Tres días antes de entregar el poder, Gustavo Petro colgó su retrato en el pasillo de la Casa de Nariño donde cuelgan los rostros de quienes gobernaron Colombia antes que él. Quedó al lado del de Iván Duque, su antecesor inmediato, en ese corredor que cada cuatro años suma un nombre y una cara. Petro dejó la presidencia el 7 de agosto de 2026, y con ella dejó también, colgados en las paredes de tres edificios distintos, los rostros pintados de sí mismo, de la vicepresidenta Francia Márquez y de la canciller que cierra su gobierno, Rosa Villavicencio.
El cuadro de Petro lo pintó Luis Jaime Rojas Rodríguez, el mismo artista que meses antes había generado polémica con Somos Invencibles, un cuadro sobre un niño palestino que también incomodó a una parte del país. El contrato lo firmó el Departamento Administrativo de la Presidencia y se publicó el 3 de julio en la plataforma estatal de contratación: 75 millones de pesos, unos 23.000 dólares, por un óleo sobre lienzo de 110 por 80 centímetros. Rojas no tuvo al presidente posando frente a él. Trabajó con fotografías y terminó una composición de cuerpo completo: Petro sentado, vestido enteramente de blanco, con tenis blancos y un lápiz amarillo entre los dedos de la mano izquierda. Detrás, una casa campesina, un cultivo de café, montañas. Alrededor de la figura, tres mariposas amarillas, la referencia obligada a Gabriel García Márquez que cualquier lector colombiano identifica sin que nadie se lo explique. Abajo, un texto resume la vida del presidente saliente.
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Petro mismo publicó la imagen en su cuenta de X antes de que el cuadro llegara a la pared. Dijo que el retrato quedaría en ese corredor hasta que alguien lo quitara, y aprovechó el mensaje para pedir que también se instalaran allí los cuadros de dos figuras que ha reivindicado en distintos discursos: Carlos Nieto, al que llama el presidente negro, y el general José María Melo, al que llama el presidente indígena. La publicación, pensada como un gesto de cierre institucional, se convirtió en otra cosa apenas la exsenadora María Fernanda Cabal respondió. Cabal escribió que el cuadro era el retrato de alguien que se dedicó a hablar y no hacer nada, y preguntó si eso era lo que habían pagado los colombianos con 75 millones de pesos. Petro le contestó ese mismo día, defendiendo el gasto y recordándole que tampoco hubo ese nivel de indignación cuando se pagó el retrato de Duque.
El costo se volvió el centro de la discusión durante casi todo julio. En redes circuló la comparación con los antecesores: el retrato de Juan Manuel Santos costó 23,3 millones de pesos; el de Iván Duque, 52 millones. El de Petro, con 75 millones, quedó como el más caro de los tres. El senador electo Andrés Forero, del Centro Democrático, ligó la cifra a la situación fiscal del país y preguntó por qué un gobierno que subió impuestos gastaba así en sus últimos meses. Desde el Pacto Histórico, el representante Eduard Sarmiento salió a defender la contratación y calificó las críticas como una forma más de rechazo al legado del gobierno saliente.
El segundo contrato, el del retrato de Francia Márquez, se publicó un día antes que el de Petro, el 2 de julio, por un valor de 45,5 millones de pesos. Los registros de la plataforma de contratación estatal señalan como responsable de esa obra a Ada Ruth Margarita Ariza Aguilar, quien trabajó también en óleo sobre lienzo. El cuadro muestra a Márquez sonriente, con el cabello recogido, vestida con una prenda en verde, rojo y negro. En la parte inferior aparece su nombre completo y el periodo que cubrió el cargo, entre agosto de 2022 y agosto de 2026. La obra quedó instalada en la galería de la Casa Vicepresidencial, junto al retrato de Marta Lucía Ramírez, la vicepresidenta del gobierno de Duque. Márquez es la primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de Colombia, y ese dato quedó registrado ahora también en una pared.
El tercer retrato es el de Rosa Villavicencio, la canciller que asumió el Ministerio de Relaciones Exteriores en julio de 2025 tras la salida de Laura Sarabia. Villavicencio es economista, nació en Bogotá, vivió más de veinte años en España, donde fue diputada por el Partido Socialista en la Asamblea de Madrid, y llegó a la Cancillería después de años dedicados al trabajo con migrantes colombianos en Europa. Su cuadro pasará a integrar de manera permanente la galería de cancilleres del Palacio de San Carlos, la sede diplomática ubicada en el centro de Bogotá donde ya cuelgan los retratos de quienes ocuparon ese cargo desde hace décadas, entre salones de estilo europeo y muebles del siglo XIX que forman parte del patrimonio del edificio.
La costumbre de retratar a los gobernantes no la inventó ningún gobierno reciente. Viene de los primeros años de la República y, al comienzo, conservó casi intacto el lenguaje visual de la época colonial: uniformes, condecoraciones, bastones de mando, constituciones sostenidas con una mano. Uno de los retratos más antiguos que se conservan de Simón Bolívar lo pintó Antonio Salas Pérez hacia 1822, un óleo sobre metal de apenas 27 por 24 centímetros. Durante el siglo XIX, la fotografía, el daguerrotipo y la litografía multiplicaron la manera de reproducir el rostro de un gobernante, y por un tiempo el óleo perdió terreno. Después volvió, instalado ya como protocolo fijo en los salones oficiales, encargado a un artista distinto cada vez que cambia el ocupante del cargo, con un precio y unas dimensiones que cada administración define a su manera.
Lo que queda, al final, es lo de siempre: tres cuadros en tres paredes distintas, con nombres, fechas y un costo público que alguien en algún congreso volverá a discutir dentro de cuatro años, cuando le toque el turno a otro retrato.
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