A Jorge Eduardo Mora López le entregarán cifras.
Le dirán cuántas aeronaves vuelan y cuántas permanecen en tierra; conocerá el estado de vehículos, armamento, inteligencia, infraestructura y presupuesto. Encontrará contratos que revisar, capacidades que recuperar y decisiones que seguramente tendrá que corregir. Recibirá también las consecuencias de cuatro años de una política de defensa que merece un balance serio.
Pero yo esperaría que el nuevo ministro formule otras preguntas.
¿Cuánta confianza queda? ¿Cuánto orgullo? ¿Cuánta iniciativa? ¿Cuántos oficiales sienten todavía que vale la pena asumir el riesgo de decidir? ¿Cuántos suboficiales continúan viendo en la institución el proyecto de toda una vida? ¿Cuántos soldados saben todavía, con absoluta claridad, para qué sirven?
Porque quizá el inventario más importante que Pedro Sánchez entrega a su sucesor no pueda escribirse en una hoja de cálculo.
Ya sabemos que existen capacidades deterioradas. Colombia tendrá tiempo para discutir responsabilidades, contratos, mantenimiento, adquisiciones y decisiones estratégicas. Todo eso importa.
Pero sería un error creer que reconstruir las Fuerzas Armadas consiste solamente en recuperar máquinas.
Un helicóptero puede repararse. Un fusil puede reemplazarse. Un vehículo puede regresar al taller. Una capacidad tecnológica puede adquirirse nuevamente.
La confianza de un soldado no se compra mediante contratación pública.
La desmilitarización invisible
Durante estos años ocurrió algo que todavía no hemos dimensionado suficientemente: una especie de desmilitarización psicológica del Estado.
No hablo de militarizar la sociedad, conceder poder político a los uniformados o regresar a épocas que una democracia no debería añorar.
Hablo de algo mucho más silencioso: la erosión de la legitimidad psicológica de la función militar incluso entre quienes están llamados a ejercerla.
Existe una diferencia enorme entre controlar democráticamente la fuerza y conseguir que quien debe ejercerla legítimamente termine sintiéndose inseguro de hacerlo.
El resultado más peligroso de ese proceso no sería un Ejército con menos armas.
Sería un Ejército con miedo de ser Ejército.
Cuando el comandante comienza a preguntarse no solamente si su decisión es legal, ética y operacionalmente correcta —como corresponde— sino si decidir en sí mismo puede convertirse en una amenaza para su futuro; cuando abstenerse parece profesionalmente más seguro que actuar; cuando el procedimiento sustituye al criterio y la iniciativa termina sepultada bajo la necesidad permanente de cubrirse administrativamente, algo comienza a desaparecer dentro de la institución.
Los uniformes permanecen. Los grados permanecen. Las ceremonias permanecen.
Pero puede empezar a desaparecer el carácter militar.
Nadie puede ordenar creer
A un soldado se le puede ordenar marchar, pero nadie puede ordenarle creer.
Se le puede exigir disciplina, pero no fabricar desde un despacho el sentido del sacrificio.
Viktor Frankl comprendió que el ser humano necesita un para qué capaz de otorgar sentido incluso a circunstancias adversas. Para el militar esa pregunta adquiere una dimensión particular.
¿Por qué permanezco? ¿Por qué acepto que mi familia también haga sacrificios? ¿Por qué obedezco? ¿Por qué arriesgo mi vida? ¿Por qué sirvo?
La respuesta no debería depender del gobierno de turno:
sirvo a Colombia.
No al presidente. No al ministro. No a una ideología. Ni siquiera al comandante.
A la Nación.
Cuando esa certeza comienza a debilitarse, la crisis deja de ser exclusivamente institucional. Porque la moral militar empieza a deteriorarse cuando el sacrificio deja de encontrar significado.
Y aquí Colombia debe resolver otra contradicción.
No existe nada antidemocrático en que un militar se sienta orgulloso de ser militar. Lo antidemocrático sería confundir ese orgullo con superioridad sobre el ciudadano, impunidad o derecho a intervenir políticamente.
Samuel Huntington comprendió la profesión militar alrededor de la competencia, la responsabilidad y el servicio.
Colombia no necesita militares de izquierda ni militares de derecha.
Necesita militares.
Profesionales orgullosos de su oficio precisamente porque conocen sus límites. Capaces de combatir sin odiar; ejercer la fuerza sin disfrutarla; obedecer sin renunciar a su conciencia; tener espíritu de cuerpo sin convertirlo en complicidad.
Subordinación no significa humillación.
Prudencia no significa miedo.
Control democrático no significa inhibición operacional.
Y respeto por los derechos humanos jamás debería significar vergüenza de la condición militar.
Volver a mandar
También necesitamos recuperar una palabra elemental: mando.
Quien nunca ha tenido seres humanos bajo su responsabilidad puede imaginar que mandar consiste en impartir órdenes.
No es así.
Mandar significa conseguir que otro ser humano confíe suficientemente en nuestro juicio como para aceptar las consecuencias de una decisión que nosotros tomamos.
