Texto escrito por: Ronal Britto Charris
Un desastre natural puede despertar la solidaridad de los pueblos, pero también puede convertirse, en determinados contextos geopolíticos, en una oportunidad para que las grandes potencias aumenten su presencia e influencia en un país. Por eso, frente a cualquier emergencia que pueda vivir Colombia, debemos mantener los ojos abiertos y defender nuestra soberanía nacional.
La posibilidad de que una tragedia sea utilizada como argumento para ampliar la presencia militar, logística o política de una potencia extranjera merece un debate serio. La ayuda humanitaria debe ser bienvenida cuando realmente busca salvar vidas y atender a las comunidades afectadas, pero debe desarrollarse bajo el control y la coordinación de las instituciones colombianas.
Colombia no puede confundir solidaridad internacional con pérdida de autonomía
En un escenario hipotético, una emergencia de grandes proporciones podría generar solicitudes de cooperación internacional: equipos de rescate, hospitales de campaña, aeronaves, logística y asistencia técnica. El problema aparece cuando esa cooperación deja de ser temporal, transparente y estrictamente humanitaria y empieza a convertirse en una presencia permanente con objetivos que van más allá de atender a la población.
Ahí es donde la ciudadanía debe preguntar: ¿qué tipo de cooperación se está ofreciendo?, ¿por cuánto tiempo?, ¿bajo qué autoridad?, ¿qué personal extranjero ingresaría al territorio?, ¿qué facultades tendría?, ¿y quién garantizaría que la asistencia no termine condicionada a intereses estratégicos?
También existe otro elemento que no podemos ignorar: la batalla por la información.
Durante una emergencia, los medios de comunicación y las redes sociales pueden concentrar toda la atención pública en imágenes de destrucción, rescates y crisis. Esa cobertura es necesaria, pero también puede reducir el espacio para discutir las decisiones políticas que se toman mientras la población está concentrada en la tragedia.
Por eso, la sociedad colombiana debe mantener una mirada crítica. No se trata de rechazar la cooperación internacional ni de afirmar sin pruebas que una potencia extranjera pretende invadir Colombia. Se trata de recordar que la solidaridad no puede convertirse en un cheque en blanco.
Colombia es una nación soberana y cualquier presencia extranjera debe estar sometida a la Constitución, las leyes, los tratados internacionales y al escrutinio de las instituciones democráticas.
La verdadera prevención también consiste en fortalecer nuestras propias capacidades: organismos de socorro, hospitales, infraestructura, Fuerzas Armadas, autoridades territoriales y sistemas de gestión del riesgo. Un Estado preparado para responder a sus propias emergencias tiene menos necesidad de depender de actores externos en momentos de vulnerabilidad.
Hoy la advertencia es sencilla: ante una emergencia, solidaridad sí; subordinación, no.
No podemos permitir que el dolor de los colombianos sea utilizado para justificar decisiones que comprometan nuestra soberanía. La ayuda internacional debe llegar para salvar vidas, reconstruir comunidades y aliviar el sufrimiento, no para convertirse en una puerta de entrada a intereses políticos o militares ajenos.
Colombia necesita cooperación, pero también dignidad, soberanía y vigilancia ciudadana.
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