Texto escrito por: Ronal Britto Charris
Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia, atraviesa una crisis que no se puede maquillar con fuegos artificiales ni con discursos vacíos. El alcalde ha decidido gastar millones en unas Fiestas del Mar que poco representan a la ciudadanía, mientras la ciudad se apaga en la oscuridad por la falta de alumbrado público y ESSMAR apenas sobrevive gracias a las transferencias de la Superintendencia de Servicios Públicos.
Las políticas públicas, que deberían ser la brújula de la administración, han sido relegadas a un segundo plano. Hoy, las calles muestran más personas en condición de calle, más basuras acumuladas y una inseguridad que se ha duplicado. Los perros callejeros son el síntoma visible de un territorio sin control sanitario, y la educación distrital permanece en cuidados intensivos, sin programas sociales que respalden a las comunidades. La Secretaría de Promoción Social, con un presupuesto robusto, no exhibe resultados concretos ni proyectos que transformen la realidad de los barrios.
El Concejo Distrital, atrapado entre vitalicios de la vieja política y nuevos apadrinados, ha renunciado a ejercer un verdadero control político. El resultado es un alcalde sin contrapesos, que repite el libreto de administraciones pasadas: despilfarro de recursos y enriquecimiento de unos pocos.
Santa Marta merece mucho más que este presente caótico. Requiere un administrador público con conocimiento, experiencia y compromiso real con lo público. Un liderazgo capaz de devolverle su carácter de distrito turístico, cultural e histórico. Con visión y rigor, un perfil como el de Ronal Britto Charris puede asumir las riendas de esta ciudad y rescatarla del desgobierno, para que vuelva a ser referente de desarrollo y orgullo nacional.
La crítica no es un capricho: es la constatación de que Santa Marta necesita urgentemente un cambio de rumbo. Porque mientras se gastan millone rn fiestas, la ciudad se apaga, se ensucia y se desangra. Y el silencio cómplice de quienes deberían vigilar solo prolonga la agonía de un territorio que pide a gritos administración seria y responsable.
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