El problema no es que Abelardo de la Espriella pueda posesionarse en una guarnición militar. El verdadero problema es creer que ese hecho solo admite una interpretación.
Desde que surgió esa posibilidad, han aparecido voces que la consideran un mensaje equivocado para la democracia colombiana. El argumento merece respeto. América Latina conoce demasiado bien las consecuencias de confundir el poder civil con el poder militar. Golpes de Estado, dictaduras y gobiernos de facto dejaron una huella que todavía condiciona nuestra manera de leer ciertos símbolos.
Pero precisamente por esa historia conviene formular una pregunta distinta: ¿estamos discutiendo un problema constitucional o una disputa por el significado de un símbolo?
La diferencia cambia por completo el debate.
La Constitución fija las reglas del poder. Los símbolos, en cambio, nunca tienen un significado único. Las primeras se interpretan a la luz del derecho; los segundos pertenecen al terreno de la historia, la memoria y la cultura política. Confundir ambos planos puede llevarnos a convertir una interpretación política en un juicio sobre la constitucionalidad de un acto.
Los símbolos importan. Toda posesión presidencial comunica una idea de país. El lugar escogido, el protocolo, los invitados y hasta el recorrido del nuevo mandatario forman parte de un lenguaje político. Pero ese lenguaje nunca habla con una sola voz. Los símbolos no dicen una verdad; expresan aquello que cada sociedad proyecta sobre ellos.
Por eso resulta discutible afirmar que una posesión presidencial en una guarnición militar solo pueda interpretarse como un mensaje de militarización del poder.
También admite otra lectura.
La Constitución establece que las Fuerzas Militares están subordinadas al poder civil y que el Presidente de la República es su comandante supremo. Desde esa perspectiva, una ceremonia en una instalación militar también puede representar la reafirmación pública de un principio esencial de toda democracia: que quienes tienen el monopolio legítimo de la fuerza reconocen la autoridad constitucional nacida del voto ciudadano.
Pensemos en una misma imagen.
Un presidente recibe honores militares durante su posesión. Para algunos será la fotografía de un mandatario rodeado por las armas. Para otros será la fotografía de unas Fuerzas Militares rindiendo honores al Presidente de la República, no por quien es como persona, sino por la institución que representa y por el mandato constitucional que encarna.
La imagen no cambia. Lo que cambia es la historia que decidimos contar sobre ella.
Ese es el verdadero centro de esta discusión.
Las democracias no se debilitan porque existan interpretaciones distintas de un símbolo. Se debilitan cuando una de esas interpretaciones pretende convertirse en la única aceptable. En ese momento, el problema deja de ser la ceremonia y pasa a ser el intento de monopolizar el significado de los símbolos públicos.
Eso no significa ignorar las preocupaciones de quienes consideran inconveniente una posesión en una instalación militar. Son inquietudes legítimas. La neutralidad política de las Fuerzas Militares constituye uno de los pilares del Estado constitucional y debe preservarse sin ambigüedades.
Pero precisamente por esa razón también resulta legítimo sostener que una ceremonia de esta naturaleza puede representar la subordinación de la institución militar al poder civil y no su confusión. No sería un presidente buscando legitimidad en las Fuerzas Militares. Serían las Fuerzas Militares reconociendo públicamente la autoridad del Presidente elegido por los ciudadanos y reafirmando, una vez más, su sometimiento al orden constitucional.
Quizá el verdadero debate nunca fue el lugar donde un presidente decide posesionarse. El verdadero debate consiste en determinar quién tiene el derecho de fijar el significado de los símbolos del Estado.
Las constituciones responden esa pregunta con reglas.
Las democracias la responden con libertad.
Las constituciones existen para que el poder dependa de reglas y no de símbolos. Los símbolos seguirán despertando interpretaciones distintas mientras exista una sociedad libre. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando alguien pretende convertir una de esas interpretaciones en la única compatible con la democracia.
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