Alvarado, pueblo de Tolima, se transformó en un personaje vivo que late, se marchita y se encamina hacia su destrucción en la serie de Netflix

El pueblo en el Tolima en el que grabaron gran parte de Cien Años de Soledad - Cómo recrearon Macondo en un pueblo del Tolima para grabar la serie Cien años de Soledad

Macondo es un destino asombroso en la novela de Gabriel García Márquez y también en la serie de Netflix que acaba de regresar con su segunda temporada. Allí, es un territorio de 560.000 metros cuadrados en Alvarado (Tolima).

La brisa susurra entre 18.915 plantas sembradas a mano para revivir en la televisión el paisaje caribeño más excesivo que se haya escrito. Este no es un simple set de filmación, sino una obra levantada desde el polvo por un ejército de más de mil artesanos que trabajaron día y noche para crear 16.623 metros cuadrados de fantasía para la serie de Cien años de soledad.

La productora ejecutiva Carolina Caicedo revela el secreto de la locación "necesitábamos encontrar un punto intermedio, que estuviera cerca de Bogotá, pero que también ofreciera toda esa belleza natural... por eso se escogió Alvarado". Aquí no hay pantallas verdes ni ilusiones baratas, la consigna inicial fue innegociable: "Desde el principio, la idea fue construir el pueblo físicamente".

Pasear por sus calles polvorientas es caminar sobre las pasiones de sus creadores. Uno de sus directores, Carlos Moreno, describe esta hazaña con el mismo asombro de un fundador: "Macondo no existe como tal, pero encierra algo que sí existe: el Gran Caribe. Recrear ese mundo ha sido una tarea titánica". Para Moreno, el viaje a estas tierras fue un reencuentro consagrado, confesando que "tal vez ese primer encuentro con la literatura en el colegio, especialmente con García Márquez, fue la primera cita que lo condujo a este momento".

Como turistas de lo extraordinario, los espectadores de la serie no verán un Macondo estático. Vivirán en carne propia su época de esplendor y su desgarradora decadencia. En su época dorada, el pueblo les ofrecerá, en palabras de la guionista Camila Brugés, "la de los primeros asombros. El cine, el tren, la música, la radio". Podrán ver el humo del ferrocarril construido desde cero y escuchar los gramófonos traídos por vientos de cambio.

Sin embargo, el encanto del Macondo literario reside en su vulnerabilidad y en la belleza de su ruina. La productora ejecutiva Juliana Flórez Luna invita a no temerle al deterioro, sino a contemplarlo como parte del viaje: "En la segunda parte de la serie entramos en la decadencia. El desgaste se ve en las paredes, en los espacios, en los cuerpos".

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La decadencia del pueblo en la novela de Gabo fue reproducida con rigor obsesivo. Bárbara Enríquez, la diseñadora de producción, detalla el proceso artístico: "Hicimos que la casa y el pueblo se agoten, se depriman, se derrumben", logrando que "las fachadas empiecen a despostillarse, los colores se apagan...".

El recorrido por Macondo, en esta segunda temporada de Cien años de soledad, llevará también por contrastes geográficos y emocionales. Al cruzar el umbral de la mítica Casa Buendía, se sentirá la llegada de Fernanda del Carpio, un personaje que, según Bárbara Enríquez, personifica "el mundo del frío, del páramo.

Su universo tiene una paleta de color completamente distinta, con texturas más austeras...". La guionista Natalia Santa describe cómo esta fría melancolía bogotana invade el hogar: "Fernanda Del Carpio trae consigo todo el “frío” de la sabana, convirtiendo la casa Buendía en un lugar oscuro. El silencio, la frialdad, la violencia contenida en ella, empieza a permear la casa...".

Mientras se camina por la plaza de Macondo también se puede observar a los lugareños. Sus ropas no son meras telas, son diarios de vida. La diseñadora de vestuario Catherine Rodríguez explica que, con la apertura del pueblo, "Macondo deja de ser un espacio aislado y empieza a recibir influencias externas que se reflejan directamente en la moda".

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Además, se debe prestar atención a las grietas sociales que revela su costura; Rodríguez diseñó este contraste de manera intencional: "Las clases populares se quedan atrapadas en el tiempo, mientras que las nuevas clases sociales traen consigo otras estéticas".

Se verán telas desgastadas y pieles curtidas por el sol conviviendo con los trajes pulcros de los recién llegados gringos de la compañía bananera, que habrá de interpretar uno de los capítulos más horrorosos de la historia de matanzas de la realidad y la literatura colombianas.

En Macondo no puede faltar la música y por eso hay que dejarse envolver por la melodía incidental que flota en el aire del lugar, diseñada por el compositor Camilo Sanabria, quien buscó que la decadencia fuera también una experiencia auditiva: "Sentía que el sonido de Macondo debía comenzar a desgastarse, como si la música anticipara su destino. Hay una erosión progresiva de ese universo sonoro...".

Sin embargo, no todo es desolación: en las noches de fiesta y carnaval, los personajes y los espectadores que están visitando la aldea bailarán al son de los arreglos de Juancho Valencia, director musical en set, el mismo de la agrupación Puerto Candelaria, quien estuvo "a cargo de toda la música que se vive dentro de la historia: la que interpretan y bailan los personajes...".

Al final del día, cuando el viento empiece a levantar la arena de las calles desiertas, los visitantes de Macondo y los espectadores de la segunda temporada de Cien años de soledad comprenderán las palabras de la directora Laura Mora, quien aconseja mirar más allá de la simple fantasía: "La segunda parte, aunque conserva elementos metafóricos, simbólicos y oníricos, está mucho más anclada en el realismo y en un contexto político profundamente apasionante y complejo...".

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