El vestuario y la música, a cargo de Catherine Rodríguez y Camilo Sanabria, con premios internacionales, también son protagonistas en la producción que ya se estrenó

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La fundación de Macondo no ocurrió solo en la obra de Gabriel García Márquez. Sucedió de nuevo bajo el cielo cálido del Tolima para la serie de Cien años de soledad de Netflix.

En el libro, un grupo de hombres y mujeres cruza la sierra buscando un lugar donde el dolor no les persiga, llegando a fundar un pueblo con casas de barro. En la realidad, un colectivo de creadores de distintas procedencias se reunió en Alvarado (Tolima) con un propósito similar: dar cuerpo y voz a ese imaginario no mediante una copia literal, sino a través de una interpretación compartida.

Cada uno llegó cargando sus propias obsesiones, premios y trayectorias, para terminar convirtiéndose en los verdaderos fundadores de la nueva versión del mítico Macondo.

El pulso de la dirección: Laura Mora y Carlos Moreno

La dirección de la segunda etapa recae en dos directores con miradas distintas que se complementan en el set. Para Laura Mora, la aproximación a la obra está atravesada por el rigor y la necesidad de encontrar lo humano detrás del mito.

Nacida en Medellín, sabe lo que es recibir el abrazo de la crítica internacional: su largometraje Los Reyes del Mundo (2022) se alzó con la prestigiosa Concha de Oro en San Sebastián, además de ser premiado en Biarritz, Zúrich y Varsovia.

Antes, su ópera prima Matar a Jesús (2017) había cosechado más de veinte galardones en festivales internacionales. En el set de Macondo, su obsesión no fue el realce visual sino la fragilidad de los personajes. Mora insiste en que detrás de los gestos del realismo mágico, como las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, hay seres con contradicciones y dolores reales que no deben perderse de vista. Para ella, el valor del proyecto reside en el respeto cotidiano y en el asombro ante los oficios tradicionales, como la pintura escénica o la jardinería.

Al otro lado de las cámaras está Carlos Moreno, un director caleño cuya carrera despegó en 2008 con Perro Come Perro, película estrenada en el Festival de Sundance, donde obtuvo más de catorce premios internacionales.

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Con obras reconocidas como Todos Tus Muertos (2011) y Que Viva la Música (2015), Moreno se ha consolidado como un relator clave del cine latinoamericano. Para él, dirigir en estas locaciones de Macondo implicó recrear el espíritu del Gran Caribe desde cero, una hazaña que compara directamente con el gesto de José Arcadio Buendía al clavar los primeros postes del pueblo en la obra de Gabo.

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La estructura del tiempo: Juliana Flórez Luna y Bárbara Enríque

Para que la visión de los directores se sostenga en el tiempo, se requiere de la precisión de quienes administran el espacio y la logística. Juliana Flórez Luna, productora ejecutiva de la serie, aporta una formación rigurosa: egresada de la Universidad Nacional de Colombia, formada en la EICTV de Cuba y con una maestría en Historia Global por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

Dicha experiencia en producciones de gran escala como Narcos y American Made (junto a Tom Cruise) le dio la templanza para coordinar un equipo que en sus días más álgidos superaba las mil personas en el set. Ella entiende que en esta segunda parte el verdadero desafío es la decadencia física y su obsesión fue planificar cómo el tiempo, el desgaste y las transformaciones sociales del siglo XX debían registrarse con coherencia en las paredes y en los cuerpos de los actores.

El desgaste material es el lienzo de Bárbara Enríquez, diseñadora de producción con más de 25 años de trayectoria en el cine latinoamericano. Enríquez, nominada al Oscar y al BAFTA por su trabajo decorando los espacios de la película Roma, de Alfonso Cuarón, ha ganado en tres ocasiones el premio Ariel en México.

En Macondo, asumió la tarea de construir espacios reales que tuvieran capas de historia. Su pasión por el detalle la llevó a investigar los archivos históricos de Harvard y Tulane para reconstruir de forma fidedigna la brecha social entre el campamento de la United Fruit Company y las condiciones precarias de los trabajadores bananeros en la década de los 20 del siglo pasado. Todo un desafío si se tiene en cuenta que las masacres de la vida real, denunciadas magistralmente en la obra de García Márquez, son un enigma que la historia colombiana nunca pudo resolver.

Enríquez, describe el proceso con una melancolía puramente macondiana: la belleza de dibujar y construir mundos enteros para luego tener que destruirlos bajo la lluvia escénica.

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El hilo y el sonido: Catherine Rodríguez, Camilo Sanabria y Juancho Valencia

El realismo de Macondo también se viste y se escucha. Catherine Rodríguez, diseñadora de vestuario graduada de la Universidad Nacional, fue incorporada a la prestigiosa Academia de Hollywood (AMPAS) en 2021.

Su trabajo en Pájaros de verano (2018) le otorgó el premio Macondo en 2019. Rodríguez encuentra su pasión en los detalles invisibles: las telas desgastadas por el sol, las pieles marcadas por el trabajo físico de las clases populares y el contraste con la moda de los años veinte que traen los extranjeros como el romántico Pietro Crespi, inmigrante italiano que ocasiona una pelea trágica entre Rebeca y Amaranta Buendía, hermanas de crianza en la obra literaria.

Su gran aprendizaje fue entender que las prendas no son estáticas, envejecen, acumulan moho con la inundación y narran el abandono del pueblo de manera silenciosa y contundente.

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En el plano sonoro, Camilo Sanabria se encarga de traducir la atmósfera poética de la novela en música incidental. Ganador de dos premios Macondo por su trabajo en Amazona y The Smiling Lombana y nominado al Latin Grammy en 2025 por la primera parte de esta serie, Sanabria asumió el reto de musicalizar la decadencia.

Con esa intención, decidió que la música debía comenzar a desgastarse junto con el pueblo, utilizando instrumentos de viento y afinaciones inestables para anticipar la ruina. Su búsqueda lo llevó a lo que él define como un "vallenato barroco", donde un clavicordio (antiguo instrumento musical europeo de teclado y cuerda) habla al mismo tiempo con una caja vallenata tal como lo narró Gabo en su obra.

Al universo sonoro se suma Juancho Valencia, director musical en el set y ganador de múltiples premios Grammy Latinos por su trabajo con agrupaciones como Puerto Candelaria y ChocQuibTown. Valencia es maestro en composición y se encargó de dar vida a las canciones que los personajes interpretan y bailan en algunas escenas. Su pasión consistió en recorrer estudios de grabación en Barranquilla, Palenque, Cartagena y Urabá para capturar percusiones y voces auténticas, asegurando que cada fiesta, carnaval o funeral tuviera la verdad de la tierra colombiana.

Dichas trayectorias, marcadas por Conchas de Oro, nominaciones al Oscar e instrumentos premiados, terminaron confluyendo en el mismo punto de la geografía tolimense. En el set de Alvarado, las jerarquías individuales se esfumaron para dar paso a un laboratorio de invención técnica y artística común.

Los integrantes del equipo de producción de la serie no se limitaron a ilustrar un libro, a pesar de que ha sido considerado por la crítica mundial y los propios escritores como uno de los dos mejores escritos en la historia del castellano, junto al Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Macha. Por el contrario, se sentaron a construir acuerdos sobre cómo debía verse y sentirse la memoria de un país.

Al final, lo que une a Laura, Carlos, Juliana, Bárbara, Catherine, Camilo y Juancho no es la magnitud de las cifras de producción, sino el compromiso por honrar las pequeñas cosas, la imagen del país en el exterior y, por supuesto, la historia de la literatura universal.

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