En las montañas de Antioquia, las escaleras construyeron país donde el Estado no llegaba. Un relato de gratitud a la tradición del transporte rural

 - Así es la vida de los choferes de chiva que dedican su vida a conectar a los campesinos en las montañas de Colombia
Texto escrito por: Francisco Javier Flórez-Oliveros

“A la memoria de Arquímedes Oliveros Gaitán y de todos los conductores que hicieron de las montañas colombianas un territorio menos distante.”

Todavía creo reconocer el sonido de una escalera antes de verla aparecer entre las montañas. Primero llega el rumor del motor. Después los colores. Luego el saludo del conductor. Desde niño ese sonido significó que el café bajaba al pueblo, que el mercado llegaba a las veredas y que alguien regresaba a casa. También me recuerda a mi padre, Arquímedes Oliveros Gaitán, porque buena parte de su vida transcurrió al volante de una de ellas.

Como muchos hombres de las montañas antioqueñas, encontró en los caminos rurales mucho más que un oficio: encontró una forma de servir. Primero condujo un viejo camión Ford de estacas, de esos que transportaban café, panela, ladrillos, ganado y toda clase de mercancías entre las veredas y el pueblo. Después llegaron las escaleras. Recuerdo especialmente El Palomo y El Vencedor, cuyo nombre llevaba pintada una frase que parecía resumir el carácter de quienes enfrentaban cada curva de la cordillera: “El Vencedor jamás será vencido”.

Cuando era niño no comprendía que aquellos vehículos estaban construyendo mucho más que rutas de transporte. Con el paso de los años entendí que, en realidad, estaban uniendo familias, economías campesinas y comunidades enteras.

Mi padre conocía por su nombre a los pasajeros habituales. Sabía quién esperaba un medicamento, quién necesitaba bajar la cosecha de café, quién enviaba una encomienda a un hijo que estudiaba en el pueblo o quién regresaba cada viernes para reunirse con su familia.

En una escalera nadie era un número.

Todos tenían una historia.

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El conductor tampoco era solamente conductor. Era mecánico cuando el camino lo exigía, mensajero cuando alguien enviaba un paquete, consejero cuando escuchaba las preocupaciones de sus pasajeros y amigo de todas las veredas. En muchos pueblos todavía ocurre algo extraordinario: una familia entrega una encomienda sin necesidad de firmar un documento. Basta decirle al conductor para quién va. La escalera también transporta confianza.

El 6 de octubre de 1992, mientras transportaba el surtido para la pequeña tienda con la que sostenía a nuestra familia, un accidente terminó con la vida de mi padre en una de esas carreteras de montaña. Aquella noticia cambió para siempre mi existencia, pero nunca consiguió borrar la admiración que sigo sintiendo por aquellos hombres y mujeres que dedicaron su vida a recorrer caminos donde muy pocas veces llegaba alguien más.

Por eso esta no es una columna escrita desde la nostalgia.

Es un acto de gratitud.

Durante décadas, los buses escalera fueron la presencia constante allí donde el Estado llegaba con dificultad. Mientras muchos recuerdan estos vehículos por sus colores llamativos o por los recorridos turísticos que hoy ofrecen en algunas ciudades, en cientos de veredas de Colombia siguen siendo una herramienta indispensable para la vida rural.

Al amanecer salen cargados de café, plátano, yuca, panela o tomate. Regresan con cemento, ladrillos, fertilizantes, bicicletas, neveras, mercados y, algunas veces, con un enfermo que necesita llegar al hospital o con un estudiante que persigue el sueño de convertirse en profesional.

La escalera no transporta únicamente pasajeros.

Transporta la vida cotidiana del campo colombiano.

Las montañas colombianas no fueron un obstáculo para las escaleras; fueron la razón de su existencia. Allí donde el relieve hizo difícil el camino, estos vehículos aprendieron a subir, bajar y conectar comunidades durante generaciones.

Quizá por eso ninguna escalera se parece a otra.

