El sismo en San José del Palmar sacudió a Colombia y dejó al descubierto tanto el miedo como los profundos contrastes éticos y de empatía entre vecinos

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Texto escrito por: Nerio Luis Mejía

La mañana del 10 de agosto de 2026, Colombia fue sacudida por un fuerte terremoto. El movimiento sísmico, con epicentro en San José del Palmar (departamento del Chocó) y una intensidad de 7,4 grados en la escala de Richter, tuvo una profundidad de 96 kilómetros, según el reporte del Servicio Geológico Colombiano (SGC). Los primeros informes daban cuenta de decenas de heridos, cuantiosas edificaciones dañadas y más de una veintena de víctimas mortales.

Estas fuerzas de la naturaleza, que tanto temor suscitan, son el resultado directo de la dinámica de las placas tectónicas. Nos recuerdan que habitamos un planeta vivo, en constante transformación interna y externa. No se trata de "fuerzas del mal", sino de una liberación necesaria de energía que, al combinarse con la irresponsabilidad humana de construir sin estudios geológicos ni normas sísmicas, deviene en las tragedias que lamentamos.

Más allá del impacto técnico —que aporta a la ciencia valiosos datos para comprender la actividad terrestre—, este tipo de fenómenos nos deja profundas enseñanzas a las personas de a pie: la vida es efímera y pende de un hilo que se rompe en cualquier instante. Ante el pánico, muchos se desprenden del apego material y corren a proteger lo que consideran esencial.

Sin embargo, en medio del caos emergen contrastes éticos inquietantes. Un habitante de una de las ciudades afectadas relataba cómo, durante la evacuación de su edificio, observó con asombro a personas que salían con sus mascotas en brazos mientras dejaban atrás a adultos mayores o personas con discapacidad, quienes debían descender por sus propios medios. ¿En qué momento los valores de cuidado y empatía en la emergencia se fragmentaron de esta manera?

Por otra parte, los sismos también muestran una faceta inesperadamente integradora. En medio de la zozobra, se caen las máscaras y las banalidades cotidianas: la gente sale a la calle sin los prejuicios del vestuario o la apariencia, dejando aflorar su naturaleza más genuina. El pánico borra por un momento el individualismo urbano y propicia el encuentro entre vecinos que, compartiendo el mismo techo durante años, jamás se habían dirigido la palabra.

Las fuerzas de la naturaleza, más que terror, deberían conducirnos a una reflexión profunda sobre nuestro paso por el planeta y la urgencia de convivir en armonía con sus dinámicas. A pesar de su capacidad destructiva sobre la infraestructura humana, las crisis revelan la esencia de lo que somos y nos confrontan con una verdad ineludible: lo único que realmente importa es la vida y la solidaridad con quienes nos rodean.

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