Hay una foto que se repite en cada campaña y que todos recuerdan, pareciera pose de manual; me refiero a la del candidato en la tarima o en un salón, rodeado de pastores que oran, o qué tal la del candidato que, de rodillas y compungido en una iglesia católica, lleno de camándulas y rosarios, señala al cielo y jura que el Señor está en su proyecto político o, peor aún, que es un enviado, un mensajero, una especie de mesías de repuesto.
No creo que esas poses de siempre y esas palabras que todos conocemos puedan otorgarle la razón, sobre todo porque del otro lado de la contienda hay otros fieles que le piden al mismo Dios exactamente lo mismo, que su candidato gane; sin embargo, ambos grupos, creyéndose “ungidos”, aseguran que el cielo les firmó la inscripción a la candidatura; entonces, sin lugar a duda, alguien miente, casi siempre los candidatos que usan la divinidad para adornarse. Dios no hace campaña política, nunca la hará, nunca la hizo.
Quien lea los evangelios con calma, sin la ansiedad del que caza un versículo para ganar una discusión, encontrará a un YO SOY, al HIJO DEL HOMBRE que esquiva el poder cada vez que se lo ponen enfrente. Los fariseos, o la ultra derecha de la época, le tendieron una trampa al preguntarle si era lícito pagar el tributo al César, pues un sí lo mostraba como colaborador de Roma, y sus propios seguidores podrían señalarlo de arrodillado, mientras que un no lo volvía sedicioso o rebelde y le aseguraba un puesto en la cruz, todos sabemos al final qué pasó; pero volviendo a la trampa sembrada, Él pidió la moneda, señaló la cara grabada y la devolvió con aquella respuesta que todavía incomoda: “dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21).
Él siguió esquivando las trampas, porque no fue la única, por ejemplo cuando la multitud sin control, más o menos la ultra izquierda de la época, quiso hacerlo rey por la fuerza, Él entonces se retiró al monte (Juan 6:15), y cuando fue cuestionado por la intransigencia de otros, frente a Pilato sostuvo que su reino no era de este mundo (Juan 18:36); y no olviden lo que pasó en el desierto, cuando el caído, más o menos la fuerza que dominaba a los hombres de la época, le ofreció todos los reinos de la tierra a cambio de su obediencia, y Él los rechazó (Mateo 4:8-10).
Una lectura honesta obliga a más, porque Dios, en ese mismo relato que millones veneramos, tampoco fulminó a los tiranos, no derribó el trono del faraón de un solo acto, a pesar de que esclavizaba al pueblo, ni desmontó a Herodes y tan fácil que hubiera sido, todo lo contrario, dejó correr la historia de la humanidad con reyes buenos y reyes crueles sin bajar a arreglar la política a mano limpia.
Uno esperaría un golpe de Estado celestial para exterminar de la tierra a los pecadores y a los gobernantes corruptos, pero en su lugar hallamos algo más difícil de digerir, y es que Él nos dejó escoger. Él se reservó muchas cosas, pero a nosotros, a las generaciones que se fueron y a las que lleguen, nos dejó el regalo más grande y complejo, nos dio el libre albedrío, porque un Dios que no vota en las elecciones es un Dios que respeta que votemos nosotros, que elijamos así nos equivoquemos.
La Biblia no es un manifiesto panfletario, mucho menos un dogma de un solo color, pero una cosa si debe quedar clara entre nosotros: una cosa es la voz moral que reclama justicia a los poderosos y otra muy distinta un Dios que reparte avales de campaña, y lo primero atraviesa el texto de punta a punta y es algo que seguimos invocando, mientras lo segundo se inventa y se acomoda de acuerdo con las encuestas.
Esto lo escribo para recordar que Colombia es un Estado laico por derecho constitucional, y quién lo creería: el libre albedrío, que seamos laicos, no es solo una coincidencia democrática sino una promesa del mismísimo Dios cuando nos creó, y me lo imagino dándonos el soplo de la vida mientras susurra con optimismo: “los hago a mi imagen y semejanza, ustedes escojan, elijan sus destinos”.
Pero esto que suena divino no solo lo digo por opinión; miren que la Constitución de 1991 invoca en su preámbulo la protección de Dios, y la Corte Constitucional explicó que esa invocación es general, es una expresión del constituyente que quiso encomendarse al poder superior y bueno de cada cual, no la instauración de una iglesia oficial que de paso nos suscriba los candidatos.
En la Sentencia C-350 de 1994 la Corte declaró inexequible el artículo 2º de la Ley 1ª de 1952, que ordenaba renovar cada año la consagración oficial del país al Sagrado Corazón de Jesús, y razonó que un Estado pluralista en materia religiosa, que reconoce la igualdad entre las confesiones, no puede a la vez consagrar una religión oficial; además, el artículo 19 declara igualmente libres ante la ley a todas las confesiones e iglesias.
Un Estado laico no es ateo ni persigue la fe, sino que se declara incompetente para juzgar cuál religión dice la verdad en materia de salvación; un Estado democrático no toma partido entre el que reza de rodillas y el que ora en lenguas. Por eso, aquí se protege al creyente mejor que cualquier Estado confesional, porque le garantiza que nadie le impondrá un credo ajeno con la maquinaria del poder público, y así la laicidad no es enemiga de Dios sino de que un político lo use de garrote o de estigma.
Al ver que a Dios lo politizan me duele, porque mientras discutimos de qué lado está el cielo, si del lado de los que nunca han vivido con hambre y necesidades o del lado de los que ruegan por lograr pasar el día, aparece algo que no había visto: la polarización política religiosa donde moros y cristianos nos destrozamos abajo, en el barro, en las familias, en las iglesias y en las casas, por un bando o por el otro.
Juzgamos si la derecha secuestra a Dios para su causa política, mientras cuestionamos por qué la izquierda, que se parece tanto a Él, no lucha por tenerlo como su centro en vez de desterrarlo de la plaza pública; al fin y al cabo, ambos extremos terminan haciendo lo mismo, olvidar la compasión y la bondad. Pero óiganme bien, por favor: el que pierde no es el candidato, ni el pastor ni el cura; el que pierde es el creyente sencillo, el de la fe callada, ese al que le sacan su convicción más íntima a desfilar en una tarima que nunca pidió o con la que no está de acuerdo.
Le pido perdón a mi Papá espiritual por estas palabras, porque soy cristiano y de fe inquebrantable, pero piénsenlo todos: ¿por qué Dios, según este relato, se quedó por fuera de la politiquería a propósito? Les prometo que no fue por indiferencia, sino porque ya tomó su única decisión política, darnos la elección y aguantarse el resultado.
Al César lo suyo, que es el impuesto, la ley, el debate, la promesa electoral y el voto, y a la conciencia y al espíritu lo suyo, que no se legisla ni se gana en las urnas, porque el que baja a Dios a hacerle campaña no defiende la fe ni a la patria, sino que la usa. Y del mismo modo, juzgar al sacerdote o al pastor por sus convicciones políticas, llenarse de rabia y dejar de ir a la iglesia porque alguien manchó con ideología el mensaje de Dios, es entregarle a la política lo último que nos quedaba limpio. No lo hagamos. Que disfruten por ahora del César y de sus urnas, eso pasa cada cuatro años; pero tengan paciencia, creyentes, tengan tolerancia y entendimiento, sobre todo en las iglesias y en las familias, porque la fe y la conciencia espiritual, tan íntima, tan personalísima, nunca estuvieron y jamás estarán en las urnas. Sea cual sea su elección política, vuelvan a las iglesias y amen a sus familias.
También le puede interesar:
Anuncios.