A diferencia de los vehículos fabricados en serie, cada una posee una personalidad propia. Sus nombres nacen de la imaginación popular y terminan convirtiéndose en parte de la memoria colectiva: La Colegiala, La India, Filipichín, El Viejo Farol, El Gamín, Ave María, Kaliman, El soberano, El Palomo, El Vencedor

No son simples nombres pintados sobre una carrocería.

Son personajes de la historia rural colombiana.

Algo semejante ocurrió con Cantinflas en México o con Don Chinche en Colombia. Ambos trascendieron porque representaban al ciudadano común, al trabajador y al hombre del pueblo. Los buses escalera cumplen una función parecida: representan la Colombia campesina, laboriosa y solidaria que pocas veces ocupa los titulares, pero que alimenta al país todos los días.

Si existe un lugar donde esa identidad permanece viva es el municipio de Andes, en el suroeste antioqueño. Allí se conserva una de las mayores concentraciones de buses escalera en servicio del país, con más de cuarenta vehículos que continúan recorriendo las veredas y prestando un servicio esencial a las comunidades rurales. El Concejo Municipal reconoció ese legado mediante el Acuerdo 015 de 2004, que declaró a los buses escalera como Patrimonio Material del municipio, un reconocimiento que hoy hace parte del orgullo de los andinos.

Ese patrimonio también ha sido documentado por investigadores y gestores culturales. Desde la Universidad de Antioquia, en la Seccional Suroeste, surgieron iniciativas para reconstruir la historia y la “hoja de vida” de las escaleras del municipio, entendiendo que detrás de cada vehículo existe una familia, una ruta, un conductor y una memoria colectiva que merece ser preservada.

Las escaleras también son el resultado del trabajo silencioso de artesanos extraordinarios. Uno de ellos fue el maestro Alejandro Serna, cuyos pinceles convirtieron estos vehículos en verdaderas galerías rodantes del arte popular colombiano. Sus diseños geométricos y colores intensos hicieron que las escaleras de Andes fueran reconocidas en todo el país y consolidaran una identidad visual inconfundible.

No es casual que las escaleras de Andes sean protagonistas permanentes del Desfile de Chivas y Flores de Medellín ni que el municipio haya hecho de ellas uno de sus mayores símbolos culturales. Tampoco es casual que visitantes nacionales y extranjeros viajen hasta allí para conocer estos vehículos que continúan recorriendo las montañas cafeteras con la misma dignidad con la que lo hicieron hace varias décadas.

Quien observe una escalera avanzando lentamente por una carretera de montaña comprenderá que el paisaje no termina en los cafetales ni en los bosques. El paisaje también está formado por esos colores intensos, por el sonido del motor, por el saludo del conductor y por la confianza de quienes esperan su llegada para enviar un encargo, vender una cosecha o regresar a casa.

Por eso las escaleras no pertenecen únicamente a sus propietarios.

Pertenecen a las comunidades que durante décadas han depositado en ellas buena parte de su vida cotidiana.

En tiempos en que el progreso suele medirse por la velocidad, el aire acondicionado o la tecnología, las escaleras nos recuerdan otra manera de entender el desarrollo: aquella que pone a las personas por encima de las máquinas.

Conservar un bus escalera no significa conservar un vehículo antiguo.

Significa conservar una manera de construir comunidad.

Cuando mi padre murió, una escalera quedó en silencio.

Pero miles de ellas siguieron recorriendo las montañas de Colombia para recordarnos que ningún camino es demasiado difícil cuando detrás viaja una comunidad entera.

Mientras exista una escalera ascendiendo lentamente por una carretera de montaña, Colombia seguirá recordando que un país no se construye únicamente con autopistas. También se construye con caminos de tierra, con campesinos, con solidaridad y con hombres como Arquímedes Oliveros Gaitán, que hicieron de un volante una forma de servir a los demás.

Porque, al final, los buses escalera no transportan solamente pasajeros.

Transportan la memoria viva de Colombia. . .

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Por Nota Ciudadana

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