Parafraseando a Bierce en su Diccionario del Diablo, el periodismo independiente (s.) se define así: dícese de la disciplina científica que rechaza presupuestos oficiales y es calificada de «sesgada» por la izquierda cuando revela sus entuertos, y de «terrorista» por la derecha cuando fiscaliza sus abusos.
La Universidad de Columbia cometió el “error imperdonable” para la comodidad del poder criollo de otorgarle la Medalla de Oro de los Premios Maria Moors Cabot 2026 a Daniel Coronell.
El reconocimiento distingue más de cuatro décadas consagradas a la indagación e investigación implacable y al control de las élites. El oro de esta medalla genera urticaria severa tanto en los salones de la “extrema coherencia” como en las asambleas del mesianismo progresista. Y es natural: para los entusiastas de la militancia, el verdadero enemigo nunca es el corrupto, sino el observador no matriculado, no áulico, no fanático político. Coronell tiene menos de 600 mil seguidores hoy en día, mientras que la desinformación, la falta de talento, los contenidos baladíes y senos y nalgas fabricados con silicona y geledón ponen presidente en Colombia.
A la política patria le indigna que a un periodista no se le pueda encasillar. Pero la contabilidad judicial de Coronell expone ese equilibrio que desespera a la comodidad de pertenecer a la jauría en los fanáticos:
Frente a Álvaro Uribe Vélez, quien lo acusó de «narcotraficante» insinuando oscuros nexos con Pastor Perafán y la empresa Naves, el periodista acudió a los estrados sin perder un solo pleito: las denuncias por calumnia e injuria derivaron en la rectificación del exmandatario ante la justicia.
Tampoco vaciló ante Petro, destapando en Noticias Uno y revista Cambio las violaciones de topes electorales en la campaña del “Gobierno del Cambio” en 2022. Su pluma ha fiscalizado con precisión quirúrgica a litigantes como el hoy presidente electo Abelardo de la Espriella y fue determinante en el destape de la Yidispolítica, que terminó con condenas a altos funcionarios del Estado.
¿Por qué resulta vital defender este tipo de prensa incómoda y antipática? Porque la República no languidece por falta de discursos, sino por exceso de militantes sin criterios y prepagos.
Si acudimos al arsenal del pensamiento moderno, el periodismo no subvencionado se revela como el único pulmón que evita la asfixia institucional. Habermas, en su caracterización de la esfera pública, advirtió que la democracia exige un espacio de deliberación protegido de la distorsión del dinero y del absolutismo estatal. Cuando los medios actúan como jefes de prensa del Palacio o de los conglomerados, el diálogo democrático sucumbe.
Gramsci enseñó que las clases dominantes construyen una hegemonía cultural para naturalizar sus abusos; la prensa libre opera como fuerza contrahegemónica al desmantelar los relatos fabricados en los comités de cada partido. Por su parte, Gianni Vattimo y su pensamiento débil nos recuerdan que la verdad no es un dogma sagrado dictado por un caudillo, sino la disolución de las certezas absolutas mediante la evidencia fáctica y comprobable.
Complementando este blindaje, la filósofa Martha Nussbaum enfatiza que la salud democrática requiere ciudadanos con capacidad crítica y empatía pública, virtudes que solo florecen cuando la información no está contaminada por el sesgo militante.
Michael Sandel alerta sobre los límites morales del mercado: al convertir la verdad periodística en mercancía transada por contratos de pauta gubernamental o cheques de oposición, es que se destruye el bien común.
A estos pensadores se suman Max Weber —con su distinción entre la ética de la convicción del político y la ética de la responsabilidad del fiscalizador—; Hannah Arendt —quien alertó que el totalitarismo germina cuando se liquida la verdad—; Rafael del Águila también nos recuerda que la democracia debe ser un conflicto razonable—; y Noam Chomsky, quien rescató la fiscalización independiente como la única grieta frente al consentimiento manufacturado en sus “Cursos de Autodefensa Intelectual” propuestos en su libro La crisis de la democracia.
La prensa independiente no es una congregación de santos, pero el periodista es y debe ser ante todo, un profesional de la sospecha que debe valerse hasta donde le sea posible de argumentos científicos. Lo demás es opinión.
La verdad no pagada por los actores políticos y armados, por las mafias, por los contratistas, es el único balance que impide la instauración del autoritarismo en Colombia.
Coronell, con sus detractores y sus batallas ganadas en los tribunales, encarna ese principio elemental: a la patria no se le sirve aplaudiendo al gobernante de turno, sino desnudando sus abusos.
Felicitaciones Daniel Coronell. Es bueno que se nos recuerde de vez en cuando que solo podemos aspirar a un país verdaderamente democrático, si se protege y se estimula legalmente el periodismo independiente.
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