Hay una esquina en la carrera quinta con calle sexta, en el corazón más antiguo de Cali, donde el ladrillo no se puso para levantar muros de contención, sino para invitar a pasar.

Ilustración 1Frente al Teatro Municipal (Cra. 5 A N°6-64) estaban estas casas que fueron demolidas para construir el edificio de la antigua FES, conocido hoy como Centro Cultural de Santiago de Cali. Foto: Cali ayer y hoy
En el barrio La Merced, la tierra donde los frailes mercedarios levantaron su primer convento hacia 1539 sobre la ribera del río Cali, el tiempo transcurre entre calles estrechas de un solo carril y casonas de escala baja amparadas por la ley desde mediados del siglo XX. Pero en la segunda mitad de los años ochenta, una manzana de ese trazado colonial quedó condenada a la imperfección: la Fundación para la Educación Superior (FES) no logró comprar la totalidad de los predios y se quedó con una extraña "L" incompleta, que ocupaba apenas tres cuartas partes de la manzana.

Cualquier firma inmobiliaria de la época habría levantado una torre ciega de cristal con parqueaderos a la vista.
Sin embargo, la FES puso el encargo en manos de un cuarteto proyectual de época: los arquitectos bogotanos Rogelio Salmona y Pedro Alberto Mejía, y los caleños Raúl H. Ortiz y Jaime Vélez. Lo que idearon entre 1985 y 1986 no fue un edificio financiero convencional, sino una lección de urbanismo que terminaría convirtiéndose en una de las mayores paradojas del poder en Colombia.
Cali vivía entonces una de las décadas más contradictorias de su historia. Mientras la ciudad se expandía hacia el sur con nuevos conjuntos residenciales, miles de familias llegaban desde el Pacífico y el suroccidente huyendo de la violencia, la crisis agrícola y desastres como el maremoto de Tumaco.
El crecimiento acelerado dio origen a enormes periferias como Aguablanca y coincidió con el auge económico que alimentó el Cartel de Cali. Entre la especulación inmobiliaria, la fragmentación urbana y el deterioro paulatino del centro histórico, levantar una sede institucional en La Merced era casi una declaración de principios: todavía había quienes creían que el corazón de la ciudad podía recuperarse.
Durante estos días, el recinto se convirtió en la sede temporal del gobierno y en el epicentro de la agenda diplomática. En sus instalaciones se recibió a diversos mandatarios e invitados internacionales, entre los que destacó la visita del Rey de España, Felipe VI, con quien De la Espriella sostuvo un encuentro previo a la ceremonia de posesión. Allí mismo tuvo lugar también la reunión bilateral con el presidente de Argentina, Javier Milei. A la jornada de posesión también asistieron otros jefes de Estado como Daniel Noboa (Ecuador), José Antonio Kast (Chile), Santiago Peña (Paraguay), Laura Fernández (Costa Rica), José Raúl Mulino (Panamá), Luis Abinader (República Dominicana) y Nasry Asfura (Honduras).
Junto a mi esposa, @TalianaV , recibimos en la sede alterna de la Presidencia de la República en Cali a Su Majestad el rey Felipe VI de España y al presidente de Argentina, @JMilei, en el marco de la histórica posesión presidencial que vive nuestro país.
— Alejandro Eder (@alejoeder) August 7, 2026
El antiguo edificio de… pic.twitter.com/8OENYU9olH
Allí también se adelantaron jornadas clave de trabajo, incluyendo la realización del primer consejo de seguridad de esta gestión, funcionando de forma efectiva como el centro de operaciones para tomar decisiones de Estado.
El edificio sirvió de casa de gobierno hasta el día de hoy, cuando finalizaron las actividades oficiales en Cali para emprender el viaje rumbo a Medellín con motivo de la Feria de las Flores.

La poética de una casa que se niega a cerrarse
En lugar de imponer una mole monolítica, Salmona y sus socios adosaron cuatro crujías continuas de tres pisos hacia los bordes exteriores del lote, respetando la alineación tradicional del barrio La Merced. Por dentro, liberaron el corazón del predio para regalarle a la ciudad la Plazoleta de El Samán, un patio a cielo abierto en dos niveles.

Ilustración 3Fotos: Ortiz Campo
Pero el verdadero rasgo de genialidad —y el dolor de cabeza de los esquemas de seguridad actuales— estuvo en sus entradas. Salmona eliminó los portones monumentales y las rejas. Diseñó accesos en diagonal, o "pasajes en sesgo", en las esquinas de la manzana. La instrucción era clara: el transeúnte que caminaba bajo el sol abrasador del centro no debía encontrar un muro, sino un pórtico monumental corrido a doble altura, inspirado en las galerías de Turín o París, que lo protegiera del calor y lo atrajera sin pedirle carné hacia el interior.

