Texto escrito por: Fabián Torres
Desde hace unos días dentro de la agenda de los medios tradicionales del país se viene hablando de la gran polémica de María Camila Fonseca, comediante colombiana quien a través de la sátira expone el discurso de sectores radicales del país. Radio, televisión y redes sociales han hecho eco de un clip descontextualizado donde Micky Dávila, personaje que realiza María Camila, habla del reclutamiento forzado de menores por parte de las FARC, dentro de un evento de comedia. La FLIP recientemente condenó las agresiones que la creadora de contenido ha tenido por movimientos complejos de censura que ponen en riesgo la integridad y seguridad de la comediante y creadora de contenido.
Es preciso mencionar que la sátira como género literario y artístico busca criticar y denunciar discursos, personas, instituciones y problemáticas mediante la ironía, la exageración y el sarcasmo. Este recurso ha sido utilizado por innumerables comediantes como George Carlin, quien dentro de una sociedad conservadora como la estadounidense realizó observaciones sobre la religión, la política y los medios de comunicación; también Dave Chappelle, el cual utilizando la sátira habla de temas como la raza, la cultura y la libertad de expresión. En Colombia por factores como la polarización, la radicalización conservadora y el discurso vertical de periodistas y figuras públicas nos cuesta entender que la comedia busca incomodar al poder y buscar la desnudez del emperador, es decir, mostrar lo evidente que por diferentes razones nos negamos a ver y a decir.
Aquellos que se han indignado como figuras de poder es porque visiblemente se sienten identificados con el personaje y sus discursos incendiarios, llegando incluso a instrumentalizar a las víctimas para generar discursos de odio y división. Es claro que no existe comicidad fuera de lo propiamente humano y que dentro de las emociones existe parte de insensibilidad en la risa y más cuando la misma toca temas sensibles de un país violento. Es acá donde la comedia y la risa tienen una función útil, que es una función social, por tal motivo no hay que satanizarla, al contrario, hay que entenderla, debatirla desde el pensamiento y comprenderla como una herramienta de visibilización.
Colombia es una paradoja en sí misma, porque tolera más la violencia que un chiste y cualquier forma de contradicción lleva a la inevitable censura selectiva. Con María Camila es evidente que la moral cambia según quién haga el chiste y la intención que tenga con el mismo. Hay sectores que defienden la libertad de expresión cuando el discurso coincide con sus ideas, pero exigen censura cuando el blanco del chiste pertenece a su grupo político, religioso o ideológico. ¿Acaso esos que piden cancelación de María Camila no son los mismos que por redes generan discurso de odio hacia el “otro”, el que piensa diferente, que comentan que es necesario destripar la juventud y acabar con el pensamiento crítico? En fin, contradicción y violencia.
Hoy el escenario político no es de debate, es de la cultura de la indignación. En ese escenario, la comedia ocupa un lugar incómodo: su función es cuestionar certezas, mientras que la indignación necesita certezas absolutas para sobrevivir. Un chiste deja de evaluarse por su construcción, su intención o su contexto y pasa a ser tratado como una declaración política o moral. El humorista deja de ser un creador y se convierte en un acusado.
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