Micael está en riesgo: no está en juego una sede, sino 40 años formando maestros y sembrando una educación más humana en Antioquia

 - Micael: una semilla de educación que necesita tierra para seguir creciendo

Quienes leen habitualmente mis columnas saben que buena parte de mis reflexiones transcurren por los caminos de la política, las instituciones, la democracia y los grandes debates nacionales.

Hoy quiero hacer un pequeño alto.

No porque esos asuntos hayan dejado de importar, sino porque hay momentos en los que la palabra debe ponerse al servicio de una causa diferente: la defensa de la educación, la formación humana y una obra social que merece ser conocida y apoyada.

Quiero hablar del Centro Humanístico Micael, en Medellín.

Para muchos lectores, Micael puede ser un nombre desconocido. También puede serlo la pedagogía Waldorf. Por eso es necesario comenzar por lo esencial.

Micael es un centro de formación de maestros en pedagogía Waldorf y uno de los referentes históricos de su desarrollo en Antioquia. Lleva cuatro décadas trabajando en formación humana y pedagógica bajo los principios de esta propuesta educativa. 

¿Y qué es la pedagogía Waldorf?

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Nacida de la visión educativa del filósofo y educador austriaco Rudolf Steiner, propone una educación que busca formar integralmente al ser humano: desarrollar su pensamiento, cultivar su sensibilidad y fortalecer su capacidad de actuar con libertad.

No entiende al niño únicamente como una calificación o un resultado, sino como un ser humano en desarrollo, con una individualidad que merece ser comprendida y acompañada.

Por eso el maestro no es solamente transmisor de conocimientos. Es también acompañante, observador y formador.

Y allí comienza el verdadero impacto social de Micael.

Un maestro formado lleva consigo una manera de mirar al niño, comprender el aprendizaje y relacionarse con los demás.

Ese maestro llega a una escuela.

La escuela llega al niño.

El niño hace parte de una familia.

Y las familias construyen comunidades.

La formación de un maestro tiene un efecto multiplicador.

Por eso lo que ocurre hoy alrededor de Micael merece la atención de la sociedad.

La sede que ha ocupado durante los últimos catorce años debe ser entregada. Es una situación real que obliga a preguntarnos qué sucede cuando una institución educativa debe abandonar el espacio donde ha desarrollado parte importante de su historia. 

Y aquí está el verdadero punto.

La entrega del inmueble no acaba con Micael.

Pero tampoco puede entenderse como si se tratara simplemente de cambiar de dirección.

Una sede puede parecer, desde afuera, un edificio más. Para una comunidad educativa es mucho más. Allí se encuentran personas, historias, aprendizajes, archivos, encuentros, procesos de formación y vínculos construidos durante años.

Una sede puede reemplazarse. Reconstruir una historia de cuatro décadas es mucho más difícil.

Micael cuenta además con una licencia y un programa educativo renovados por la Secretaría de Educación de Antioquia por cinco años más. Existe una comunidad educativa y un proceso institucional que continúa. 

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto vale una sede.

Deberíamos preguntarnos:

¿Qué valor social tiene aquello que allí se hace posible?

Porque Micael no ha limitado su labor a la formación de maestros. Su trabajo tiene una dimensión educativa y social que alcanza proyectos dirigidos a sectores vulnerables, escuelas públicas y entornos rurales

Ahí está el verdadero impacto.

Niños. Maestros. Familias. Comunidades. Oportunidades.

Ese es el patrimonio que no siempre aparece en un balance financiero.

¿Cuánto vale formar un maestro? ¿Cuánto vale acompañar a un niño? ¿Cuánto vale ayudar a una comunidad a descubrir otras posibilidades para educar y crecer?

Son preguntas que no pueden responderse solamente con cifras.

En mi libro Perspectivas de la pedagogía en contribución de paz estudié la relación entre educación, desarrollo humano y construcción de paz. Allí planteo que la escuela debe ser mucho más que un espacio de transmisión de conocimientos: debe contribuir a formar seres humanos capaces de comprender su realidad, relacionarse con otros y transformarla.

Y aquí aparece una pregunta que trasciende a Micael:

¿Qué tipo de seres humanos queremos ayudar a formar?

Guillermo León Valencia lo expresó en Anarkos:

“El hombre, como el huevo,
en nidos de dolor será serpiente,
¡en nidos de piedad será paloma!”

El ser humano no se forma en el vacío. Lo forman su familia, su entorno, sus experiencias y, profundamente, la educación.

La educación también construye la sociedad que tendremos mañana.

Por eso esta situación no debería convertirse en una confrontación entre instituciones.

La relación histórica entre Micael y la Fundación Benedikta está vinculada por una visión y una memoria que trascienden a quienes hoy participan de ellas. El propio documento de Micael plantea que la protección de esa obra exige una coordinación armónica y respetuosa. 

El debate debería ser mucho más grande:

¿Cómo se protege un legado?

¿Conservando solamente los bienes materiales? ¿O garantizando que las obras que les dieron sentido puedan continuar?

Mi relación con Micael me permite hablar desde el conocimiento directo de ese proceso. Soy egresado de su formación y ese camino posteriormente inspiró Perspectivas de la pedagogía en contribución de paz, nuevas investigaciones y estudios que me llevaron hasta el Goetheanum, en Suiza.

Pero mi experiencia no es el centro de esta columna.

Es apenas el punto de partida.

Porque lo importante no es lo que Micael produjo en una persona.

Es lo que puede seguir produciendo en muchas otras.

Y esta historia tampoco pertenece exclusivamente a quienes conocen la pedagogía Waldorf o la obra de Rudolf Steiner.

Pertenece a todos los que alguna vez han pensado que educar es algo más que preparar para un examen.

A quienes tienen hijos. A quienes han sido maestros. A quienes creen que una sociedad se transforma también desde sus aulas.

La semilla sembrada por Rudolf Steiner hace más de un siglo cruzó fronteras y encontró en distintos países personas e instituciones que la llevaron a sus propias realidades. Micael forma parte de esa historia internacional, pero también de la historia educativa de Antioquia.

Por eso lo que ocurre con Micael en Medellín debería interesarnos a todos.

No se trata solamente de una sede.

Se trata de una obra.

Una obra que lleva cuatro décadas formando maestros y que ha proyectado su trabajo hacia niños, familias y comunidades.

Una semilla necesita tierra para crecer.

Y Micael es, precisamente, una semilla de educación que necesita condiciones para seguir creciendo.

La sede puede cambiar.

La institución puede transformarse.

Pero la obra no debería debilitarse.

Porque cuando una sociedad deja de proteger aquello que forma a sus maestros, acompaña a sus niños y fortalece sus comunidades, pierde mucho más que un espacio físico.

Pierde una posibilidad de futuro.

Por eso este pequeño alto en la política es, en realidad, una defensa de la educación y de la humanidad.

Y la pregunta que queda abierta no es solamente qué ocurrirá con Micael.

Es una pregunta para todos:

¿Qué estamos dispuestos a hacer para que las semillas de una educación más humana encuentren la tierra necesaria para seguir dando luz al porvenir?

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.