Para vencer las altas temperaturas de la capital del Valle sin caer en la dictadura del aire acondicionado artificial, los arquitectos acudieron al Regionalismo Crítico y a la sabiduría de la arquitectura hispano mudéjar. Moldearon piezas de arcilla cocida hechas a la medida —alfajías, dinteles, calados y adoquines— ensambladas al ritmo de soga y tizón, combinadas con concreto armado visto y maderas nativas. Atravesando las galerías y la plazoleta, trazaron una red de atarjeas, fuentes y acequias. El agua en constante movimiento genera un enfriamiento evaporativo que refresca los pasillos, mientras su murmullo apaga el ruido de los carros que transitan por el centro histórico.
Mientras buena parte de la arquitectura latinoamericana apostaba por fachadas de vidrio y acero, Salmona defendía una idea distinta: los edificios debían envejecer con dignidad. Por eso convirtió el ladrillo artesanal en el protagonista de sus obras. No era únicamente una elección estética; su masa ayudaba a controlar la temperatura, dialogaba con la tradición constructiva colombiana y hacía que la arquitectura pareciera haber nacido del mismo lugar donde se levantaba.
Esa manera de construir no respondía únicamente a una búsqueda estética. Era la expresión más madura de la filosofía de Rogelio Salmona, quien después de casi una década trabajando con Le Corbusier en París regresó a Colombia convencido de que la arquitectura latinoamericana debía dejar de copiar modelos europeos.
Su apuesta fue la "Poética del Lugar": edificios capaces de dialogar con el clima, la historia y el paisaje mediante el ladrillo, el agua, los patios y el recorrido del peatón. Antes de llegar a Cali ya había dejado huella con proyectos como Torres del Parque, la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena y el Museo del Oro Quimbaya, obras que consolidaron un lenguaje propio en la arquitectura colombiana.
La sede de la FES pertenece al período de mayor madurez del arquitecto. Llegó después de proyectos que redefinieron la arquitectura colombiana, como Torres del Parque en Bogotá, la Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena y el Museo del Oro Quimbaya en Armenia, y antecedió obras monumentales como el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Virgilio Barco. Vista en perspectiva, la casa de Cali no fue una excepción dentro de su trayectoria, sino una pieza clave de un lenguaje arquitectónico que terminó marcando a varias generaciones.

Foto: Ortiz Campo
Ese poema de 13.115 metros cuadrados construidos e inaugurado el 21 de febrero de 1990 era una infraestructura cívica disfrazada de sede corporativa. La crítica de arquitectura no dudó en rendirse a sus pies y, en 1992, la obra recibió el Premio Nacional de Arquitectura en la XII Bienal Colombiana.
Del naufragio financiero al arca de la memoria
La historia del inmueble dio un vuelco drástico a finales de la década de 1990. La crisis financiera liquidó a la FES y la casa estuvo a punto de salir a remate inmobiliario. Para evitar que el edificio fuera fraccionado o privatizado, el Municipio de Santiago de Cali lo compró en 1997 y lo rebautizó como el Centro Cultural de Cali.
La decisión de conservar el edificio también reflejaba el momento que atravesaba la ciudad. Durante los años noventa, Cali intentaba reconstruir su institucionalidad mientras enfrentaba el deterioro del centro histórico y la pérdida de muchos espacios de encuentro ciudadano. En ese contexto, adquirir la antigua sede de la FES no solo evitó que una obra emblemática terminara fragmentada entre propietarios privados; también permitió que uno de los edificios más importantes de la ciudad cambiara las oficinas por la cultura.
La transición demostró la flexibilidad del trazado de Salmona. Sin tumbar un solo muro portante, las antiguas oficinas pasaron a albergar la Secretaría de Cultura Distrital y el tesoro más frágil de la ciudad: el Archivo Histórico de Cali, que custodia en sus depósitos más de 9.000 tomos con documentos manuscritos, actas de cabildo y cédulas reales desde 1564.

