Texto escrito por: Miguel Villa Escorcia
Al parecer, existe una nueva escuela de pensamiento en Colombia. No nació en Oxford, ni en la Sorbona, ni tampoco en la Universidad del Atlántico, pública de la ciudad de Barranquilla. Nació en el Sábado de Vacilón el pasado 25 der julio del presente año, pues entre cuña y cuña y mamadera de gallo, en los micrófonos de una emisora que —pura coincidencia, lo juro— es propiedad de la misma familia que gobierna Barranquilla desde hace casi dos décadas. Su filósofo de cabecera: un locutor de "vacilón" decidió que ya era hora de resolver de un plumazo un debate que lleva siglos abierto entre Rawls, Hayek y media biblioteca de filosofía política. Su tesis, formulada con el rigor que solo da la ignorancia sin complejidad, afirmó: "Desde que la envidia dejó de ser pecado, ahora se llama justicia social". Apláudanlo. Tal lucubración es una oda al intelectualismo.
Pero sinceramente, el truco es viejo, aunque el mago sea nuevo, y todo se da en confundir de dónde sale una idea con si esa idea es correcta. Son cosas distintas, aunque suene raro. Un ejemplo para que quede claro: incluso los sábados en la tarde, si un médico le recomienda dejar de fumar porque él mismo fuma y tose horrible, la recomendación no deja de ser correcta por venir de un hipócrita. Lo que importa es si fumar hace daño, no el estado de los pulmones de quien lo dice.
Entonces, con la justicia social pasa lo mismo. Que a alguien "le dé rabia" que otro tenga más —lo que el locutor, generosamente, llama envidia— no dice absolutamente nada sobre si esa desigualdad es justa o injusta. Son dos preguntas distintas: una es psicológica (¿por qué lo pide?) y otra es normativa (¿tiene razón en pedirlo?). Confundirlas no es una crítica filosófica, ni un hallazgo intelectual, ni buscarle la lengua a berzotas; es solo no haber entendido la diferencia entre las dos preguntas. Con perdón, pero hay que decirlo así de simple, porque así de simple fue el error.
Lo verdaderamente cómico es que existe una crítica seria a la idea de "justicia social" —la de Friedrich Hayek, economista que ni remotamente podría ser acusado de simpatías de izquierda—, y ni siquiera esa crítica se apoya en llamar envidiosos a los demás. Hayek argumentaba que hablar de "justicia" en un mercado no tiene sentido porque nadie decide cómo se reparte el ingreso; es un resultado que nadie diseñó, como el clima. Se puede estar de acuerdo o no —yo tengo mis reservas, y con gusto las desarrollo otro día—, pero al menos es un argumento. Nuestro locutor, en vacilón, ni siquiera llegó a ese nivel de sofisticación: se quedó en el insulto travestido de sentencia chistosa.
Y es que insultar con un traje de sentencia filosófica es, precisamente, el oficio. Porque hablemos claro: el señor poco piensa, pues durante la campaña presidencial, mucho de su contenido no era otra cosa que alabar al tigre, ¿con argumentos? Para nada, solo era con la canción de Diomedes, que hace alusión al tigre. Esta era la forma, hueca, pero que sirvió. Él sirve. Sirve al micrófono que le pagan, que pertenece a la misma casa que lleva casi veinte años administrando alcaldías, gobernaciones, supermercados, un banco y —qué buena hora— la emisora donde él trabaja. No hace falta apellidarse Char para defenderlos con más devoción que un hijo legítimo; basta con saber quién firma la nómina. Ese es su verdadero mérito, y no la filosofía: la lealtad de lacayo, ejercida con micrófono abierto y sin contradictor, ante un público que lo escucha por diversión y se traga, de premio, la lección de moral barata que viene envuelta en el chiste.
Así que no, señor locutor: la envidia no dejó de ser pecado. Sigue siendo, como siempre fue, un vicio menor de quien mira con rabia lo que no tiene. Lo que usted no entendió es que preguntarse si una sociedad reparte bien o mal lo que produce no es envidia: es la pregunta más vieja y más seria de la filosofía política. Se equivocó de pecado. Lo suyo no es la envidia, lo suyo es la pereza de pensar antes de sentenciar.
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