minas de oro, el cacao y la vida de los arrieros ya no les pertenecían. El rey estaba lejos, atrapado por Napoleón en un palacio de Francia, pero su sombra seguía siendo larga y peligrosa”.
“Quienes estuvieron allí cuentan que a Juan del Corral le temblaba la mano, no por cobardía, sino por la fiebre que ya empezaba a devorarlo por dentro. Sin embargo, apretó la pluma. La tinta negra rasgó el papel. Con un solo trazo, Antioquia dejaba de ser una colonia sumisa para inventarse como un Estado Libre”. “Afuera, la plaza estalló. Los mismos hombres que un día antes agachaban la cabeza ante el paso de los oidores realistas, ahora tiraban sus sombreros al aire”. “Hubo abrazos que rompieron costillas y lágrimas que lavaron rostros curtidos por el sol de las minas. La libertad, descubrieron ese día, no sabía a gloria divina; sabía a trago de aguardiente, a tabaco y a una tremenda incertidumbre en el estómago”. “Pero Del Corral no se quedó a celebrar la parranda. El hombre sabía que la libertad es un animal hermoso pero difícil de alimentar. Mientras la gente cantaba, él se fue a encerrar con un sabio de barbas largas y ojos de loco: se llamaba Francisco José de Caldas”. “Juntos convirtieron iglesias en fábricas de fusiles y fundieron campanas de oro y bronce para hacer cañones. El dictador entendió una paradoja brutal: para defender la paz que acababan de firmar, necesitaban aprender a matar con mejor puntería. Ese mismo año, con la misma mano que firmó el divorcio con España, escribió la ley de Libertad de Vientres. Un decreto con nombre de milagro que decía que el hijo de una esclava nacería libre”.
“Fue el golpe más tierno de toda la guerra. Los amos protestaron, claro. Dijeron que la economía se iba a ir al traste, porque la codicia siempre encuentra argumentos legales. Pero la ley se quedó. De repente, los bebés negros que nacían en los cambuches ya no eran mercancía; eran ciudadanos”. “Juan del Corral murió pocos meses después, en abril de 1814, en una cama de Rionegro, ahogado por sus propios pulmones antes de ver el regreso de los soldados españoles y la llegada del pacificador Pablo Morillo con su régimen del terror”.
“No alcanzó a ver la victoria final. Murió pobre, cansado y con la certeza de haber encendido una mecha imposible de apagar”. “Por eso, cada 11 de agosto, los antioqueños sacamos una bandera verde y blanca a los balcones. La mayoría compra aguardiente, enciende el carbón para el asado y celebra sin pensar mucho en el asunto. Es lo normal: a los vivos nos gusta disfrutar de las herencias sin acordarnos del muerto”.
“Pero si uno raspa la pintura de la historia, encuentra que detrás del mito del orgullo paisa hay un grupo de hombres comunes que, muertos de pánico en una mañana fría, decidieron que era mejor morir firmando un papel que vivir arrodillados ante un fantasma”. Y antes de terminar la clase, aquel profesor que nos dictó semejante lección, hizo una pregunta a sabiendas que no obtendría la respuesta: ¿Alguien de aquí sabe por qué la bandera de Antioquia es verde y blanca? No saben, lo suponía, nos dijo mientras se carcajeaba”. “Resulta que eso es por una curiosa paradoja histórica. El departamento no le dio sus colores a su universidad más importante, sino que la universidad le heredó su bandera al departamento. Esta es la historia de cómo nació y qué significan sus colores”. “A diferencia de otros símbolos patrios que nacen en campos de batalla, la bandera antioqueña nació en los salones de clase. La Universidad de Antioquia, fundada en 1803, diseñó casi desde sus inicios un estandarte con dos franjas horizontales, una blanca y otra verde, para izarla en sus ceremonias oficiales”. “De ahí que durante el siglo XIX y principios del XX, cuando el departamento de Antioquia necesitaba hacerse representar en eventos públicos o actos nacionales, no tenía una bandera oficial propia. Por esta razón, el gobierno local y los ciudadanos pedían prestada la bandera de la universidad para llevarla como insignia de la región”.
“Al volverse una costumbre tan arraigada, el gobierno departamental decidió formalizar las cosas. Fue así como el 10 de diciembre de 1962, mediante la Ordenanza Número 6, se oficializó que la bandera de Antioquia sería exactamente la misma de la universidad: dos franjas horizontales de igual tamaño, blanca arriba y verde abajo”. “Hoy, cuando mires las montañas de Antioquia, recuerda que hace mucho tiempo un hombre llamado Juan del Corral trabajó duro para que hoy tú, tus amigos y todos los niños de estas tierras podamos crecer felices y totalmente libres. ¡Un verdadero héroe de carne y hueso!
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