También se instalaron allí los Estudios Takeshima para la producción audiovisual del Pacífico, la Sala Jorge Luis Borges adaptada con tiflotecnología para personas con discapacidad visual, bibliotecas infantiles y un auditorio subterráneo para 120 personas.
En la Plazoleta de El Samán, donde antes se tramitaban créditos bancarios, la ciudadanía comenzó a reunirse para escuchar recitales de poesía, recorrer ferias del libro y asistir a festivales de cine.
La carambola política de 2026
Nadie sospechaba que ese refugio de cultura e historia colonial terminaría en la vanguardia del poder político nacional. La ruta hasta ahí no fue un giro repentino, sino la suma de una disputa institucional y un fenómeno natural que se cruzaron en cuestión de semanas.
Todo comenzó con el rechazo del entonces presidente Gustavo Petro a que la posesión de Abelardo de la Espriella se realizara en una guarnición militar, una opción que el mandatario electo había defendido con insistencia. Sin esa puerta abierta, De la Espriella pidió al Congreso, a finales de julio, autorizar que el acto se celebrara en Cali en lugar de Popayán, la capital del Cauca originalmente prevista. El Senado y luego la Cámara avalaron el traslado el 30 de julio.
A la disputa política se sumó un factor que complicó aún más la logística de cualquier ceremonia en el Cauca: desde finales de junio, el volcán Puracé intensificó sus emisiones de ceniza, obligando a cierres intermitentes del aeropuerto Guillermo León Valencia de Popayán y a restricciones de tráfico aéreo en todo el suroccidente del país.
La coincidencia entre la incertidumbre volcánica y la negociación política terminó de inclinar la balanza hacia Cali, una ciudad con mejor infraestructura aeroportuaria y hotelera para recibir jefes de Estado y delegaciones internacionales.
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La posesión, finalmente, no se realizó en un espacio abierto del centro histórico, sino en la Arena USC, el moderno auditorio de la Universidad Santiago de Cali, el 7 de agosto de 2026.
Esta es la mayor distinción que Dios, el pueblo colombiano y la vida me han concedido. Asumo el compromiso más sagrado de mi existencia: entregar mi corazón, mi trabajo y mi vida entera al servicio de esta gran Nación que tanto amo.
— Abelardo De La Espriella (@ABDELAESPRIELLA) August 8, 2026
Comienza una nueva historia para Colombia. Ha… pic.twitter.com/uo89VAF96g
Pero fue en medio de esos mismos preparativos que el alcalde Alejandro Eder le hizo al presidente electo una propuesta que trascendería el día de la ceremonia: convertir el antiguo edificio de la FES en la sede permanente del Ejecutivo para el suroccidente colombiano.
De la Espriella aceptó y, en el marco de su política de reorganización administrativa —que trasladó el despacho principal de Bogotá al Palacio de San Carlos y estableció sedes alternas en Barranquilla y Medellín—, el inmueble fue rebautizado como el Palacio Presidencial de Santiago de Cali, operativo desde ese mismo 7 de agosto.
El choque inevitable: Casa Militar vs. transparencia urbana
La decisión encendió una intensa controversia en los gremios de la arquitectura, el urbanismo y la conservación patrimonial. La razón es profunda y conceptual: la obra de Salmona fue proyectada para ser porosa, democrática y transparente. La llegada de un Despacho Presidencial exige por normativa de la Casa Militar la instalación de anillos de seguridad de alta intensidad, controles biométricos, detectores en los pórticos y personal armado en los pasajes en sesgo. Para muchos arquitectos, blindar una estructura que ganó el Premio Nacional de Arquitectura por no tener barreras físicas equivale a cancelar la esencia misma del proyecto.
A ello se suma el temor por el impacto que tendrán las caravanas oficiales sobre la red vial del barrio La Merced, cuyas calles coloniales nunca fueron pensadas para soportar ese nivel de tráfico, además de la preocupación por el futuro del Archivo Histórico de Cali si las nuevas funciones del Estado terminan desplazando espacios destinados a la memoria de la ciudad.

Tratando de calmar las aguas, las autoridades locales precisaron el modelo de convivencia. El secretario de Cultura de Cali, Julián Arteaga, confirmó que las crujías donde funcionaban los bloques administrativos de la Secretaría son las que fueron reorganizadas para albergar los Consejos de Seguridad y el despacho presidencial. Las bibliotecas, las salas de exposición, los Estudios Takeshima y la atención al público en el Archivo Histórico mantendrán sus puertas abiertas para la ciudadanía.
Así, la casa en "L" de la carrera quinta, que nació de un lote incompleto para convertirse en uno de los manifiestos de ladrillo más importantes de la arquitectura colombiana, comienza el capítulo más complejo de su historia.
Un edificio concebido para el agua, el viento y el libre tránsito de los ciudadanos enfrenta ahora el reto de albergar el centro del poder estatal sin traicionar la lección que Rogelio Salmona dejó grabada en su arcilla: que la arquitectura pública solo cumple su propósito cuando sigue perteneciendo a la gente.
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