Un superior puede imponer obediencia.
Un comandante debe merecer confianza.
Martin van Creveld mostró que ninguna revolución tecnológica ha eliminado la incertidumbre de la guerra y que los ejércitos eficaces necesitan iniciativa y capacidad de decisión en sus niveles subordinados, no autómatas esperando instrucciones.
Por eso necesitamos nuevamente oficiales capaces de pronunciar dos palabras que parecen sencillas:
“Yo decidí”.
Y superiores capaces de responder:
“Yo lo respaldo”, cuando esa decisión fue adoptada de buena fe, dentro de la ley y conforme a la misión.
La disciplina militar madura no consiste en esperar instrucciones para todo. Consiste también en formar hombres capaces de actuar responsablemente cuando las instrucciones ya no alcanzan.
Jonathan Shay encontró en la confianza uno de los fundamentos humanos de la cohesión militar. Los estudios que recoge identifican tres elementos particularmente importantes en la relación con el comandante: competencia profesional, credibilidad y preocupación genuina por sus hombres.
Saber.
Ser creíble.
Y cuidar.
El grado concede autoridad jurídica.
El ejemplo construye autoridad moral.
El comandante que quiere a sus soldados pero es incompetente puede llevarlos al desastre. El competente pero moralmente indigno podrá conseguir obediencia, pero difícilmente confianza.
Por eso el soldado no necesita solamente jefes.
Necesita comandantes.
Y necesitamos recuperar también el honor. No el honor ceremonial de discursos y condecoraciones, ni ese falso espíritu de cuerpo que protege al compañero incluso cuando ha traicionado los principios de la institución.
Encubrir no es honor. Es complicidad.
Honor es asumir las consecuencias de las propias decisiones. Proteger al subordinado que actuó correctamente. Entregar a la justicia a quien deshonró el uniforme. Decir la verdad aunque resulte incómoda. No utilizar a los hombres como escudo para proteger una carrera.
Recuperar el honor militar exige volver moralmente costosa la cobardía de mando.
El empalme moral
Sería cómodo responsabilizar a Pedro Sánchez de todo.
Y sería falso.
La crisis de identidad de las Fuerzas Armadas colombianas tiene raíces anteriores: décadas de conflicto, errores propios, falsos positivos, corrupción, procesos judiciales, transformaciones doctrinales, acuerdos de paz, nuevas amenazas y una relación cada vez más compleja entre sociedad y Fuerza Pública.
Pero reconocer esa historia tampoco obliga a ignorar los últimos cuatro años.
Pedro Sánchez entrega un Ministerio después de un periodo marcado por controversias sobre capacidades, retiros, decisiones políticas y cuestionamientos institucionales.
El balance técnico podrá hacerse con cifras.
El balance humano será mucho más difícil.
Ninguna comisión podrá establecer exactamente cuánto se deterioró la confianza; cuánto conocimiento salió con quienes decidieron retirarse; cuántos comandantes aprendieron que era profesionalmente más seguro no decidir; cuántos suboficiales dejaron de sentirse escuchados; cuántas familias se cansaron antes que el propio soldado.
No afirmemos aquello que no podemos medir.
Pero tampoco cometamos la ingenuidad de creer que aquello que no cabe en una estadística no existe.
Por eso a Jorge Eduardo Mora López le entregarán un Ministerio, pero debería recibir también una pregunta:
¿en qué estado humano recibe las Fuerzas Armadas?
Que pregunte por qué se van los hombres.
Que escuche a los capitanes y mayores que toman decisiones en terreno.
Que vuelva a escuchar a los suboficiales.
Que pregunte a las familias cuánto cuesta realmente servir.
Que averigüe dónde se rompió la confianza.
Y, sobre todo, que formule una pregunta que ningún indicador de gestión puede responder:
¿nuestros soldados todavía saben para qué sirven?
Ese es el verdadero empalme moral.
Antes que las armas
Las aeronaves volverán a volar. Los vehículos regresarán de los talleres. Llegarán nuevos sistemas de armas, inteligencia, drones y tecnologías. Los presupuestos cambiarán. Los ministros pasarán. También los generales.
Pero ninguna partida presupuestal puede comprar confianza.
Ningún contrato puede adquirir vocación.
Ningún decreto puede ordenar orgullo.
Ningún discurso puede sustituir el ejemplo.
Y ningún fusil, por moderno que sea, puede devolverle a un hombre el sentido de aquello por lo que está dispuesto a arriesgar su vida.
Colombia no necesita regresar al pasado. Necesita volver a lo básico: mando sin autoritarismo; disciplina sin obediencia ciega; orgullo sin arrogancia; espíritu de cuerpo sin complicidad; iniciativa con responsabilidad; fuerza dentro de la Constitución; honor sostenido por la conducta.
Porque antes del fusil está la voluntad de emplearlo legítimamente.
Antes de la orden, la confianza en quien la imparte.
Antes del grado, la responsabilidad de merecerlo.
Antes del uniforme, el ciudadano que decidió servir.
Y antes que las armas, hay que reconstruir al soldado.
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