Cada época obliga a formular preguntas distintas. Durante los últimos años el debate público colombiano ha girado alrededor de la ampliación de derechos, la transición energética, la paz, el fortalecimiento de lo público y la lucha contra las desigualdades. Hoy el escenario parece modificarse. El nuevo gobierno entra con un programa que privilegia confianza desbordada en el mercado, una concepción más militarizada de la seguridad y una menor centralidad de las políticas sociales; la pregunta decisiva deja de ser únicamente qué hará el nuevo gobierno; es ¿qué hará la sociedad diversa en estas circunstancias?
Recordemos que las democracias no dependen exclusivamente de quienes gobiernan; también dependen de la capacidad de sus ciudadanos para sostener la vida colectiva cuando cambian las orientaciones del poder político. Ningún gobierno puede reemplazar completamente el tejido social; tampoco puede destruir agendas si estas conservan su vitalidad; por esa razón este momento exige especial inteligencia colectiva para proteger los bienes comunes y el sentido de solidaridad que gesta la sociedad.
No se trata únicamente de ejercer oposición parlamentaria o disputar futuras elecciones, que hay que hacerlo; esa es una dimensión importante, pero insuficiente. La cuestión de fondo consiste en fortalecer las capacidades de la sociedad para producir cooperación, confianza y organización en medio de un contexto que probablemente estimulará el individualismo como forma dominante de relación social.
La solidaridad deja entonces de ser un principio moral para convertirse en una forma de infraestructura democrática. Allí donde disminuye la protección institucional, las comunidades habrán de movilizarse exigiendo derechos, respuestas concretas del Estado, sin dejar de fortalecer redes de cuidado, asociaciones, cooperativas, organizaciones, colectivos, sindicatos, movimientos y múltiples formas de acción ciudadana; no para sustituir al Estado, sino para impedir que la vida común quede reducida a la lógica de la competencia o del abandono.
Situados en ese horizonte, la defensa de lo público no puede limitarse al funcionamiento de las instituciones estatales; lo público es, ante todo, una forma de producir mundo compartido y esa posibilidad se da en los territorios en los que se reproduce la vida humana y no humana. Una biblioteca abierta, una escuela activa, un parque cuidado por sus vecinos, una cuenca protegida, un acueducto comunitario, una universidad crítica, un consejo étnico territorial, una asociación de ciudadanías, un cabildo indígena, una organización de víctimas, de jóvenes, de mujeres o de personas diversas, son expresiones concretas de esa producción cotidiana de sociedad. Allí también habita la democracia.
En este nuevo contexto, las ciencias sociales y las humanidades practicadas por sectores profesionales y movimientos comunitarios y sociales, adquieren una responsabilidad especial. Cuando las sociedades son afectadas por vientos autoritarios, aumenta la tentación de simplificar la realidad. Sin embargo, comprender siempre exige complejizar; la tarea del conocimiento no consiste en fabricar propaganda de ocasión, sino en ofrecer mejores preguntas, producir evidencia, interpretar los cambios culturales y ayudar a que las decisiones públicas se apoyen en la comprensión de los procesos sociales. Pensar rigurosamente también es una forma de cuidar la democracia.
La vida social no ocurre principalmente en los discursos nacionales, sino en barrios, veredas, comunas, municipios y regiones; allí se construyen o se deterioran la confianza, la convivencia, la seguridad, el cuidado ambiental y las posibilidades de futuro. Si algo ha enseñado la experiencia colombiana es que las transformaciones duraderas nacen cuando las comunidades se movilizan y desarrollan capacidades para gobernar colectivamente aspectos de su propia vida; por esa razón una democracia sólida no se define únicamente por quién ocupa la Casa de Nariño, sino por la capacidad de millones de personas para seguir produciendo cooperación, deliberación y esperanza incluso en tiempos adversos.
El mayor riesgo para el progresismo sería responder al individualismo exacerbado con más individualismo; responder a la concentración del poder encerrándose únicamente en la disputa institucional. Para este tiempo, conviene que la política de la sociedad pase por la reconstrucción de la vida común, con un sentido de cuidado de la vida y encuentro en la diversidad. Pensémoslo.
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