Cree que gobernará a punta de decretos y de llamadas a Washington. Pero al Estado, como a la corraleja, se entra al barro y con cuadrilla, o no se torea

 - Torear por decreto

El piso de la corraleja no era de ladrillo molido, nada de esa arcilla roja y peinada de las canchas de tenis de Medellín, de Bogotá, Cali, Barranquilla o Miami, donde el niño bien juega de blanco y nadie sangra.

El piso de la corraleja era barro seco, tierra brava y polvorienta que parece apretada por el tiempo, de esas que aguantan bajo el sol hasta que algo las moja, la lluvia, el sudor, la sangre, las lágrimas; y entonces se vuelven lodazal, y del lodazal nadie sale sin heridas.

Hay que decirlo clarito: una corraleja no es una plaza, es el Estado entero, armado a punta de puntilla y alambre. Tres pisos de tablas atadas con lo que hubo, y encima la gente gritando en esa luna de miel de las primeras cornadas, cuando aún no ha caído nadie. En un balcón, los jueces, mandando arrancar los bandos, es decir los decretos recién clavados. Colgados de las tablas, los reporteros independientes; también los vivos, los aprovechados y los lame suelas soba chaquetas.

Debajo de los asientos, en la sombra caliente o apretujados en los pisos más altos de ese armatoste de madera y empujones, están las familias y las gentes que se bañan con jabón Rey o jabón de tierra, los que tienen abanico Sanyo y sombrero barato, tomando fresco en bolsa, viendo la corrida por las rendijas del piso que otros pisan, lo que les dejan ver.

Pero eso sí, en los palcos de honor, aplaudiendo y burlándose de la mística castrense, los amigotes se ponen la mano en la cabeza para simular un saludo militar; frescos y tranquilos, celebran mientras se ahogan en licores, odios y orgullos vanos.

Había un hombre, uno, el del sombrero blanco: un filipichín de traje italiano; lo usaba sin medias y ajustado en la entrepierna, para que sus miserias se vieran exuberantes, en plena campaña, seguro de que él entraba a esa corraleja y enfrentaba al toro sin sudar. El mismo que cantaba en italiano parado en la barrera, como si el toro fuera a frenar al oír su opereta. Traía noventa bandos o decretos bajo el brazo; las malas lenguas decían que eran más de cuatrocientos. Uno de esos ordenaba que el toro no embistiera, que los niños no tuvieran sed y que los hambrientos se declararan saciados: era una patria milagro. Otro, que la plaza se calmara, que no se asustaran si los destripaba, todo en nombre de la patria. Los clavó en los horcones, en las maderas viejas incluso; los puso encima de otros papeles que ya estaban clavados. Una vez hecho eso, se quedó arriba, dirigiendo con la mano, sin bajar una bota al barro cuando llegó el sudor, la sangre y el llanto.

Pero nadie le hizo caso. El toro, menos que nadie.

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Sacó entonces el teléfono y marcó al vecino del norte, al del rifle, al que miraba de lejos con otros ojos, para que no lo dejara aparecerse por su casa. Pero a ese no le importaba el toro ni la gente: esperaba que la plaza se viniera abajo para quedarse con la tierra, con el petróleo, con lo enterrado debajo. «Arrégleme esta vaina, que yo le firmo lo que quiera». Del otro lado se rieron, porque el norte no torea gratis, y no torea para otro; jamás lo hacen: ellos son ellos y para ellos.

A las tres horas, con el barro ya mojado, le empezaron a cobrar sus andanzas. La gente se cansó del maltrato y empezó a abuchearlo; y el toro, por su instinto, ni le paraba bolas: solo quería sangre. Y como si fuera una cuadrilla de honor, apareció en el lodazal su propio pasado. Los guardados viejos, los negociados, aquellos a los que les debía silencios y favores, todos salieron al ruedo a pasarle la factura. Y arriba, empapado de pies a cabeza bajo la gabardina, seguía el del sombrero blanco, cantando, firmando, sin entender que la plaza ya se lo había tragado.

Colombia no es una corraleja, aunque parece, y el presidente que se posesiona el 7 de agosto no es un patrón de finca, aunque parece. Pero del afán por parecerlo me dejó ver que los tres elementos de la fábula ya están en el ruedo. Anunció noventa decretos para el primer día —las malas lenguas dicen que son cuatrocientos—, como si un país se enderezara clavando papeles en las vigas de madera. Prometió manejar el asunto venezolano «directamente con Estados Unidos», sin cancillería y sin Congreso, de sombrero a sombrero con Washington. Pero en el norte saben lo que acá también se sabe: el del sombrero blanco llega con expediente propio. Fue abogado de Alex Saab, el presunto testaferro de Maduro, y con eso les tomó el pelo a los del norte; ellos también lo saben, así lo tienen controladito.

No ha empezado su corrida y el barro ya está soltando. Maduro ya está preso en una cárcel de Nueva York, y Alex Saab, deportado de Venezuela, volvió a manos de la DEA; con juicio anunciado para el año entrante. El vecindario arde. En ese ruedo, gobernar por decreto es clavar bandos que el toro no lee. Y creer que la política exterior se torea por teléfono con el poderoso es no haber entendido que a la corraleja viene el norte cuando quiere y arrodilla a todo el pueblo si quiere: el poderoso vino a la fiesta por su cuenta, nunca por la nuestra.

La Corte ya avisó: ningún pacto con el vecino se firma sin el Congreso, y aun firmándose, se controla en la Corte, artículos 150.16 y 241. Esa lección no era solo para el que se va; es también para el que llega y ya anuncia que gobernará solo.

Conviene precisar algo que el del sombrero blanco parece ignorar: un decreto no reemplaza una ley, ni una llamada reemplaza una política de Estado. La potestad de reglamentar tiene su límite, y por fuera del ruedo constitucional el mando se vuelve capricho. Lo demás es pólvora de fiesta. Mucho sombrero, mucha ópera, y un país que sigue embistiendo por su cuenta mientras el patrón dirige desde arriba, seco y elegante, ajeno al barro donde de verdad se decide todo.

El Estado no se manda desde la barrera, ni atrincherado en cuarteles militares. Se torea adentro, embarrándose, con cuadrilla: Congreso, Corte, cancillería, las quince manos que lo jalan a uno por la camisa cuando el toro embiste. El que las desprecia no es más valiente: es el que cae primero, y de paso deja caer el palco lleno de gente.

Aquí no pierde el que se equivoca de toro. Pierde el que creyó que esto se toreaba de lejos, sin embarrarse, o por decreto.

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.